La Copa del 99: el despertar de un Valencia campeón

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Ahora que el desasosiego vuelve a apoderarse del aficionado valencianista, y coincidiendo con el segundo aniversario de LosOtros18, es un buen momento para recordar uno de los hitos más importantes de la historia moderna del Valencia Club de Fútbol. Porque hace no tanto tiempo que fruto de la unión, de la ilusión colectiva, llegaron los éxitos deportivos tan añorados en la actualidad.

Mucho se ha escrito y hablado sobre las finales de Champions, las Ligas de Benítez y el doblete de 2004. Sin embargo, la Copa del Rey de 1999, a menudo, pasa casi desapercibida. Quizás demasiado. Puede que la Copa no sea el título más pomposo, ni el más reconocido. Probablemente los éxitos posteriores difuminen aquella gesta. Pero lo que nadie podrá negar es que aquel triunfo copero supuso un cambio de rumbo que llevó al Valencia a lo más alto.

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Foto vía valenciacf.com

La imagen de Camarasa, Mendieta y Claudio López levantando el trofeo al cielo de Sevilla puso fin a casi veinte años de sequía. Dos décadas de sinsabores, con un descenso a Segunda División incluido, y con más decepciones que alegrías. Una larga travesía por el desierto que pudo haber acabado cinco años antes en la mítica final de la lluvia frente al Dépor. El Valencia rozó la gloria en el Bernabéu pero no, ese no era el momento.

Aquella Copa de 1999 significó un antes y un después en la historia del club. No sólo por el triunfo en sí, sino también por la manera de lograrlo. El conjunto dirigido por Claudio Ranieri tuvo una trayectoria memorable en la competición, dejando en la cuneta a Levante, Barcelona, Real Madrid y Atlético de Madrid hasta proclamarse campeón. Noches mágicas, goles y momentos que se perpetuarán imborrables en el imaginario colectivo del valencianismo.

 

Primera Parada: Orriols

La andadura copera del Valencia en la campaña 98/99, del mismo modo que la del resto de equipos que disputaron competición europea aquel año, arrancó en octavos de final. Y la primera parada fue Orriols. Todo un acontecimiento en la ciudad, que no estaba nada acostumbrada a ver a sus dos equipos enfrentarse en competición oficial.

Había ganas de derbi y el Ciutat de Valencia, lleno hasta la bandera, fue el escenario del partido de ida. Sobre el papel, una eliminatoria desigual entre un equipo de Primera División y otro de Segunda B. Sobre el césped, la mayor rivalidad futbolística de la capital del Turia.

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La pasión de las gradas se trasladó rápidamente al césped, donde apenas se notó la teórica diferencia de potencial entre ambos conujuntos. El Levante tuteó al Valencia y opuso mucha resistencia. Sin embargo, acabó imponiéndose la lógica. Dos goles del canterano Rubén Navarro y otro de Mendieta dieron el triunfo a los de Ranieri. El 0-3 de la ida convirtió la vuelta en un mero trámite para el Valencia, que se impuso por la mínima gracias al solitario tanto de Angloma.

 

El ‘Mendietazo’ y los piojos de Van Gaal

Claudio Ranieri, en su segundo año en el banquillo blanquinegro, había construido un bloque que combinaba a la perfección experiencia y juventud. En la retaguardia, veteranos como Djukic, Carboni, Angloma, Bjorklund o Luis Milla daban estabilidad a un equipo que desbordaba talento y juventud en ataque. Farinós, Mendieta, Claudio López, Angulo o Ilie lideraban una hornada de futbolistas que con el paso del tiempo acabarían convirtiéndose en leyendas del valencianismo.

Más allá de los nombres y de aquel título de Copa, el verdadero mérito de Ranieri en su primera etapa fue dotar al Valencia de una identidad, de un estilo de juego y de un carácter que perduraron durante años. El italiano empezó la obra, Cúper la mejoró y Benítez la llevó a la excelencia. Durante toda esta época, el Valencia fue la versión mejorada del equipo ‘bronco y copero’ que en el fondo nunca dejó de ser.

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Compacto, intenso y agresivo. Con una defensa casi impenetrable y un contragolpe letal. Un equipo fiable y seguro de sí mismo. Consciente de sus debilidades y capaz de exprimir al máximo sus virtudes. Un equipo con mayúsculas en el que las individualidades siempre estaban al servicio del colectivo.

Con estas armas se plantó el Valencia en los cuartos de final de la Copa del Rey 98/99. En frente, el actual campeón de Liga y Copa. El Barça de los Rivaldo, Kluivert, Figo y compañía. El Barça de Van Gaal y la colonia de holandeses. Un equipo situado en las antípodas futbolísticas de aquel Valencia y cuyo enemigo público número uno tenía nombre y apellidos: Claudio Javier ‘Piojo’ López.

Dos goles del argentino en el partido de ida sirvieron para dar la vuelta al tanto inicial de Kluivert. Rivaldo, poco después, empató para los culés. Todo un carrusel de goles y emociones que tuvo como traca final la volea antológica de Mendieta que significó el 2-3 definitivo. Un córner lanzado por Ilie y convertido en obra de arte por el ‘6’ blanquinegro.  El zumbido de la pelota todavía debe resonar en la cabeza de Sergi.

