La dulce sonrisa que oculta el brote amargo de la falsedad

Ídolos de masas. Espejo para todos aquellos niños que a temprana edad ya no conciben sus vidas sin un balón. Privilegiados. Seres humanos superlativos apartados de la cotidianidad. Con protocolos y objetivos lejos de cualquier ciudadano de la calle. De ingresos extraordinarios y fuera de todo alcance común. Mimados. Cuidados por decenas de especialistas y ‘ojitos’ derechos de toda una muchedumbre afín a unos colores representativos del equipo de su vida.

La suplencia. La falta de minutos. Es el punto débil de los profesionales del balompié. Detestan ocupar una plaza en el banquillo de los suplentes y más todavía si desconocen el motivo que les relega a tal situación. Muchas veces egoístas, y con la falta de memoria suficiente para recordar todo lo que hicieron por ellos.

Sergio Canales se enfrentará en unas horas a los que fueran sus compañeros no hace más de unos meses. El Valencia C.F. le rescataba en 2011 de la caverna devoradora de jóvenes talentos. Más de 6 millones de euros llevaron al jugador cántabro al Santiago Bernabéu después de realizar una temporada soberbia con el Racing de Santander. Una zurda de altura que era difícil dejar escapar.

Tres campañas en el cuadro che. Muy pocos partidos a sus espaldas. Prácticamente ninguna pretemporada completa. Más de 12 meses apartado de los terrenos de juego por lesión. El ligamento cruzado anterior de la rodilla derecha fue su perdición. Y, pese a todo, el equipo de Mestalla confió en él. Igual que todos los aficionados valencianistas que lloraban al ver a la joven promesa desplomada en el suelo. Nadie dejó de creer en él.

Desagradecido. Término simple, directo y contundente. Fácilmente comprensible. Así se ha comportado Canales con el Valencia. Con aquel equipo que apostó por sus servicios siendo muy joven. Por el conjunto que, con muy poco dinero en caja y aún estando este lesionado de larga duración, pagó al Real Madrid cerca de 11 millones de euros en una operación que también incluía al indisciplinado Fernando Gago. Más no pudo hacer la escuadra blanquinegra por mostrar al futbolista su confianza.

Pero el cántabro bajó los brazos a las primeras de cambio. La llegada de Juan Antonio Pizzi a Mestalla desencadenó la falsedad de una sonrisa que caló hasta en el más pintado. Arrojó la toalla pese a que el técnico argentino comenzaba su nueva andadura y probaba alineaciones para calibrar a la plantilla. La apuesta arriesgada fue respondida por Canales con una sorprendente petición de traspaso, y nada menos que al Villarreal, uno de los rivales del Valencia C.F.

Amadeo Salvo no accedió a seguir ‘tragando’ y vendió al jugador a la Real Sociedad. La cantidad fue mucho más baja de lo que en principio quería sacar el club. Pero el deseo individual forzó la marcha, independientemente de que él diga lo contrario. «Llego a un club que ofrece estabilidad. El Valencia cambió un poco la forma de hacer las cosas, y también por eso tomé la decisión de salir de allí. La Real siempre ha sido mi primera opción», palabras de Sergio Canales mientras cierra las puertas traseras del coliseo valencianista.

El escritor francés Marcel Aymé me ayudará a poner punto y final a estas líneas que desenmascaran al ingrato y ‘olvidadizo’ de Canales: «algunas personas son tan falsas que ya no son conscientes de que piensan justamente lo contrario de lo que dicen». Bon vent i barca nova.

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