Celta – Real Madrid, ¿y ahora qué?

Y ahora, ¿qué?, se preguntó Balaídos cuando acabó el partido ante el Valladolid. Un 4 – 1 impoluto. Objetivo de la permanencia más que superado. ¿Y entonces? Entonces, los jugadores fueron al centro del campo y saludaron y los aficionados se abrazaron y sonó el himno y todos cantaron mientras aplaudían parsimoniosamente y le daban un par de vueltas a la bufanda. Igual que los extras de una película, porque en el fondo todos reconocieron sus gestos como fingidos, escépticos, impuestos por las circunstancias. Fueron puro reconocimiento hacia la Primera División; una especie de cortés reverencia entre viejos conocidos.  ¿Cómo no vamos a estar contentos si llegamos al final de Liga sin taquicardias? Y el himno siguió sonando solo y las luces encendidas dejaron que el césped brillara ajeno a la incertidumbre del celtismo.

En las salidas, el olor a perritos calientes y el murmullo de los pasos llenó un vacío inexplicable. Se veía venir. Era la crónica de una tranquilidad anunciada, pero ¿vamos de tranquis a Pamplona y recibimos al Madrid solo para joderle la Liga? No. El deber del celtista, antítesis de la ataraxia, fijó inmediatamente el octavo puesto como un deber ineludible. Luego, durante la semana, Luis Enrique se convirtió en una especulación estatal y en medio de la crisis del Barcelona, el Celta ganó en Pamplona con dos goles de Nolito, dos obras de arte de Luis Enrique. Durante la siguiente semana (lo que nos sitúa en estos últimos siete días), Luis Enrique se enfadó ante los ataques a su intimidad y el Celta… Bueno, el Celta se entrenó un poco en A Madroa, jugó al paintball con Luis Enrique y se fue de paseo por Chile, a visitar a Berizzo, ya que está claro que no le hará falta un nuevo entrenador. Luis Enrique. Todo el día bailando, como Welliton, y los aficionados, mientras tanto, no pararon de molestar, tan obcecados como estaban con su octavo puesto. Luis Enrique.

En definitiva, que ante tanta especulación en el banquillo, tanto baile y tanto celtista en deuda con su deber de la preocupación, el club entendió que había que relajar ánimos. Por eso, en medio de todas las celebraciones que hoy recordarán la permanencia y el 90 aniversario del Celta, la directiva pensó que podía estar bien organizar un partido a media tarde en el que todos se puedan sentar un ratito a charlar. El rival es lo de menos, pues también vendrá pensando en otros asuntos menores. Será, ante todo, una excusa para que las cámaras enfoquen a Luis Enrique y para que Rafinha y Charles, que no jugaron en Pamplona, puedan volver a jugar juntos, con algún otro canterano al que hacer debutar para perdonarle la vida.

De fondo, el eco de las sílabas ‘As-pas’ hará que ya haya algo por lo que preocuparse durante el verano.

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