Autoayuda para celtistas

Cuando usé el carnet de socio por última vez la temporada pasada, cuando ese trocito de plástico con su banda magnética, el código de barras y toda la parafernalia quedó inutilizado, sentí una especie de desasosiego, una especie de incertidumbre que me resecaba la boca y me hacía mirar, como paranoico, hacia todas partes. En ese momento de ingravidez, por muy reservado que tuviera el asiento hasta el próximo septiembre, no era socio del Celta y salir del estadio fue como ir en moto sin casco o como el sexo sin preservativo: me sentí libre e independiente, único en mi especie, incluso desafiante con el entorno. Pero, al mismo tiempo, no podía evitar la añoranza de toda esa masa celeste protegiéndome, esa vía para redistribuir en miles de personas un sufrimiento propio y para compartir con miles de desconocidos logros totalmente ajenos.

Crucé la calle hacia los bares frente a Balaídos y allí me encontraba, entre los míos, pero sin identificar, sin papeles. Un ilegal. Un acoplado. Daba vueltas entre mis dedos a la tarjeta, ya inservible y desgastada por los partidos. Siempre por encima de mi DNI en la cartera, tocarla en ese momento me generaba angustia mientras veía a lo lejos la oficina de abonados cerrada. Ojalá hubiera abierto en ese momento. Necesitaba la tranquilidad de pertenecer, de ser celtista por escrito.

La cuestión es que a la directiva no pareció importarle mucho. Desde la distancia de sus palcos y sus oficinas no fue capaz de empatizar con todos esos huérfanos desahuciados que no volveríamos a tener casa hasta agosto (¡finales de agosto!) ni una camiseta nueva que admirar y criticar hasta mediado el verano. Era un panorama desolador, terrorífico. Así, amedrentado y sin identidad, me pasé los últimos meses encerrado en mi habitación, soportando las humedades de la primavera y las euforias previas al Mundial. Se había anunciado ya que Alemania jugaría en Balaídos, pero yo ni tan siquiera sabía cuándo sería la pretemporada del Celta, cuándo volvería a reunirme con los míos, y la visión de un teutón en mi butaca me amedrentaba todavía más; por no hablar de la posibilidad de que ésta fuera ocupada por un español, con su bigote y su tricornio.

Ayer todo se solucionó. El futuro está garantizado al menos durante casi un año más. Volví a afeitarme, planché mi camiseta histórica de la década de los 70 (sin dorsal), me puse un pantaloncito beige de pinzas con cinto rojo y peiné las puntas lacias de mi pelo. Pin con el escudo en la gorra y chaqueta de Umbro del ascenso de 2006. Y salí de casa hacia la cola de la oficina de abonados. Mi mano trémula tendió los billetes a una fría burócrata a la que, aunque no parecía imaginar cuántos meses de ahorro suponía lo que le entregaba,  estaré eternamente agradecido por haberme devuelto mi integridad y mi esencia. Ya vuelvo a ser del club.

De propina, pude ver la camiseta, sobre la que prefiero no pronunciarme hasta verla sobre el campo. Los jugadores ya pasaron sus exámenes de rigor y parece que todo marcha. Hasta agosto, camaradas.

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