Real Sociedad 1 – 1 Celta: El encanto de la cochambre

El fútbol como incoherencia. No por el resultado, sino por el desarrollo del partido y, por extensión, por el desarrollo de este partido como reflejo de la temporada. Lo confieso, yo soy del Celta, quería que ganara el Celta y entendí que no lo merecía, como tampoco lo merecía la Real y como tampoco merecía este partido ser visto ni sufrido por nadie con un mínimo de sensibilidad, delicadeza y gusto. Si el Celta no tenía que puntuar hoy fue por cobardía, por conservadurismo y por monotonía. Tampoco hubiera dado un duro por una Real que se fió de la inercia terrorífica del Celta, pero entiendo que la ausencia de Vela es como empezar con medio equipo menos. 

Al principio, el Celta se mostró dubitativo pero a los cinco minutos ya había generado tres buenas oportunidades. Ahí estaba al acecho esa especie de diana en la sien, que no les debaja marcar y que, cuatro minutos más tarde, reaparecía en forma de disparo, de tiro, de muerte, de cabezazo de Agirretxe ante una defensa inofensiva e indefendible. El bueno de Agirretxe. Otra vez cebándose con los vigueses.

 ¡El árbitro! No sé si fue más divertido ver cómo repartía amarillas en un partido sin la menor agresividad o cómo Iturralde lo defendía por la tele al unísono de sus palmeros. (sí, las cursivas ahora van dedicadas a Energy y su equipo de profesionales).

Vamos, que la Real se planta con un gol más y el Celta con un 30 % más de posesión. Los dos se creen que están bien, pero solo hay uno que gana. Mina da bandazos por la banda y Nolito tiene achaques de genio por todas partes, pero no se acaba de ver un partido de fútbol. Rubén Pardo se acerca a jugador de fútbol. Ah, bueno, y Krohn-Dehli, que ya no pega con nada, que siempre es el mejor y siempre pasa más o menos desapercibido en medio de un tumulto que parece, directamente, un deporte al margen de la suavidad con la que él se maneja sobre el césped. En esos términos transcurrió la primera parte.

Kiko Narváez recordando sus tiempos de atlético y riéndose del Real Madrid. Muy interesante. Algún comentario sobre la masa de la luna o sobre las partículas elementales habría sido igual de pertinente. También había otro tío comentando el partido, que se jactaba de ser un jugador muy ofensivo. No idea.

Descanso. Al menos hubo algo de fútbol, en el descanso, con los resúmenes de los partidos del a jornada.

Ahora entra en acción Manu Carreño. Al menos intenta fingir que sabe.

Se reanuda el partido y todo sigue más o menos igual. El Celta domina en posesión pero la Real ni se inquieta. Cuando duda, le regala un córner al Celta, que Nolito lanza automáticamente al primer palo.

Iturralde sigue soltando pedradas a la coherencia, defendiendo el espectáculo dantesco de un árbitro que contravino los intereses de ambos equipos.

Entonces, algo se revolvió. Berizzo se atrevió a hacer un cambio antes del minuto 90, metió a Bongonda y consiguió que no se notara lo más mínimo. Metió también a Charles, y lo mismo. Un gran paso para su renovación; pasa de hacer cambios para perder el partido haciendo cambios imperceptibles. En la Real, reinaba la tranquilidad. Moyes no acababa de saber cómo controlar el partido, quizá porque está habituado a ver fútbol.

Entonces, el Celta lanza un balonazo en medio de una disquisición de Carreño, Kiko, Iturralde y compañía sobre sus madres (o algo por el estilo), Larrivey controla de pecho, recibe Bondonga, se la pasa a Nolito por pura costumbre y Nolito se disloca la cadera para marcar un gol bastante épico. Sí, bastante. Fue un buen gol, pero fue el cuarto gol del Celta en catorce partidos, que no es poco. Perdonen que no me levante para celebrarlo, porque aún no acabo de creérmelo. La flor empieza a asomar por el ojete de nuevo. La mirilla que apunta a la sien se desvía. Y, lo mejor de todo, solo quedaban 10 minutos.

Efectivamente, como anuncian las rebuscadísimas estadísticas de la parte superior de la pantalla, la Real es el equipo que más puntos pierde en los últimos minutos. No es para menos. 

Y así dirigió todo hacia el final del partido. Un Real – Celta. Es algo que pierde su significado por el juego que desplegaron los dos equipos, pero también por la cotidianidad de un enfrentamiento tan mítico; dos veces al año durante años y años hace que parezca algo mediocre, algo estúpido, pero un Real – Celta, por muy mal sabor de boca que deje, siempre merece ser recordado. La Real jugó mal y el Celta también, pero ayer, a las 23.45, se cerró una jornada de Liga más, otra cualquiera, pero un evento de un significado demasiado trascendental para quienes soportaron el grado centígrado de Anoeta, para los que nos tragamos las interferencias cochambrosas del fútbol pirateado (¡horror!), para quienes nos sobreponemos a la psicología inversa de los entrenadores, a la demencia de los comentaristas… Hay algo épico y mítico en un partido tan habitual, y ahí está el encanto, el encanto de subsistir en el fútbol y en la Liga, el encanto de lo irrelevante, de ser el segundo plato de una noche de sábado, el encanto de subyacer durante temporadas y temporadas, soportando los disfraces de verde, de rayas, de azul, de negro, de naranja… El encanto de ser dos equipos que no merecieron nada pero que, en el fondo, se lo merecen todo. Como mínimo, un mísero empate.

 

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