El premio de Osasuna se convirtió en pesadilla

«No tiene que ser un drama si volvemos a bajar. Hay que gozar del camino, como hemos hecho esta temporada, y no obsesionarse con la permanencia. Si bajamos, ya subiremos el año siguiente». Estas eran las declaraciones de Martín Monreal tras conseguir el ascenso la temporada pasada. El sueño estaba cumplido, y Osasuna iba a disfrutar de al menos un año de premio en Primera.

Los fichajes fueron llegando para consolidar un proyecto de cantera con el que el técnico de campanas se había servido para conseguir el ascenso, unos refuerzos de caché que abarcaban todas las líneas y variables tácticas que se podrían dar a lo largo de la temporada. Pero estos fueron ganando terreno y muchos de los jugadores que habían conseguido el ascenso, se vieron relegados a un segundo plano, y algunos de los canteranos que llamaban a la puerta del primer equipo, no conseguían llegar a la titularidad.

El club rojillo comenzó la temporada dubitativo, buscando cuál era su forma de juego: dónde iban a presionar, cómo iban a atacar, había que tocar el balón o despejarlo… De esta forma, el equipo no transmitía fuerza y unión. Eran muchas las piezas que tenían que encajar y poco el tiempo, porque llegados desde el play off de ascenso, las vacaciones habían sido más cortas que las de cualquier equipo. Así, lo normal era dar paciencia al técnico para ajustar la forma física y dar un orden a los once que saltaran a defender el escudo pamplonés.

La primera victoria se hizo rogar, y no fue hasta la jornada 8, y tras varios partidos empatados, cuando llegó. Un gran parido a domicilio y en un campo complicado como el del Eibar, donde Osasuna había sabido reponerse al gol inicial de los armeros y a un posterior empate a dos para marcar un tercer gol y llevarse el encuentro. Este resultado y el empate posterior en campo del Athletic parecía enderezar la dinámica deportiva de los rojillos.

Fue de nuevo una derrota como local lo que llevó a la directiva a la destitución de Martín. El equipo no carburaba y no obtenía victorias y se iba hundiendo en el fondo de la clasificación. Sólo 10 jornadas, y al proyecto de calma, del «no pasa nada si volvemos a descender pero jugando con los de casa», se había acabado. Se iba Martín y llegaba Caparrós, con el típico discurso de los entrenadores nuevos: «hay más potencial del visto en este equipo», «hay jugadores con mucha ambición»… Pero apenas cinco derrotas en liga después, y una clasificación a siguiente ronda en copa, el técnico andaluz fue despedido.

El equipo pese al cambio seguía sin dar buena imagen. Los encuentros no tenían emoción y Osasuna apenas conseguía disputar algún balón dividido, dando como consecuencia resultados abultados y ante rivales directos como el Leganés o el Sporting. Fue en este periodo cuando la ilusión de los aficionados por la temporada en primera y una lejana opción de salvación se esfumó.

La directiva daba una nueva vuelta de tuerca, ante la situación irreversible ya en la clasificación, se puso el mando del primer equipo en manos del director deportivo hasta el momento, Vasiljevic. Un cambio que en los primeros partidos dio efecto. Fueron partidos disputados, con muchos goles y emoción en los que Osasuna rascó un punto in extremis ante el Valencia, empató contra el Granada un duelo que pudo ganar pero la falta de gol lo impidió, perdió por la mínima ante el Sevilla con quejas por la actuación arbitral, volvió a empatar con el Malaga (como en el inicio de liga), y perdió contra la Real otra vez por la mínima en un partido marcado por la lluvia y de nuevo la falta de efectividad rojilla en ambas áreas.

Después de estos resultados que pudieron ser pero que al final no fueron, el equipo se hundió. Los rojillos salían al campo con el partido perdido y pensando en la próxima temporada. Partidos sin disputar y donde la afición veía impotente desde las gradas la caída de su equipo y el mal sueño en el que parecían estar inmersos.

Llegábamos a la peligrosa zona del descenso matemático con una triple jornada entre semana en la que podía darse por cerrado el descenso rojillo. El tríptico comenzó con una dura derrota como local ante viejo enemigo, el Athletic Club, que ganaba sin despeinarse en El Sadar. Entre semana Osasuna viajó a Vitoria sin otra aspiración que la de pasar el trámite lo mejor posible, sin perder demasiado y manteniendo el poco orgullo del equipo. El partido fue insulso, los dos equipos se dejaron llevar en un pacto tácito de no agresión. Pero al borde del final, el descaro de Berenguer en la única jugada de peligro de los de Pamplona, el balón se coló por la escuadra para dar la victoria al equipo visitante tras 21 jornadas. Este resultado, unido a la victoria como locales ante el Leganés, esta vez remontando el marcador, hicieron recobrar el ánimo a la afición y al equipo, que veían las últimas jornadas con la opción de decidir el destino en la clasificación de alguno de sus rivales.

Sin embargo, los últimos partidos dieron de nuevo con un Osasuna incapaz de aguantar un resultado a favor, con una defensa inestable y un ataque escaso de pegada. Los empates ante el Sporting y el Depor maquillaban los puntos de los rojillos en la clasificación, además, con la victoria en el penúltimo partido en casa contra el Granada, los pamploneses, lograban pasar a los nazaríes y no ser últimos en la tabla clasificatoria. Un consuelo muy bajo para un equipo que prometía deleite, garra y entusiasmo a sus aficionados al principio de la temporada.

Osasuna cierra así una temporada que habrá permitido sanear las cuentas del club por la inyección económica de la máxima división nacional, pero deportivamente no ha sido un gran año, ni siquiera mediocre. Los rojillos han perdido su identidad en el campo y en el vestuario, con un equipo incapaz de transmitir ilusión, once futbolistas que paseaban por el campo sin la ambición de disputar el encuentro y con hasta tres entrenadores que no han podido imponer su estilo de garra, fuerza y lucha.  De este modo, y con una profunda revisión personal y colectiva pendiente, los aficionados pamploneses ven descender a su equipo esperando que esta remodelación del equipo sea lo más rápido posible para volver a disfrutar de su equipo como lo hicieron antaño. Una afición que ha sido el único puntal que ha sobrevivido a este desastre de año, siempre incombustible y que ha apoyado a su equipo pese a lo continuos descalabros de este. Un jugador número doce al que el equipo sólo le ha quedado pedir perdón y darle las gracias por su apoyo incondicional en este año que prometía ser un sueño pero que al final ha sido una pesadilla.

David Soria

Graduado en Historia y con un Máster en Historia del Arte. Gran aficionado del futbol en general y de los otros 18 en particular. "El balón es mi despacho. Me siento en él y veo cómo trabaja el equipo".

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