Una década para la reconciliación: el Celta se olvida del pasado

El Celta marcaba el 1-2 definitivo ante el Milán y un «no» ahogado salió de la boca de un anciano entre la celebración de aquel bar de la Gran Vía. Lo dijo bajito, pero sus nietos entendieron que algún motivo tendría.

Y es que el Celta siempre estuvo marcado por una especie de sino incomprensible cuyos giros resulta imposible prever, como si su particular Rueda de la Fortuna tuviera los ejes descolocados y avanzara con movimientos elípticos, asonantes, indescifrables. Son unos achaques que generan escepticismo en la grada con un penalti a favor y que apartan las miradas del césped cuando los rivales pisan los tres cuartos de campo; una suerte de delirios cósmicos que le permiten salvarse con 37 puntos o descender tras jugar la Champions League, pero que también seleccionan uno a uno a los valientes que pueden soportar todo esto cada domingo y, con su espiral de vicio, los hace más fuertes y adictos a sus caprichos.

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Foto vía tublogdeportivo.blogspot.com

Ayer hizo diez años desde que esa rueda dio uno de sus giros más bruscos tras ganar al Milán en San Siro. “Más dura será la caída” era por aquel entonces la referencia cultural que los socios más antiguos utilizaban para referirse a la situación de un equipo que llegaba celeste de arriba abajo, limpito e iluso como un niño que va a misa, a la casa del campeón de Europa para intentar meterse en octavos de Champions. Los telediarios, ajenos a esta historia en forma de montaña rusa, anticipaban una derrota que los aficionados más jóvenes no concebían y los más veteranos temían por puro vértigo.

El fútbol era entonces más importante que la publicidad, los horarios de la televisión y la gomina o las novias de los internacionales, y el balón se movía como por los espasmos nerviosos de las gargantas. Todavía no había alcanzado lo aséptico de hoy en día y la grasilla de los partidos, del estadio y de las retransmisiones simultáneas le daba un regusto a tradición; era la ceremonia y liturgia de una ciudad entera y Vigo estaba comulgando con vinos gran reserva y hostias de marisco. Así llegaba a Milán el Celta hace diez años: dispuesto a canonizarse. Doce años ininterrumpidos en Primera, dos finales de Copa y una trayectoria contundente en UEFA (ambas con sus descalabros: crisis de los avales, victorias inesperadas y derrotas impensables) hacían sospechar que la Rueda parecía dispuesta a no volver a caer y confirmaban las posibilidades de los vigueses de hacer un papel interesante en la Champions y, aún así,  seguir en la parte alta de la tabla.

Eclipsado por una victoria ante el Ájax, el decimoquinto puesto de la Liga era un atisbo del desplome, pero todavía más alarmante resultaba la falta de personalidad del equipo. La ausencia de un solo canterano, la rapidez endiablada de los pases, la calidad de los regates y el mal humor de los jugadores difuminaban la personalidad histórica del Celta y solo los más veteranos, con la suficiencia de los visionarios, intuían esos primeros tambaleos, se mantenían al margen de la euforia generalizada y eran conscientes de que, en esa época de romanticismo futbolístico, el carácter de todo un club no se desvanece así como así. Sin jugadores de casa, rondando a los más grandes y ajeno a su pasado, solo quedaba un rasgo característico que antes o después se manifestaría por su propio peso: el giro elíptico e irregular de los resultados.

Por eso, con el gol de José Ignacio en Milán, la cara del anciano de aquel bar de la Gran Vía se ensombreció y un tímido “no”, más de recelo y lamento que de incredulidad, salió de su boca. No quería interferir en la alegría de sus nietos, pero ellos supieron que todo aquello, en aquel momento, no acababa de encajar.

Foto vía yojugueenelcelta.com

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Esa fue la última concesión que el fútbol otorgó a aquel Celta de figuras que no entendían el gallego ni sabían quiénes eran Vicente o Manolo. Después llegó el Arsenal, luego Antic y más tarde la Segunda División con toda su miseria. De ahí en adelante, un duro proceso de redención interior se desarrolló entre los envites más descalabrados y enfurecidos de los acontecimientos. Para volver a subir, había que reencontrarse y la reunión con la identidad propia dio también lugar a la satisfacción del sufrimiento acatado para aquel anciano y a la evasión de la realidad para sus nietos mediante recopilaciones de goles europeos.

Diez años después, estos nietos dejan por fin de lado la nostalgia de youtube para disfrutar del presente y su abuelo es capaz de ver hacia adelante con la esperanza de que, esta vez, sea lo impredecible de la Rueda Fortuna la característica que desaparezca, ya con un equipo que cada día se conoce mejor a sí mismo y parece incluso capaz de no instaurar el “no” de vértigo en las mentes de los jóvenes.

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