Ni Messi ni Cristiano: Mostovoi

Vía yoentreneenelcelta.blogspot.com
Hace diez temporadas que Mostovoi dejó el Celta. Dos semanas después de la presentación de su biografía, ‘Diez años sin el 10’, hoy lo recordamos a nuestra manera en “Los otros 18”.

Hay cuestiones que, por muy ajenas que nos resulten a causa de su condición popular, toman sin remedio un carácter particular y propio. Son aspectos comunes a un colectivo que, por una especie de ‘duende’ indefinido, por un algo totalmente disperso y en absoluto razonable, adquieren un cariz personalísimo y configuran el imaginario de todos esos individuos de una manera que supera la memoria, la lógica o la misma voluntad y alcanzan una dimensión emotiva, única y absolutamente indispensable en la cultura de cada una de estas personas.

Es una chispa, un veneno, que incluso deseamos odiar pero que, sin dejarnos alternativa, se adueña de nuestro pasado y nos tensa los músculos cuando oímos su nombre. Por muy triste que sea admitirlo, ese algo, en ocasiones muy puntuales, está sobre un campo de fútbol y, para demasiada gente de Vigo, se llama Mostovoi. Mos-to-voi. Por eso, por esa naturaleza posesiva y subversiva, resulta imposible escribir sobre él de una manera objetiva u ordenada.

Y es que sí. Como a una especie de amor frustrado, yo querría odiar a Mostovoi. Por sus desplantes, por cómo se fue, por sus silencios y por sus palabras… por ni tan siquiera aparecer el día de la presentación de su biografía autorizada (hace una par de semanas en Balaídos) o por ese carácter arisco de no dejarse querer. Pero diez años después sigo escuchando, leyendo o escribiendo esas ocho letras y es inevitable que recuerde la elegancia de un cabezazo desde la frontal en el Bernabéu, el silbido descarado hacia la grada tras marcar al Brujas, la falta rasa ante el Aston Villa, cómo se paraba el tiempo cuando conducía el balón en Balaídos o incluso esa manera suya de pronunciar las erres. Cuando leo que hace una década que dejó el Celta (o el Celta lo dejó a él, si nos llegamos a convencer como consuelo), pienso que mi butaca blanca y corroída de Balaídos no fue más que un palco desde el que esperé su vuelta, su reencarnación en algún otro individuo de procedencia incierta y gestos armoniosos sobre el césped. Iago Aspas estuvo a punto de ser el nuevo Mostovoi. Pero no. Silva rozó su clase, pero tampoco. Canobbio jugó con la misma visión; ni por asomo se le parecía…

Y es que hasta que asuma su exclusividad el celtismo seguirá huérfano de ídolos, porque en nadie encontrará esos atributos que consiguieron que todavía hoy se sigan estampando el 10 y las fatídicas ocho letras en las camisetas. Esa mezcla canallesca entre lo distinguido y lo macarra, su manera de pararse ante los defensas y sus regates impensables imprimieron un estigma sobre los siguientes ‘10’ celestes y, en general, sobre cualquier jugador que aspirase al protagonismo, porque desde hace diez años fueron y serán irremediablemente comparados con el Zar.

Curiosamente, por muchas veces que haya visto jugar a Mostovoi, el recuerdo más vívido que de él conservo me lleva a una mañana de verano tan seca como la etapa concursal por la que esos años pasaba un Celta dirigido por Eusebio. Mis primos, de cuatro y seis años, jugaban al fútbol en un campo de tierra tan seco como el juego de ese Celta concursal y su percepción del equipo se limitaba a unos nostálgicos vídeos de YouTube que yo les ponía antes de irse a la cama para evitar una asociación indebida (aunque entonces vigente) de los términos ‘Celta’ y ‘tristeza’; vídeos que, de paso, compensaban el hastío que a mí me producían los rumores de un mercado de fichajes tan seco como aquel verano, como los recursos del equipo y, directamente, como un cadáver de hace trescientos años. Era también la época en la que el duopolio futbolístico estaba en pleno auge y apenas lograba evitar que las dos inocentes criaturas me preguntaran por los goles de Messi y Cristiano Ronaldo. Aquella mañana, cuando empezaba a sentirme superado por la avalancha de información merengue y culé, un señor se acercó adonde ellos jugaban para preguntarles:

Mostovoi con sus botas John Smith. Via mundicromo.

Mostovoi con sus botas John Smith. Via mundicromo.

   -A ver, chavales, ¿vosotros sois de Messi o de Ronaldo?

Ellos lo miraron sin moverse. Como buenos hermanos, cada uno no necesitaba más compañía que la del otro y aquella intromisión no había sido bien recibida. Yo también lo miré. Me parecía que la pregunta sobraba tanto como el calor, como el Barcelona y el Madrid, como el paisano y hasta como los dientes de su boca. Y entonces, cuando pensé que ellos no se dignarían a contestarle (y también temiendo su respuesta) y yo me disponía a hacer toda una declaración de intenciones, el mayor de los dos cogió el balón y se acercó a esa triste víctima de la comunicación de masas:

   -De ninguno. Nosotros somos de Mostovoi.

Y tiró como si nada. Cierto es que aquella exaltación de una vieja gloria daba a entender la seca coyuntura que ahogaba al Celta, pero nada más escuchar aquellas palabras me volví a sentar y supe que ya estaba, que había cumplido. De esa manera, quizá por cómo mis primos prefirieron mi insistencia a la de la tele, los periódicos e internet, noté cómo los pelos de los brazos se sublevaban y supe que Mostovoi era una leyenda que, por puro talento, había traspasado la esfera de lo público hasta la de lo más íntimo.

Unos días después escucharon cómo yo contaba esta historia a mi padre y se sintieron con la autoridad de pedirme el póster firmado que el propio Mostovoi me había dado en su coche, con una foto de sí mismo tirando una falta y vestido hasta las cejas con un equipaje de la marca John Smith. Les contesté que ya les había dado lo intangible; el material era otra historia… Ahí entendí que mi creación me había superado, que quizá la leyenda acabaría por ser mito.

También te podría gustar...