Dépor: Cualquier tiempo pasado nos parece mejor

Hubo una época en A Coruña en la que el mar andaba revuelto. Bueno, más aún de lo normal. Eran de esos días de mar bravo, grandes olas, marea alta… Lo típico del norte, pero a gran escala. De esas mañanas y tardes con paisajes ideales para ser capturados desde la ventana, sin asomarse mucho… Iban llegando los meses más fríos del año, y con ellos los coruñeses comenzaban a sacar sus abrigos más gordos, las mantas más calentitas, los polares… Ropas suficientes para soportar la invernía no sólo al lado de la lareira.

Aconsejados por las más sabios de la casa, expertos ya en la materia, los más jóvenes iban comprando sus camisetas térmicas para poner por debajo de las más ilustres elásticas de todo el armario… la 8 con la que Sergio había silenciado el Bernabéu, la 12 de Scaloni con el logo de las estrellas en el brazo derecho… Cualquier reliquia blanquiazul era buen abrigo para los tiempos que se acercaban.

A algunos como a Álvaro ya los había avisado su abuelo a los pocos días de nacer: «disfruta del momento porque el mañana no es seguro». Sin embargo, feliz por la fama que se estaba ganando su Súper Dépor y en armonía con Zadok the Priest, el chorbito, con el paso de los años, no era capaz de entender esas palabras. «¿Qué dice el viejo (cariñosamente)? ¡si los nuestros están rozando el cielo! Será la edad que no le permite ver más allá», afirmaba sin más.

Porque era difícil explicarle a un ‘niño’ de 20 años que solo había vivido la época gloriosa de su Dépor, que ahora el rival era el Alcorcón, el Mirandés o el Girona. Y es que ¿cómo le cuentas a ese chico que, al menos por un tiempo, se acabaron las noches europeas, las victorias épicas contra Madrid o Barça, los partidos en la élite…? Era difícil. Podías utilizar fórmulas milagrosas, escudarte en los Bicho, Juan Carlos o Insua, parafrasear a los sofistas en sus discursos más optimistas… Era inútil, la ansiedad permanecía.

Algunos de esos «viejos sabios», los más valientes, los que acudían a Riazor cada quince días, a su salida del estadio se atrevían incluso a excusar el mal tiempo en factores no relacionados con la climatología. La táctica de Fernando Vázquez, la falta de ganas en la plantilla, el escaso sentimiento del escudo por parte de los foráneos… cualquier excusa era válida. ¿Que llueve y hace mucho frío? La culpa es del santiagués que no alineó al portugués. ¿Que hace seis días que no se ve un rayo de sol? Es que el míster no tiene ni idea. Otros, anclados en antaño, preferían echarle las culpas al que se sentaba en tribuna. Quedando, en el último grupo, los que nunca antes pisaran el verde como futbolistas, los cuales optaban por criticar a los que vestían los colores de su equipo. Cualquier mínimo gesto u detalle servía para volver a encender la chispa. Una chispa que no caló en los más jóvenes hasta que llegó el día D.

Porque habían oído hablar de la famosa deuda blanquiazul, pero como si de una remontada más se tratase, no tenían duda: en el 93′ y libre de marcaje, Augusto César remataría de cabeza a la escuadra. Era ya una costumbre coruñesa, como ir a tomar el chocolate con churros al Bonilla o la tortilla a la Bombilla.

Sin embargo ese miércoles 31 de julio la sensación era otra, la alarma había saltado y no parecía tener fin. Intranquilos y sin parar de refrescar las diferentes webs de confianza, el reloj corría demasiado deprisa para aquellos coruñeses.

Con el F5 bloqueado por el uso, y a última hora, la solución se hacía pública; como si de una canasta de basket se tratase, el triple entraba sobre la bocina: el deportivismo volvía a sonreír.

Desde entonces ha pasado ya más de un año, tiempo que le bastó a Álvaro para entender aquellas palabras insignificantes (por aquel entonces) que le había dicho su tato. Hoy ya más maduro, sabe que, al menos durante un tiempo, el Manchester y el PSG no visitarán Riazor, pero tampoco le preocupa demasiado. Mientras por las noches sueña con que regresen los nervios de las 20h45, por el día viaja a Vallecas, Málaga o Granada, donde entabla conversación con otros chicos que como él no conocen de categorías más allá de un sentimiento.

Muchos son aún los domingos, a la hora de comer, que sale el tema, sobre todo si el Dépor perdió su partido liguero el día anterior. Y aún hoy es el día que Alvariño sonríe timídamente recordándolo, a lo que el abuelo le responde con una palmadita en la espalda.

Porque da igual el tiempo que pase, aquel «viejo loco» atraviado con la zamarra blanquiazul seguirá tarareando en estéreo que cualquier tiempo pasado le parece mejor.

Rocío Candal

Juntando letras sin que suenen mal. Gallega, coruñesa y amante (sin remedio) del fútbol. ¿Para qué más?

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