Celta 1 – 1 Osasuna: 30 minutos de surrealismo y 60 de sueño

En Vigo siempre existió una especie de corriente nihilista que consiste en negar lo evidente, las posibilidades más factibles e incluso lo que ya ocurrió. Acaso por alguna clase de inercia histórica de decepciones o de simple previsión (recordemos el doble ascenso del año 2005), el vigués tiende a no hacerse ilusiones antes de tiempo y a palpar los resultados antes de emitir un juicio.

Pues ayer el Celta fue más vigués que nunca, empezando desde atrás: en el momento del pitido inicial, tanto Jonny como Costas parecían estar todavía preguntándose si realmente eran titulares, algo comprensible tras tantos años en A Madroa. Fontás y Aurtenetxe, por su parte, en un acto de pura solidaridad o en una muestra de su rápida integración a la duda hermenéutica tan característica del Celta, sufrían del mismo síndrome: un estado en el que, si bien se existe porque no queda otro remedio, la comprensión y la interpretación sucumben a un trance de letargo e inactividad, no permitiendo al individuo identificar con claridad su situación. Quizá ni el propio Luis Enrique tuviera muy clara la alineación después de tantos cambios en el último mes, pero el caso es que los cuatro de atrás dieron lugar a unos primeros 30 minutos de completo ensimismamiento al que solo dos componentes del Celta fueron capaces de sustraerse: el tacón de la bota derecha de Borja Oubiña, que dio más pases que el resto del equipo junto, y Orellana, que demuestra que sigue a su bola y, para bien o para mal, tiene que destacar.

Lo más paradójico de todo es que por contagiarse, se contagió hasta el Osasuna. Llamémosle otra vez solidaridad o apliquemos la teoría hegeliana de la relación como proyección, pero los navarros no acababan de creerse tampoco la situación ante la que se encontraban. El Celta empezó en la grada. La gente animaba y eso distrajo a los de Gracia. Orellana lanzó una falta cerca del poste pero, a partir de ahí, el público se calmó y el área de Yoel se convirtió en un escenario de lo esperpéntico y lo grotesco de un sueño. Como espectáculo surrealista que era, Oriol Riera no acababa de creérselo. Las oportunidades de las que jamás disfrutó vestido de celeste se le aparecían ayer en Balaídos con una claridad cegadora. Ni Yoel ni la defensa estaban muy por la labor de seguir en el campo. Las mantas del banquillo tenían demasiada buena pinta.

Pero después de tres ocasiones claras, Armenteros no lo pudo evitar. Cogió el balón en tres cuartos de campo. Oubiña lo persiguió como malamente pudo. Pared con Oriol. Costas y Fontás, empeñados en seguir el balón con la vista. Armenteros siguió corriendo. Oubiña no pudo ni empujarlo. Estaba ya al borde del área. Se acercó un poquito más y con tranquilidad le metió un uñazo recto y raso que Yoel solo pudo ver pasar. Pues habría que creérselo. 0–1 en el minuto 17.

A partir de ahí, los navarros no parecían muy interesados en seguir atacando, pero la disposición del Celta hacía que eso fuera imposible. El balón se paseaba por el área viguesa y los jugadores de Osasuna la rondaban como con remordimiento. Llegaban hasta allí sin querer. ¡Al palo!

Y unos silbiditos tímidos de la grada hicieron reaccionar al Celta, que decidió no dejar intervenir mucho más a una línea de defensa en la que Jonny cogió su fusil para dejarse de bromas y sacar el equipo hacia adelante. Córner que Orellana y Rafinha se disponen a sacar en corto. El chileno se la pasa al brasileño y este, ante la incredulidad de un público que cerca del área solo espera regates estériles y pases horizontales, decidió centrar. Toda una osadía que rebotó en la cabeza de Augusto para acabar en el fondo de la portería rojilla. 1-1 El gol fue el perfecto paradigma del escepticismo. A pesar de su buena noche, Andrés se deslizó con desidia hacia donde había caído el balón, como para sacar de portería, mientras la grada se levantaba como después de una siesta. Desde luego, un gol a continuación de un lanzamiento de córner era más irreal que un sueño. El Celta no hace esas cosas, y menos ante unos gigantes (también bastante inconcebibles en la vida real) como los de Osasuna. El árbitro señalaba el centro del campo, pero tampoco se atrevía a echar a correr hacia allí. Augusto levantó las manos sin saber muy bien lo que pasaba y el speaker, empeñado en que Rafinha había sido el autor del gol, gritaba sin ganas. Si alguien hubiera levantado la vista, habría visto tres estrellas fugaces dibujando un corazón en el cielo y la cabeza del Rey León riendo ante semejante ironía cósmica.

Entonces, todo se cubrió por una pátina de miseria y realidad. Un sucio olor a partido mediocre de Primera División, a especulación y permanencia. Ninguno de los dos equipos fue capaz de enfrentarse a un conjunto ordenado y con la idea de defender mucho más afianzada como intención que como concepto. En el descanso, la gente se comió sus bocadillos, los suplentes calentaron y  las pantallas emitieron los insoportables anuncios de Gadis.

La segunda parte no sirvió para mucho más que para acabar de despertar del esperpento y volver a tener uno de esos sueños de puro aburrimiento, de desprecio a la vigilia. Flaño demostró que puede volver a ganarse el puesto tras su regreso y Damiá celebró con una buena actuación su partido número 100 en Primera División. Por su parte, entre bostezo y bostezo, los vigueses se preguntaban por la suplencia de Álex López, cuya entrada y excelente actuación aumentaron todavía más la incógnita. Nolito salió también dispuesto a retomar su camino hacia la cifra de diez goles que se marca como frontera entre el éxito y el fracaso (Andrés se estiró muy bien para evitarlo) y Krohn-Dehli se retiró haciendo pensar que su desastre de San Mamés no fue más que un incidente puntual. Un último espasmo de irrealidad despidió a Orellana con una ovación justo antes de que Mina lo intentara de cabeza. El Celta se había hecho con el dominio, pero eso no hizo más que restar a Osasuna la preocupación de qué hacer con el balón. Uno daba pases y el otro lo observaba. Ni profundidad, ni desborde. Como el resto de la Liga.

Y sin más pena ni gloria, 1 punto de miseria y aburrimiento para dos equipos que parecen conformarse con pensar que pueden repetir la milagrosa segunda vuelta de la temporada pasada.

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1 respuesta

  1. XPC dice:

    «Oubiña lo persiguió como malamente pudo», ou, noutras palabras, deixouno pasar.

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