La parte más bonita e íntima de los derbis

Foto vía eldesmarque.com

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Las semanas de derbi siempre son especiales. Las ciudades se engalanan con los colores de su equipo, y en el ambiente se nota un aura especial. Este domingo se juega un Real Oviedo-Sporting de Gijón en el Carlos Tartiere, un partido que no se disputa desde hace casi 15 años. Las dos ciudades por excelencia del Principado de Asturias en un partido que promete ser apasionante desde la previa del mismo. La rivalidad ya flota en el ambiente, amigos que se pican por esa rivalidad entre Oviedo y Sporting. Parejas que se pelean durante la semana por ver quién ganará, si azules o rojiblancos. Padres e hijos que están tirantes en los días previos al partido, como es mi caso.

Mi padre sportinguista a más no poder y yo oviedista sin remedio. Obviamente, el derbi de este domingo es especial para los dos, no solo por la rivalidad entre nuestros equipos y el tiempo que lleva sin haber uno en Oviedo. También es especial porque el primer partido que vi en un campo de fútbol fue con él. Fue en el Carlos Tartiere. Y fue un Real Oviedo-Sporting de Gijón. Era el año 2001 y yo solamente tenía cinco años, pero lo que vi aquel día en el coliseo ovetense no me dejó indiferente. Recuerdo con gran nitidez el ambiente que se vivió allí y me ganó para siempre.

Unos pocos años después, el Oviedo se vio inmerso en un abismo del que parecía que nunca iba a escapar. El sportinguismo se mofó de esa situación, pero mi padre se mantuvo firme a mi lado, diciéndome que algún día íbamos a volver. Aquello me pilló de sopetón, es lógico que un padre anime a su hijo, pero aquello no lo decía solo para animarme, lo decía de corazón. En el fondo sabía que pese al odio que hay hacia el rival, el respeto entre los aficionados de ambos equipos debe ser el máximo, aunque pequeños piques con familiares y amigos siempre te hacen sonreír.

Un tiempo después, sin esperármelo, mi animadversión hacia el Sporting aumentó. Como buen aficionado al fútbol he practicado este deporte desde que era un canijo. cuando solo era alevín, el Sporting me robó un sueño. En el partido en el que nos jugábamos la liga frente a los rojiblancos, un gol en el último suspiro nos dejó sin el campeonato. Lo peor es cómo llegó ese gol, fue en el minuto 86, de 80 que se juegan, y fue con la mano. Con tan corta edad no te queda otra que llorar por la oportunidad perdida, pero aprender de tan grave injusticia.

Desde entonces, noté un cambio en mi padre, pese a seguir siendo un fiel seguidor del Sporting su afición disminuyó por el sufrimiento que su equipo le causó a su hijo. Desde aquel día hasta que el Oviedo volvió al fútbol profesional pasaron varios años, años en los que el Sporting disfrutó varias temporadas de la Primera División. En esos años de sufrimiento por mi parte mi padre se mantuvo a mi lado, incluso acompañándome a ver a mi equipo en varias ocasiones, cuando el Oviedo jugaba en el grupo de Segunda B con los equipos de Madrid.

Con el ascenso del Real Oviedo en Cádiz noté que las cosas cambiaron. Nos acercábamos lentamente, y el ansiado derbi asturiano, aquel que algunos ‘adivinos’ dijeron que no se volvería a jugar, estaba más cerca. El Oviedo andaba por la media tabla y el Sporting se mantenía a duras penas en Primera. Pero este verano las cosas cambiaron. Los azules se quedaron en Segunda después de una temporada decepcionante, y los rojiblancos descendían a la categoría de plata. En la temporada 2017/18 volvería a haber derbi.

El derbi asturiano volvió el nueve de septiembre del pasado año. El Molinón acogió el primer derbi asturiano en 14 años y el ambiente no defraudó. Ambas aficiones le dieron colorido a un estadio que estaba hasta la bandera. Mi padre se vino arriba con el primer gol, el de Carmona. Ambos vivimos el resto del partido de forma muy tensa. Cuando el vislumbraba la victoria y yo hacía lo propio con la derrota, Toché cambió todo. El murciano envió a la red el balón empujado por todos los oviedistas. Aquel empate a uno fue algo especial. No porque se consiguiera al final del partido, sino que significó algo más. Aquel derbi que no se iba a volver a jugar se jugó. Y mi padre y yo no pudimos contemplarlo más felices.

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