Sevilla FC, un idilio con Europa

Transcurría la temporada 04/05, un año que comenzó siendo ilusionante para el sevillismo en Liga. El Parma de Simplicio, Bonera o Gilardino, había apeado al equipo nervionense de octavos de la Copa de la UEFA, lo que permitía a los de Joaquín Caparrós centrarse en la competición nacional, consiguiendo en la jornada trigésimo primera auparse al tercer puesto tras ganar al Espanyol por tres goles a uno en Montjuic con goles de Baptista, Alves y Jordi López. Llamaban la atención dos canteranos llamados Sergio Ramos y Jesús Navas, nombres que se señalaban con rotulador rojo. Quedaban solo siete partidos que podrían llevar al Sevilla FC a codearse con los grandes de Europa, volver a la Liga de Campeones muchos años después tras una larga travesía por la mitad de la tabla, por la segunda divisón y por no pasar de cuartos en competición internacional. También se buscaba que Julio Baptista se hiciese con el pichichi.

Pero unas desastrosas cuatro últimas jornadas, culminaron en el Ramón Sánchez Pizjuán el 29 de Mayo de ese año 2005, la antesala del Centenario. Los goles de Duda y Baiano se llevaron la victoria para Málaga, dejando al Sevilla en la sexta posición y llevando a su máximo rival, el Betis, a jugar la previa de la Champions. Todo un mazazo en aquel momento, que sin esperarlo, abrieron las puertas de la gloria.

El camino hacia el título

El chasco final de la Liga anterior, llevó a hacer una revolución deportiva dentro del Club hispalense. El técnico utrerano que pusiese los cimientos del futuro Sevilla campeón (junto con un consejo de administración que trajo estabilidad), Joaquín Caparrós, se despedía para dar paso a otro proyecto. Era entonces cuando llegaba Juande Ramos, con ciertas dudas por su pasado bético pero con el aval de sus grandes resultados. También se marchaban sus grandes estrellas, como Julio Baptista y Sergio Ramos en el último día de mercado al Real Madrid. Para contrarrestar aquello, el director deportivo sevillista Ramón Rodríguez Verdejo «Monchi» fichaba a jugadores contrastados como Saviola (cedido por el FC Barcelona) y otros venidos a menos o poco conocidos como Luis Fabiano, Palop, Kanouté o Maresca. Era la temporada del Centenario y al nuevo himno del Arrebato tenían que corresponderle esos jugadores con aquello del «dicen que nunca se rinde». 

El comienzo fue demasiado dubitativo. Tras vencer al Racing de Santander en la primera jornada, llegarían siete partidos con solamente una victoria. Fue entonces cuando la afición sevillista comenzó a mostrar disconformidad en forma de silbidos y cánticos tras el empate de Fredson del Espanyol en la jornada sexta que lo llevaba a la décimo quinta posición. Kanouté no marcaba, Saviola no era aquel que venía con vitola de crack, Luis Fabiano era un brasileño apático y la defensa hacía aguas. A partir de ahí la cosa empezó a subir en Liga, pero en Copa del Rey llegaría la eliminación a manos del Cádiz en primera ronda. Parecía que el año del Centenario sería el del cántico que cada año se repetía, el del «otro año igual».

En UEFA se superó al Mainz, Besiktas, Victoria de Guimaraes, Zenit y Bolton, eliminando al Lokomotiv en dieciseisavos. Llegaban entonces los temidos octavos, en los que había tocado el Lille. Era la frontera que dividía el sueño.

Pero volvía a aparecer el fantasma del nada cambia. En la ida en Francia, un fallo clamoroso de Notario hacía que los de Juande volviesen a Sevilla con un uno a cero en contra. Pero este Sevilla no era el mismo y lo demostró en la vuelta venciendo por dos goles a cero obra de Kanouté y Luis Fabiano. El campeón empezaba a nacer…

Los cuartos de final depararían el reencuentro con el Zenit, dejando todo sentenciado en la ida con goles de Adriano, Saviola y Martí. Un cuatro a uno parecía suficiente, pero había que jugar la vuelta en el frío ruso y ante un equipo potente que reunía nombres conocidos como Kerzhakov (luego recalaría en Sevilla), Arshavin o Skrtel. Ya la afición empezaba a creer que podía hacerse algo grande.

