El testamento de Borja Oubiña

Demasiado bueno

Lo del relevo de Oubiña viene de largo. Tras el ascenso del 2004 y su posterior debut con la selección, había que buscar a otro porque era demasiado bueno y no tardaría en escaparse a una liga más interesante o a un equipo grande. Cuando así fue (tres temporadas más tarde), distintos candidatos intentaron acercarse a su entorno para ver si acaso les caía el 4 celeste como herencia. Pero poco tiempo tuvieron, ya que al cabo de unas semanas una lesión lo devolvía a Vigo con sus sueños frustrados pero su calidad intacta en la memoria de Balaídos. Solo era cuestión de que la maraña de tendones y músculos en que se había convertido su rodilla retomara su forma habitual para volver a organizar él solito el juego celeste y a desmontar el del rival.

Demasiado lesionado

El tiempo pasó y sus herederos parecían plantearse la posibilidad de volver a llevar al enfermo ante notario para que echara una firmita que les dejara vía libre, así como quien no quiere la cosa. Pero nada. Ariel Rosada, que fue el que más cerca estuvo de consolidarse en el medio del campo, prefirió volverse a Argentina y ni Jonathan Vila ni Vitolo, que optó por dedicarse a la moda, fueron capaces de aportar mucho más de lo que sus pulmones daban de sí. No se podía negar su esfuerzo, pero cuando la recuperación de Borja se antojaba ya una utopía y la necesidad de encontrar una garantía sólida en el mediocentro, una necesidad, Oubiña empezó a entrenar con el equipo, a coger ritmo de competición y a perder el miedo al choque. Jugó algún partido. La recuperación del equipo se proyectaba en las fantasías de los aficionados en paralelo a la del capitán. Recayó. Sin él, el fútbol perdía el sentido.

Demasiado caradura 

Los partidos pasaban y crecía la animadversión hacia quien se presentaba como un eterno lesionada. Alguien se hartó y de un golpe llegaron Bustos y López Garai. Y claro, para todos los que habían pasado de aplaudir goles a ovacionar despejes, el oficio de estos dos jugadores resultó revelador, pero la suficiencia de Oubiña para abarcar el medio del campo sin compañero seguía sin ser cubierta. Y así pasó una temporada más y, cuando el mundo creyó que Borja se iría a la tumba del fútbol sin repartir ni un duro de su fortuna, allí había vuelto él para devolver el equipo a Primera.

Demasiado viejo y demasiado tranquilo

Entonces, una vez reintegrado en la dinámica del equipo, la necesidad de buscarle un sustituto venía de su edad, de que «nunca volverá a ser el mismo», de su «bajo ritmo de competición»… A lo que se le unió su manía (su capacidad) de no jugar revolucionado con un pollo desbocado (una costumbre muy extendida entre los últimos medios vigueses, por otra parte), lo que a menudo se confunde con falta de intensidad. Y es así que hace apenas una semana se cerró el cuarto período de mercado sin que ningún jugador de garantías haya llegado para recibir su legado a pesar de la fuerte convicción de lo necesario que resulta. Hasta el momento, todo se fue soliviantando a base de parches: Natxo Insa el año pasado; Fontás, este.

Demasiada inercia

Oubiña, llevándose la chulería hacia los vestuarios. Vía moiceleste.com

Oubiña, llevándose la chulería hacia los vestuarios. Vía moiceleste.com

Pero la inercia de las quejas es demasiado contundente y así, aun mostrando unas cualidades técnicas y tácticas que dejan atrás a cualquiera de sus herederos y le dan la titularidad independientemente del entrenador que esté sentado en el banquillo, sigue haciendo falta algún recambio para cuando el ‘capi‘ no dé más de sí.

Llegados a este punto, parece que el heredero solo podía ser sangre de su sangre, y después de haber mostrado síntomas de gripe a principios de semana, Luis Enrique se decidió a probar a David Costas y a Goldar en su posición durante los partidos de entrenamiento. No parece que vaya a ir más allá de eso, de una mera prueba, pero por todos es conocida la firmeza de las intenciones de Luis Enrique. Hagan sus apuestas, que de momento no parece que nada vaya a acabar con el mandato de Oubiña en el medio del campo celeste.

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