Gestos

Una señora en una parada de autobús mueve de derecha a izquierda su dedo, como si fuese un péndulo. El conductor, inequívocamente, entiende el gesto y prosigue su camino hasta la siguiente.

Un joven se cruza por la calle con otro al que conoce. Le mira, alza las cejas y el otro, imitando al conocido, responde. Gesto comprendido.

Son estos, y muchos más, gestos que han calado en la sociedad. Un sublenguaje que suele funcionar (casi) siempre. Puede pasar que el conductor entienda como una peineta que al bus que esperas es el 1. Puede pasar. Los gestos son como los humanos: imperfectos.

En el polo opuesto de la perfección, están otros gestos que merece la pena subrayar. Por ejemplo: el gesto amenazante de un padre, delante de su hijo, al árbitro por no pitar una falta en un partido de prebenjamín o de 1ª Regional Preferente (¿acaso importa?).

Gestos como los radicales vestidos de calle (¡ojo! pueden ser más peligrosos que los que llevan disfraz) que increpan al entrenador porque “han jugado todos menos el mío” (Nota al pie: ese mío, puramente posesivo, aglutina las ansias frustradas del patriarca por ser futbolista, volcadas ahora en su traumatizado de por vida vástago).

Gestos como ir al campo y poner de vuelta y media a todo aquel que no vista nuestros colores o sea de nuestro color.

Gestos como alimentarse del fanatismo de tal o cual periodista (¿acaso importan?), sin saber realmente qué grita, por qué grita o quién le paga por gritar.

Gestos que se repiten, que han construido a varias generaciones y siguen ahí: hurgando en nuestro interior, haciéndose hueco e incluso sustituyendo el gesto de la señora diciéndole al autobusero que no.

Que ni ese es el bus que quiero coger ni éste es el fútbol que quiero vivir.

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