El sueño hecho real en Eindhoven

¡Estábamos en semifinales!. Ningún sevillista menor de cincuenta años recordaba algo así, en una larga sequía de finales y plata en forma de títulos. Solamente quedaban Middlesbrough, Schalke y Steaua, tocando unos alemanes que venían de Champions. Se había desatado la locura en Sevilla y se engalanaban sus calles de colores blancos y rojos, más aun al saberse que la vuelta se jugaría un jueves de Feria de Abril.

La ida fue muy intensa en Gelsenkirchen, pero Palop mantuvo la portería a cero y quedaba todo para decidirse en una noche mágica de primavera.

Ese jueves 27 de abril, Sevilla se había levantado con aires de Feria. Cartel de no hay billetes, flamencas desde el Real hasta el Estadio y recibimiento bufandas al viento a la salida del Hotel Los Lebreros. Pero antes de tocar la gloria, tenía que sufrir unos 90 minutos y una prórroga ante el cuarto equipo de la Bundesliga y con jugadores de la categoría de Kuranyi o Poulsen (que años después contaría lo que le impresionó la olla a presión que producían aquellos 40.000 sevillistas).

Y fue en el minuto cien, en el año cien, por un jugador que nunca olvidará el mundo del fútbol (Antonio Puerta), cuando las miles de gargantas gritaron gol, las bufandas ondearan y los cohetes tronaran. Fue una noche larga para el sevillismo. ¡Por primera vez en una final europea!.

Fue entonces cuando el 10 de Mayo pasó a la historia con letras de oro a orillas del Guadalquivir. El corroborar aquello que escribió el Arrebato a principios de esa temporada. El «You´ll never walk allone» en modo sevillista, el dicen que nunca se rinde, el presumir orgullosa de la Giralda. Ese día el «Boro» claudicaría ante el vendaval de juego de los de Juande, con ese «brasileño apático» de primeros de temporada -Luis Fabiano- o el delantero espigado que no marcaba un gol ni al arcoiris -Kanouté- de primeros de temporada y que pasarían a los anales con sendos goles (y en años venideros a ser verdaderos ídolos del sevillismo), redondeados con la actuación estelar de aquel italiano que salió rebotado de la Juve para ser MVP de la final con dos grandes goles.

El afianzamiento de un proyecto

Fue como el primer beso. La Copa más esperada, el sueño de miles de sevillistas, algo que ni se esperaba y que se miraba con un «a ver cuando nos toca a nosotros» al verlo por televisión.

Después llegaría la Supercopa de Mónaco, la segunda UEFA consecutiva tras ganarle al Espanyol en Glasgow, la tercera (primera Europa League) heroica de Turín con la actuación de Beto y las remontadas a Oporto y Betis en ese resurgir del proyecto tras algún año de despiste o la magia que tuvo Varsovia para poder convertirse en reyes de esta competición.

El próximo miércoles llega otra oportunidad. La de distanciarse aun más del inmediato competidor en entorchados de Europa League (el Liverpool con tres), ganar a todo un histórico que se ha vuelto a levantar de la mano de Klopp, ser el único que gana tres veces consecutivas un título europeo y ser pentacampeones para quedársela en propiedad. Todo un reto que el Sevilla FC quiere conseguir y la posibilidad de hacer doblete el domingo con la Copa del Rey ante el Barcelona. ¡Que así sea!.

Juan Ignacio Borrallo

Técnico superior en imagen audiovisual. Licenciado en periodismo. Amante del fútbol justo y de un Periodismo de calidad.

También te podría gustar...