Celta 2 – 1 Valencia. El Celta no piensa: juega

Vigo despertó como el alcohólico que sabe que por fin va a poder echar un trago tras una abstinencia sufrida y sudorosa. Por mucho que no le convenga, por mucho que crea que va a poder evitarlo, en lo más profundo sabe que una vez sea capaz de hacerse con una botella no va a esperar ni a conseguir un vaso. El coma etílico en el que se quedaba el equipo después de los dos últimos partidos no importaba. Ayer era el día de volver a probar sensaciones, de reencontrarse con un amor prohibido y viciado, de presenciar una escena de sadomasoquismo descarnado desde las gradas.

Y los astros se conjuraron para ello. Lucía el sol por la mañana. Pocos visitantes. Se ignoraban las rebajas. La ciudad fluía tranquila hacia la tarde, sin alterarse, sin prisas pero preparando la lengua y la garganta para los desgarros de cada trago. Daba igual que para el resto de la Liga este partido no existiese más que como previa al siguiente, que ayer se planeaba beber un poquito de agua de Valencia. La única incógnita era si se podría superar la indigestión en que habían derivado las cañas madrileñas y las guarrerías que había traído consigo el Osasuna.

Álex se coronó, con un despligue constante hasta su sustitución.

Álex se coronó, con un despliegue constante hasta su sustitución.

Así empezó el partido. Una niebla londinense, oscilando entre el día y la noche, casaba a la perfección con los titubeos dubitativos del público. “¿Debemos beber o no? ¿No estábamos a punto de superarlo?”, parecían preguntarse. Pero el árbitro pitó y no hubo remedio. La gente abrió sus bocas celestes y el agua de Valencia empezó a fluir. Primero avisaba Augusto desde lejos. Luego, Orellana, que volvió a demostrar su costumbre de encarnar el estado de ánimo del equipo (así como apesta cuando el equipo juega mal, volvió a ser uno de los mejores en un buen partido), recuperaba su velocidad para asistir a Charles, que daba su primer aviso con un fallo terrible. Primer hipido. La borrachera tomaba tintes deprimentes, pero a base de pases rápidos, combinaciones asombrosas y mucho empeño, el Celta seguía sonriente. El Valencia, por su parte, parecía pensar que todo iba bien, como el que cae desde una vigésima planta y se repite que, hasta llegar al suelo, todo estará en orden. Hasta que Oubiña la pasó demasiado rápido. El balón era para Feghouli, que centraba para que Parejo marcara su primer gol de la temporada, con la defensa del Celta limpiándose las babas en las mangas.

Los gallegos parecían cansarse de bailar bajos las luces de los bares de noche para ir a acodarse a la barra de una taberna y leer relatos de John Fante y poesías de Céline. El Valencia se creyó entonces que, en efecto, todo estaba en su sitio, y a punto estuvo de confirmarlo con una ocasión que Yoel detuvo, absorbiendo el balón igual que un auténtico borracho engulle un chupito.

De todos modos, el descanso llegó con dos equipos vestidos del naranja de aquella Holanda mecánica que diseñó el fútbol moderno. El Valencia lo llevaba por fuera, mientras que el Celta lo vestía en lo más profundo. Lo sentía. Por primera vez, el Celta se limitaba a beber y a no pensar en ello. Y, así, ayer jugó al fútbol sin contemplaciones, sin pensar en qué era el fútbol. Igual que Steinbeck se esforzaba por que sus narraciones fluyeran por sí solas ante los lectores, utilizando las frases como un medio, Luis Enrique lo enfocó todo hacia el disfrute del espectador y sus jugadores por fin se la pasaban para jugar, y no al revés.

Llegada la segunda parte, con la defensa del Valencia disfrazada a causa de la entrada de Víctor Ruíz por Mathieu (lesionado), Balaídos se sobrepuso a sus malos tragos, volvió a convertirse en un divertido guateque y a pasar de sus historias de viejo amargado. Álex López mejoraba el rendimiento de la primera parte para consagrarse como referente celeste arriba. Oubiña continuó con su recital táctico (hasta el momento solo empañado por su pérdida de la primera parte). Jonny tranquilizó al público al garantizar que ni Toni ni Aurtenetxe volverán a invadir el lateral izquierdo. Orellana seguía corriendo. Y Rafinha, que parecía su padre, su hermano y él mismo en un solo jugador, seguía moviendo la cadera al ritmo de salsa. Cambios de banda, transiciones rápidas, disparos, recuperaciones en defensa… Y la primera asistencia. Esta vez Charles no falló y Balaídos rompió sus copas en un brindis de euforia contenida. A partir de entonces, bebió con calma. Por primera vez, liderado por la cabeza de Oubiña, jugó por y para el fútbol. No pensaba más que en la portería de Diego Alves, mientras el Valencia seguía su caída, confiando en poder agarrarse a algo.

Pero la borrachera del Celta era incontenible y Charles estaba totalmente cocido. Robo de balón en medio campo, sprint y fogonazo a la escuadra. 2–1. Pero cuando parecía que por fin se podría ir a la cama para dormir la plácida ebriedad, Balaídos empezó a dar vueltas, a enredarse con las sábanas y a tener sudores fríos. Mina da dinamismo al ataque y asiste un buen par de balones a Nolito, que manda el segundo al larguero para que el canterano desperdicie el rechace. Estaba claro que no podía ser tan fácil. Y entonces llegó Feghouli de nuevo, esta vez para rematar al palo y dejar que Canales fallase lo mismo que Mina un par de minutos antes. Y el Celta se durmió. Y, con él, el partido.

Los celestes por fin conseguían beber con tranquilidad y aumentar las ganas de volver a hacerlo contra el Espanyol. El Valencia, por su parte, comprobó que lo importante no es la facilidad con la que se cae desde lo alto, sino la manera de aterrizar. Tres puntos que se quedan en Vigo para alejar al Celta del descenso y también para impedir que el Valencia siga con su efecto Pizzi y se acerque a la UEFA.

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