 

La victoria en el Camp Nou daba cierta ventaja al Valencia para el partido de vuelta. Sin embargo, no había lugar para la relajación. Los enfrentamientos entre ambos conjuntos se habían convertido ya en sinónimo de goles y espectáculo, y esta vez no iba a ser menos. Tampoco faltó el ‘Piojo’ a su cita con su rival preferido, y suyos fueron los dos primeros goles. Antes del descanso, Angulo aprovechó el enésimo error de la zaga culé para hacer el tercero y llevar el delirio a las gradas de Mestalla.

El Barça despertó en el segundo tiempo y acortó distancias gracias a los goles de Rivaldo y Óscar, pero Mendieta, desde los once metros, frenó el empuje azulgrana. Frank de Boer puso emoción al tramo final del choque, pero el 4-3 ya no se movió del electrónico. El Valencia estaba en semifinales y, durante los años posteriores, se convirtió en la peor pesadilla del Barça de Van Gaal. Daba igual la competición, ya fuera Liga, Copa, Champions o Supercopa; ahí estaba el murciélago para atormentar a los culés.

 

“¡Sois San Marino, vosotros sois San Marino!”

Ciento ochenta minutos separaban al Valencia de tener la posibilidad de luchar por su sexta Copa del Rey. El último obstáculo en el camino hasta la gran final fue el Real Madrid. La ilusión había invadido la ciudad después de la exhibición del equipo frente al Barcelona y Mestalla volvió a llenarse para vivir otra de esas noches difíciles de olvidar.

Era el momento. El rival no atravesaba su mejor momento, mientras que el Valencia crecía a pasos agigantados. Para la mayoría, los de Ranieri eran los favoritos. Sin embargo, lo que nadie podía sospechar es que barrieran a los blancos como lo hicieron aquel día.

set y partido“Sois San Marino, vosotros sois San Marino”. Con este jocoso cántico celebró Mestalla el sexto gol de los suyos. Algunos se frotaban los ojos. Otros se pellizcaban para asegurarse que lo que estaban viendo era cierto. El Valencia le estaba haciendo un set al Real Meseta en la ida de las semifinales de la Copa del Rey. Increíble, pero cierto.

De nada sirvió la defensa de cinco que planteó Toshack en Mestalla. El Madrid quiso jugar a ser el Valencia y el tiro le salió por la culata. Claudio López, Vlaovic, Angulo, Mendieta y Roche por partida doble materializaron la goleada valencianista y dejaron la eliminatoria vista para sentencia.

Aún así, los blancos hicieron de la previa del partido de vuelta una arenga continua. Sin embargo, el miedo escénico y el espíritu de Juanito no fueron suficientes para remontar. El tempranero gol de Morientes hizo soñar al Bernabéu, pero al Valencia le bastó con defender su abultada renta. Con el paso de los minutos, la euforia madridista se fue evaporando. La sedación que los hombres de Ranieri habían aplicado al choque ya había hecho efecto y, aunque el gol de Mijatovic devolvió la ilusión a los suyos, el ‘Piojo’ hizo el 1-2 definitivo y maquilló la derrota más dulce del Valencia en Chamartín. El Atlético esperaba en la gran final de Sevilla.

 

Campeones a lo grande
FINAL

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Que la afición blanquinegra tenía hambre de títulos se pudo comprobar antes, durante y después de la final. Más de 30.000 valencianistas viajaron hasta Sevilla para teñir de naranja las gradas del Estadio de la Cartuja. El club instaló pantallas gigantes en Mestalla para los que no pudieron viajar y no había una sola televisión en toda la ciudad que no sintonizara TVE aquella noche para ver la gran final.

Dos décadas sin llevar ningún título a las vitrinas son demasiados, y la euforia también caló en el vestuario. Para la mayoría de jugadores era el partido de su vida y lo disputaron como tal. Apabullando al Atlético desde el minuto uno, aplastando a los rojiblancos como un rodillo. Claudio abrió el marcador a los 23 minutos de juego tras rematar de volea un centro medido de Angloma desde la derecha.

MENDIETA FINALDiez minutos después, la locura. Un gol antológico que pasará a la historia como uno de los mejores tantos, sino el mejor, de las finales de Copa del Rey. Su autor, el líder indiscutible de aquel Valencia. Sólo la cabeza de Mendieta pudo imaginar aquella jugada. Aquel control con el pecho. Aquel toque sutil con la rodilla. Aquel sombrero para deshacerse de tres defensas. Y aquella volea con la zurda para batir a Molina. La obra maestra de un futbolista único, que tiene su lugar reservado entre los más grandes peloteros que vistieron la elástica valencianista.

Pese a que el Atlético apenas intimidó la meta valencianista en todo el encuentro, hubo que esperar hasta las postrimerías del choque para ver el tercer y definitivo tanto de  los de Mestalla. Un contragolpe vertiginoso lanzado desde el área por Cañizares y culminado por el ‘Piojo’ después de una cabalgada de sesenta metros. La rúbrica a una actuación colectiva que rozó la perfección.

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La Cartuja era una fiesta. Valencia se echó a las calles y la Plaza del Ayuntamiento se llenó de ‘senyeras’ para festejar que el Valencia volvía a estar entre los mejores. El colofón perfecto a una temporada histórica, en la que además del título copero, el Valencia se había ganado un billete para disputar por primera vez la Liga de Campeones gracias a su cuarto puesto en La Liga. Pero lo que nadie podía imaginar aquel 26 de junio de 1999 es que lo mejor todavía estaba por llegar.

Alejandro Martín García

Periodista valenciano con corazón blanquinegro y afincado en la meseta. Antes intentaba jugar a fútbol, ahora prefiere contarlo.

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