Barcelona 0 – 1 Celta: solo Larrivey entiende a Nolito

Hace unos ocho años salía de las oficinas de Balaídos con mi primer carnet del Celta, una tarjetita de plástico verde que adelantó al DNI en la cartera como documento de identidad. De camino al autobús leí todas sus letras, admiré el escudo de la parte superior derecha, memoricé mi puerta, fila y asiento de la grada de Marcador, palpé con el índice todos sus relieves y sin saberlo me iba dejando ensimismar, en fin, por lo simbólico de aquella minucia y las puertas que me abría, hasta que un tipo vestido de naranja interrumpió mis delirios de celtista para darme un calendario de la Liga con publicidad de una empresa de muebles. Tras el primer partido, un Celta 2 – Málaga 0, me fijé en que el calendario tenía una casilla a continuación del nombre de cada equipo para poder escribir en ella el resultado del partido y desde entonces no ha pasado una temporada en la que, de un modo u otro, ese calendario con sofás en la portada acabe en mis manos para formar parte de un pequeño centro de estadísticas que se acumula en un cajón con algunas entradas, carnets usados y portadas históricas. Cada semana, al final del partido, cojo el calendario de la temporada y anoto el resultado y los goleadores, como un ritual que deja constancia de que una parte de mí se consumió en Balaídos o ante la tele. A veces, por nostalgia o por curiosidad o por puro masoquismo, abro el cajón y reviso algunos de esos resultados dispuesto a tener un mal recuerdo. Sin embargo, algunos brillan como soles: Real Madrid 2 – 3 Celta (Contreras, Núñez y Canobbio); Deportivo 0 – 2 Celta (Silva y Perera), Celta 2 – 1 Alavés (Aspas), Celta 4 – 0 Xerez… Más o menos trascendentales en el mundo del fútbol, pero totalmente cruciales para cualquiera que se haya criado en Balaídos.

Ayer no tenía el calendario cerca, pero tampoco imaginaba que fuera a morirme de ganas por anotar el resultado. Y menos cuando empezó el partido. El Barcelona dominaba, para qué negarlo, y el Celta intentaba jugar como podía. La intención estaba ahí. El Tucu Hernández de titular y ya más entonado, sin Fontás, pero con una clarísima vocación por jugar como de costumbre; eso sí, algo más duro de lo habitual. Neymar al larguero. Pinta mal. Las apuestas lo anticipaban y la historia, también. El internacional brasileño merodeaba de cabeza y su equivalente argentino lo hacía alrededor del área de Sergio, 600 veces internacional por Catoira. Hugo Mallo y Jony, internacionales de Marín y Matamá, no los contenían mal del todo, pero más dificultades tenían para conseguir sacar el balón con el criterio habitual en ellos. La presión del Barcelona era hasta abusiva y no se veía manera alguna de llegar a tres cuartos de campo. Sin embargo, a medida que avanzó la primera parte, el Celta fue encontrándose consigo mismo, con un Radoja muy recuperador y Krohn-Dehli soltando el balón con rapidez. Fue entonces cuando el Barcelona se impuso con más nitidez, en los últimos 10 minutos de la primera parte. Palos. Sergio. Sergio. Sergio. Descanso. El calendario me espera en casa, pensé.

El Celta llegaba vivo y todavía conservaba la posibilidad de recortar tres puntos a un rival de la parte alta de la tabla. Y en esa disposición pareció comenzar la segunda parte: al Barcelona le entraban prisas por satisfacer el hambre de Luis Suárez y su público y el Celta fue encontrando algún hueco más. Nolito, internacional por Cádiz, quería hacerlo todo y las contras que no supo gestionar por falta de visión de juego quedaron compensadas en un instante de lucidez divina. Fue uno de esos momentos que Tarantino repetiría desde siete ángulos distintos, con una recreación alevosa y casi infantil. Corrió más que los todopoderosos Mascherano y Mathieu. Se anticipó mentalmente a cualquier espectador y encontró en Larrivey al único compinche capaz de entender el movimiento subversivo de ese tacón derecho y mágico. Recibió el argentino dentro del área y supo que hacer: lo habitual: marcar. Gritamos. Nos abrazamos y nos besamos. Lo celebramos como auténticos locos, pero un segundo después del gol ya estábamos mirando el marcador. A Sergio aún le quedaba trabajo. Y cumplió. Si por él fuera, parece que el partido podría haber durado tres o cuatro horas más, en las que quizá Charles hubiera podido sentenciar como no fue capaz de hacerlo tras un rechace dentro del área pequeña tras el remate de bolea de Nolito. Resultadismos al margen, el Celta no se amedrentó y siempre intentó seguir jugando al fútbol.

El Barcelona perdió, sí, pero porque el Celta también ganó. Lo hizo porque fue capaz de algo fundamental en el fútbol, algo que vale mucho millones pero que a veces también se encuentra en individuos como Larrivey si se sabe cómo alimentarlos: marcar.

Esta mañana, con la voz renqueante, abrí el cajón, saqué el calendario de la temporada y escribí un «0 – 1, Larrivey» con deleite y orgullo, consciente de que algún día me lo encontraré y recordaré ayer como un día histórico, más o menos trascendental para el fútbol, pero delicioso para el Celta. Esperaba, mientras escribía, lo que ya todos deseamos aun sin verbalizarlo: apuntar más hacia arriba que hacia abajo.

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