Prohibido jugar a la pelota

Prohibido

Foto vía mundofutbolbase.es

Así reza el fatídico mensaje que preside las plazas de nuestros pueblos y ciudades durante todo el año y que durante las vacaciones se agiganta llamando poderosamente la atención de los que nacimos hace ya unas cuantas décadas.

Allí donde antaño los niños y niñas, los primeros sobre todo en aquel momento en el que aún no se estilaba la paridad futbolística, daban rienda suelta a toda suerte de regates, chuts, pases cortos, pases largos o balones a las nubes, ahora se puede leer «prohibido jugar». Duro aviso para la juventud por mucho que los ayuntamientos crean que sustituir el juego de toda la vida, con el bullicio y el ir y venir de balones y bicicletas, por el «en esta plaza hay Wifi» es estar alineado con los tiempos actuales y potenciar la hostelería, el «terraceo» y el sosiego de los vecinos.

Ni porterías con los jerséis en el suelo, ni tandas de penaltis a cara de perro, ni córners desde la esquina de la plaza, ni «gol-portero», ni mucho menos «al barrenazo». Con lo que nos gustaba. Con la cantidad de virtudes que otorgaba la calle a las características del futbolista profesional. Se acabó. Ahora vienen casi como clones, no sólo por los peinados y los tatuajes, me refiero a las cualidades físicas y técnicas. Como productos de cadena de montaje. Y supervisados siempre por los padres, ansiosos de haber engendrado un millonario y ávidos por hacer saltar cualquier chispa desde las gradas para enzarzarse en vergonzantes trifulcas.

Ya no manda y elige quién juega el dueño del balón porque nadie lleva la pelota en una red de colores a la que se le dan patadas desde que se sale de casa perfeccionando el golpeo seco.
Los dos más habilidosos de la plaza ya no hacen equipos eligiendo por turnos utilizando el método del descarte porque eso traumatiza al gordito y al de las gafas más gruesas y al que no la pasa ni por casualidad y, sobre todo, a sus progenitores. Cuántos grandes porteros ha dado esa última bala reclutada para la causa. Aunque no quedase otra.

No hay gritos, ni partidos cruzados, ni señoras que pasan inquietas con la compra, ni sonrisas, ni pequeños sudando a chorros que vuelven a sus casas con un agujero en los zapatos, las medias bajas, rodilleras cosidas y remendadas mil veces y un balón mugriento y maltratado a patadas bajo el brazo.
Nadie luce con orgullo la equipación completa de su equipo que no tiene publicidad, ni está en manos de jeques, ni de magnates, ni de fondos de inversión.

Y una vez acabada la batalla, con el premio del bocadillo, nadie rememora los mejores momentos y nadie adorna ese intento de chilena que terminó con unas cuantas magulladuras ni aquel remate de cabeza que dio la victoria in extremis al equipo de la urbanización y que acabó con una montaña de niños celebrando la victoria como si fuese la final de la Copa de Europa.

Así éramos. Así eran nuestras plazas. Así era nuestro fútbol en el barrio, entre amigos y entre desconocidos. Ahora nadie se divierte ni un carajo, está prohibido. No hay alegría ni vida en la plaza…pero tenemos Wifi.

Antonio Sala

Fútbol desde la cuna. Procedente del mismo centro de Bilbao y, por tanto, del Universo. Aburrido y crítico con la anticompetición establecida.

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