Lo que nos sobra del fútbol

Desde que se sacaron de la manga, en época de Astiazarán, la gala de los premios de la Liga para generar un montoncito más de dinero, contentar a los mecenas y hacer un alarde de opulencia de cara a la galería, a los que simplemente disfrutamos de lo que pasa sobre el césped, nos dan una patada en el bajo vientre. Sacan a relucir, como en un resumen concentrado de una pesadilla, todo lo que detestamos.

Es preocupante. Nosotros lo detestamos porque conocimos una competición que nos emocionaba, que era más pura, mítica, que no era sospechosa de querer distanciarse del deporte. Y hoy, Tebas, su actual responsable, está cómodo dándonos la espalda. Solamente atareado en aparentar con su producto comercial.

Nos entristece y no somos capaces de ver ese espectáculo dantesco más de dos minutos seguidos porque nos vence la vergüenza ajena. Circos como ese nos derrotan por goleada. Pajaritas, dorados, gomina, escotes y pedrería, gente entremezclada, celebrities que decimos ahora, cuya imagen quizá venda mucho, pero que no serían capaces de acertar si Arsenio Iglesias o Manolo Preciado fueron entrenadores de fútbol, cantautores o directivos de Banesto.

Es muy difícil digerir el show de Tebas como imagen oficial de una competición deportiva que, por mucho que se maquille con elementos ajenos al juego, responde a lo que finalmente tenemos en cada jornada. Mi estómago no está preparado.

La realidad de nuestra Liga, la de los bancos y las grandes empresas patrocinadoras, es que cualquiera, sin grandes márgenes de error, podría predecir la tabla de clasificación final con la relación de presupuestos en la mano y sin necesidad de disputarse un solo partido.

Abajo, en el campo, salvo honrosas excepciones, más allá de las chequeras que manejan Florentino, Bartomeu y Cerezo, no se quedan más jugadores con talento que quienes no pueden salir a cobrar más. Sálvese quien pueda.

En las gradas de los estadios, cada vez hay menos aficionados porque los precios son de locos y porque algunos horarios no tienen nada que ver con nuestras costumbres, pero la LFP está satisfecha porque se instalan más turistas y porque, quien se lo pueda permitir, puede contratarlo por la televisión. Dan igual las jornadas de 4 días con partidos inconexos y a todas horas, que uno ya no sabe a qué jornada corresponden.

Los clubes, para evitar multas, incluso tienen que ingeniárselas para aparentar que no hay huecos donde enfocan las cámaras. Todo, hasta el más mínimo detalle, está regulado y diseñado minuciosamente. También nos dan lecciones a las enfervorecidas e incívicas masas con sus manuales de comportamiento y deportividad.

Pero volvamos a la gala de marras. Quizá en el mercado oriental al que tanto le debemos, ver las pintas de un futbolista famoso, como de ir a la boda de un primo suyo, cuando le sacas del pantalón corto y las medias con espinilleras, o el rictus tirante de la joven promesa del momento, sea un formato interesante. Debían de haberla celebrado a las 3 de la tarde o a las 12 de la mañana. Pero no. Justo va la LFP y, para este soberano e injustificable exceso, se reserva el horario prime time español de siempre. Casi el del antiguo y bendito partido de la jornada del sábado por las autonómicas, cuando se podía cenar en casa viendo un partidazo de verdad.

Qué triste es también ver a los futbolistas mancillando el honor de su profesión, que no era otra que la de ser afortunados por tener cualidades para dar patadas a un balón y poder remover así nuestras pasiones. Se venden ahora a un montaje marketiniano que, probablemente, muchos detestan en su foro interno. Creo que las sonadas ausencias que hay cada año avalan esta teoría.

Muchos, casi sin culpa, inconscientes, son prisioneros de sus millonarios contratos de imagen y, en esa borrachera de billetes, rodeados de los cientos de parásitos que tratan de exprimirles despiadadamente cuanto pueden, alardean de su pésimo gusto para vestir, con sus looks de mamarrachos despilfarradores.

Ríen desganados las gracias de los cómicos del momento y han de presentarse, como si de la entrega de los Oscar se tratara, con sus despampanantes novias y esposas para dar más lustre a esta casposa y trasnochada velada. Focos, alfombras rojas y paneles publicitarios cuyo impacto económico está perfectamente estudiado por algún ejecutivo con tirantes que sonríe, sintiendo el valor del tonto útil, agazapado en la trinchera de su despacho.

Eso sí, por mucha gala que nos metan con calzador, a los futboleros de vieja escuela siempre nos quedará ese gol dando la victoria a nuestro equipo en el descuento, ese rato, a veces largo, de pesadumbre porque el rival nos ha pasado por encima, la grada empujando en favor de una lucha desigual, la genialidad de ese jugador distinto que decidió defender sus colores durante muchos años o el abrazo con la persona desconocida del asiento de al lado.

Ni siquiera la Liga de Futbol Profesional será capaz de controlar, programar o destruir esas sensaciones.

Antonio Sala

Fútbol desde la cuna. Procedente del mismo centro de Bilbao y, por tanto, del Universo. Aburrido y crítico con la anticompetición establecida.

También te podría gustar...