De ‘Sampedro’ a ‘Sanpierdo’

La muerte llevaba semanas siendo anunciada. La crisis del enfermo era más aguda que nunca. La necesidad de intervenir era inmediata y, después de innumerables semanas de inmovilismo y constante deterioro, los responsables han decidido actuar.

Zaragoza dictó sentencia y terminó de finiquitar el periplo de Luis César Sampedro como entrenador manchego. El técnico gallego se despidió ayer por la mañana en rueda de prensa de la que ha sido su casa durante los últimos tres cursos. Visiblemente triste, afectado en lo personal y en lo profesional, Sampedro se despidió de toda persona cercana al club en una comparecencia llena de preocupaciones e interrogantes económicos y un alto valor sentimental.

Como el mismo afirmó durante la declaración de despedida, el fútbol cuenta con un alto componente cíclico, pasajero y fugaz, rechazando grandes relaciones prolongadas en el tiempo. Planea un recorrido similar al de una atracción de parque, a un constante subir y bajar, a una serie de ascensos y depresiones que, como en este caso, suelen tener un triste final marcado por los resultados.

Era insostenible. El grado de saturación superaba todo límite permitido por el respetable y este, nervioso ante un nuevo descenso, lo ha hecho visible durante las últimas semanas. La caída ha sido tan estrepitosa como el ascenso y los recientes pitos de la grada, todavía más sonoros que los vítores escuchados en aquellos tiempos en los que se le trató de santo.

El mecanismo no funcionaba y todo síntoma parecía apuntar al mismo mal. La renovación del equipo en el mercado invernal descartó la cutre excusa del plantel insuficiente y las últimas actuaciones que mostraron la debilidad psicológica del plantel en la recta final de los partidos señalaban a Sampedro como responsable de la problemática manchega, siendo acusado y poco apoyado por varios sectores cercanos al club.

El apuro atravesado por el conjunto blanco cuenta con causas de todo tipo, forma y color, pero el origen de todas ellas parece ser común. El deterioro de la identidad y la apuesta futbolística mostrada el año pasado ha sido uno de los más claros indicios de la decadencia del periplo del preparador en el Belmonte. Incapaz de redirigir al equipo, de reencontrarse con la mejor de sus versiones y de llamar la atención de toda la categoría como hizo la pasada campaña, el equipo ha mostrado la cara más apática y desmoralizante posible, siendo justamente castigados con pocos aplausos y una posición que bien refleja lo realizado.

Completamente depresivos y deprimentes, el Albacete Balompié lleva meses sirviendo como objeto de estudio de una Ley de Murphy a la que ha servido como el mejor de los exponentes. Más allá de los errores no forzados y de la reprochable puesta en escena, el conjunto lleva meses actuando envuelto en un ambiente de duda, pena y desgracia constante. Perjudicado en todo aquello que podía serlo, el Albacete ha creado en torno a su figura un áurea de fragilidad, inseguridad y negatividad que ha terminado de condenarles a unos largos meses de sufrimiento y al necesario tratamiento piscológico intensivo.

Ha sido este clima enrarecido el que ha terminado de sentenciar al técnico gallego, quien no ha sabido reaccionar situaciones de extrema urgencia como la remontada in extremis del Oviedo en casa hace unas jornadas, la victoria del Zaragoza en La Romareda de forma injusta pero eficaz o el empate ante un Mirandes poco esmerado que indican la inoperancia deportiva de un conjunto cortocircuitado física, técnica, táctica y -sobre todo- mentalmente.

El caos reina en las oficinas del Carlos Belmonte desde hace varios años y, a pesar de que su futuro es fácilmente predecible sin bola de cristal, parece no haber un cambio que aporte algo de cordura en la dirección. La gravedad de la situación existe desde hace meses. La falta de adaptación del proyecto a la división de plata con Sampedro al frente ha sido un hecho innegable a pesar de que desde la cúpula directiva hayan tratado de negarlo y las decisiones tomadas respecto al tema han dejado una vez más a la vista las debilidades de una organización sin sentido ni norte hacia el que remar.

El preparador se despidió agradeciendo al presidente Jose Miguel Garrido la confianza depositada en el durante los últimos meses. Una confianza hecha material a través de una reciente renovación de dos años en plena vorágine destructora. Una renovación discutida y polémica que pocos sectores compartían. Una ratificación innecesaria que daba vida a un proyecto fallido. Una nueva decisión equivocada que podía haber hipotecado de nuevo al club en caso de que Sampedro se hubiese empeñado en cobrar los dos años firmados.

Finalmente el entrenador pareció más honesto que aquel que le ofreció la renovación en el peor momento de su etapa como técnico del Albacete Balompié. Pareció contar con ese factor cuerdo del que muchos renuncian en la dirección. Pareció benévolo y generoso al renunciar a la jugosa cifra, tan benévolo como deberán ser los próximos rivales que se enfrenten al conjunto blanco.

El grado de dolencia es más que crítico. La intervención llegó cuando ya no se necesitaba. Albacete no necesita un nuevo entrenador, ni siquiera al mejor de los psicólogos deportivos. Ahora lo que necesitan en tierras manchegas es un milagro. Un milagro que, esperemos, venga de la mano del nuevo técnico César Ferrando.

Enterremos estos últimos meses de pena. Olvidémonos de la mejor de las etapas sampedrinas; dejemos atrás a Sam-Pedro y a San-Pierdo. Rememos en la misma dirección, que es lo que hace falta.

También te podría gustar...