En Vigo se habla de fútbol. ¿De qué se habla en Madrid?

El fútbol es en gran medida un estado de ánimo, lo que explica rachas grandiosas o pifias increíbles. Es también, por supuesto, táctica, estrategia, técnica, física, suerte… Y todas las combinaciones de estos factores, el juego de tensiones y los equilibrios entre unos y otros, hacen que este deporte se convierta en algo difícil de predecir, en una especie de estado de alerta tan macabro como insustituible. Pero, por mucho que a algunos convenga olvidarlo, el fútbol actual es sobre todo cuestión de pasta. Money. Dinero. Guita. Cash. Pecunio. Parné. $$. Plata. Cuartos. Y es precisamente este factor y su creciente vigencia lo que consigue que, cada temporada, los partidos en el Bernabéu o el Camp Nou se vuelvan una ciencia casi exacta que hace tender a cero cualquier posibilidad de puntuar como visitante. Tal es su poder que va anulando poco a poco el resto de factores sorpresa que pueden dar lugar a esas rachas grandiosas o pifias increíbles.

Por eso es de dinero de lo que menos se habla en Vigo estos días. Se comenta la promiscuidad de Luis Enrique como visitante en el Bernabéu. Se reviven las dos últimas victorias en Madrid o la de la temporada pasada en Copa en Vigo. Se apela a los enfrentamientos históricos ante Ancellotti, recordando cómo el Celta europeo, un equipo que solo se parecía al actual en el nombre, castigaba hace más de 12 años a la Juve y al Milan del entrenador italiano. En Vigo se recurre, en definitiva, a la masturbación psíquica y al poder de la ilusión, porque pocos motivos hay para pensar que el Celta pueda sacar hoy del Bernabéu algo más que un gol más en contra que a favor.  Así que, a grandes rasgos, en Vigo se habla de ese factor romántico pero todavía latente que hace al fútbol sentimiento y a un partido, pura pasión: el estado de ánimo, la disposición de un grupo de jugadores jóvenes e ilusos de dar por el culo, o al menos de acariciar una nalga, a uno de los pilares de un sistema que se sirve de ellos como las modelos se sirven de la pasarela, un sistema que los utiliza pero no los tiene en cuenta. Y si esa no es la disposición de los jugadores, sí es la de los aficionados, la de esos grupos de otros chavales que se pasan 10 horas en un autobús para ir a restregar a los lujos del «estadio cinco estrellas» los lujos de quien todavía enfoca los partidos con más corazón que cabeza, con más ímpetu que cálculo, con más furia que templanza y, en fin, con la temeridad que hace del deporte un ejercicio de emociones.

Mientras en Vigo se esperan las siete de la tarde con la expectación del que juega la lotería, en Madrid se esperan con la certeza de quien comprará el billete premiado para blanquear su fortuna.

Por todo eso, esta noche en los bares y en el reducto celeste del Bernabéu, poco importará el once que salga, poco importará que Fontás siga lesionado, que Vila sea convocado o que Toni y las ansias de Bermejo se queden en Vigo. Importará muchísimo menos si Bale juega, si Ronaldo se cambió de peinado, si Sergio Ramos aprendió a hablar o qué súper portero estará bajo palos, porque lo que esta noche espera ver Vigo es un partido de fútbol, uno más de entre los 40 que constituyen la Liga, pero uno de los pocos en los que, independientemente del resultado, la dignidad, el orgullo y los motivos de apoyar a uno de los otros 18, están garantizados.

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