La bola sobre todas las personas

Pochettino y Maradona (Photo by Tottenham Hotspur FC - Getty Images)

Antes solo importaba la bola, la pelota, el balón, y todos los sinónimos que responden a un esférico de cuero, u otros materiales, que se colocaba en el centro de todas las cosas, sobre todas las personas.

Hasta aquí, puede parecer una diatriba más sobre la deriva del fútbol que recibe el genérico nombre de ‘Odio eterno al fútbol moderno’. No lo pretendo. Más que odio, mi estado fluctúa entre el estupor, el ridículo ajeno (y propio, por formar parte pasivamente de la rueda) y curiosidad (cantidades industriales incorregibles).

Con el contexto dibujado, situemos a los protagonistas. Dos argentinos: desde la butaca (literalmente), Diego Armando Maradona, desde el verde, Mauricio Pochettino. O lo que es lo mismo: lo actual y lo anacrónico. El Diego, cuando jugaba, representaba todo lo bello, lo puro, lo maravilloso, el paradigma de todo lo que puede hacer el fútbol por una persona. También el 10, durante su propia carrera, reflejó hasta qué punto el balón, que una vez tanto le dio, se convirtió en un condena eterna a la que asistimos con tristeza de icono caído. La bola, entonces, empezó a dejar de ser innegociable y se colaron, sin oposición, la pose, la publicidad, el dinero y el poder sin disimulo (siempre estuvieron ahí pero al menos guardaban ciertas formas) y el fútbol firmó su carta de esclavitud.

Maradona (Luciano Bisbal, Getty)

Tras el bochorno, Diego Armando tenía dos opciones: entregar su arma y su placa y retirarse a contemplar como solo Messi osa arrimarse a su estela o estirar el chicle con todo el posible -luego confirmado- descrédito que tal decisión implicaba y entregar su alma. Optó por la segunda opción y en uno de sus sinuosos caminos, se convirtió hace unos meses en entrenador de Gimnasia y Esgrima de la Plata. Llegó en septiembre y en noviembre se ha ido un día y ha vuelto otro. Los cambios de opinión y humor del Diego son la enésima prueba de una vida guiada por el capricho y la inestabilidad. Una de las dudas que surgen es si el Diego llegó o llegará a entrenar allá algún día. Va a dejar, eso sí, restos de uñas mordidas e imágenes para el recuerdo (reflexión para otro artículo, ¿cómo se construye la realidad de un mito? ¿qué discurso se genera para que el mito aún crea que todo lo que hace está bien hecho y que para él no existe el error?).

La instantánea con la que nace esta reflexión (por darle una denominación aleatoria a esto) es la de la rueda de prensa de su presentación. Maradona, como director de una orquesta averiada, eleva los brazos armoniosa y lentamente y da instrucciones precisas a los medios para que “no se pisen” entre ellos, le enfoquen debidamente y su sonrisa enfundada en chándal y gorra, dé la vuelta al mundo. Más que un entrenador recién llegado, es un jefe de prensa eficiente en su labor.

En lo anacrónico, está Mauricio Pochettino. Un hombre de fútbol de otro tiempo que resumía su posición en una frase que concedió a Diego Torres en El País: “El fútbol ha perdido gente auténtica, parecemos actores”.

En este punto, el niño de Villa Fiorito que solo soñaba con jugar un Mundial y el hombre milagro de un Tottenham que, sin él, no tiene (ni tendrá con Mourinho) alma, podrían quedar a tomar un mate y responder a la pregunta que acompaña a Zabalita, protagonista de ‘Conversaciones en la Catedral’, de Vargas Llosa, en formato futbolístico: “¿en qué momento se había jodido el fútbol?”.

Pochettino (Alamy Live News, Getty)

O no. Puede que todo quede en estas palabras y que Maradona siga colocando periodistas en las restantes ruedas de prensa que le quedan en El Bosque (la cancha de Gimnasia) hasta que el cuerpo le pida cambiar de orquesta.

En otra realidad, Pochettino baja la cabeza, mete los bolsillos en su traje oscuro, niega con la cabeza y se va. Lentamente. Esperando una nueva oportunidad para poner la bola en el centro de todas las cosas, sobre todas las personas.

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