Los futbolistas también lloran

El fútbol es el psicólogo con más pacientes de España. No importa que hayas tenido una semana pésima. Tu jefe te ha gritado, estás enfadado con tu pareja, odias al nuevo novio de tu hija y te repatea que tu vecino te restriegue por la cara el BMW que se ha comprado, pero esta noche hay fútbol. En la grada de un estadio siempre hay alguien con quien desahogarse: el árbitro -que siempre es lo peor-, el entrenador y los jugadores de tu propio equipo -unos inútiles cuando pierden y unos fenómenos cuando ganan-, algún directivo llamado ‘mangante’, el del asiento de unas filas más arriba, la afición contraria o el conjunto rival. Unos cuantos ‘hijo de puta’, ‘cabrón’ y ‘maricón’ y ya está. Todo arreglado.

A su vez, los futbolistas son los gladiadores del siglo XXI. Con la diferencia de que no son esclavos ni condenados, al contrario, ganan mucho dinero. Uno llega al campo, paga su entrada, se entretiene viéndolos jugar, en función de lo que hagan en el terreno de juego les aplaude o les pone a la altura del betún y se va. Y pobre del jugador sospechoso de intentar traicionar a su club. Eso se castiga con un odio visceral y a veces eterno. Y si no, qué se lo pregunten a Dani Ceballos.

Foto vía sevilla.eldesmarque.com

Foto vía sevilla.eldesmarque.com

Es muy probable que el recién renovado canterano del Betis se haya equivocado mucho en las últimas fechas. Es normal, tiene 19 años. Todos fallamos. Las personas fallan, incluso las que ganan millones al año. Un futbolista profesional suele vivir rodeado de lujos. Es famoso, el público le admira y le para por la calle. Pero también es persona. Tiene una madre que a lo mejor está en la grada escuchando las lindezas que le sueltan a su hijo. Y problemas. Diferentes a los de la gente común y seguro que con más opciones de solucionarlos, pero problemas igualmente.

Dani Ceballos tardó en renovar con el Betis y estuvo cerca de abandonar Heliópolis con destino a otro club con más dinero y posibilidades de ganar títulos. Eso para algunos es imperdonable. El sábado, durante el partido contra el Espanyol, Pepe Mel le puso a calentar mediada la primera parte. En la banda del Benito Villamarín pudo escuchar de todo, como demuestra el siguiente vídeo de Canal Plus:

Y Dani Ceballos lloró. Sí, lloró. Los futbolistas también lloran. Hubo aplausos, división de opiniones, pero está claro que le afectaron mucho más los insultos. Insultos por renovar tarde, por ‘reírse del Betis’ y por ‘pesetero’, como le espetaron dos aficionados sin saber sus motivos ni escuchar si tiene algo que decir al respecto. El jugador de fútbol es un héroe o un villano, una máquina imprime billetes y vendedora de camisetas. Para muchos, la felicidad depende de lo que esa persona y sus compañeros sean capaces de hacer durante noventa minutos a la semana. Cuando no se es correspondido se insulta. Tan simple es la teoría que se lleva siempre a la práctica.

Insisto, Dani Ceballos se habrá equivocado mucho. Está en su derecho. Sin embargo, para bien o para mal se ha quedado en el Betis. ¿De qué sirve insultarle? ¿Qué aporta? Puede aliviar problemas personales, pero las cámaras de televisión mostrarán unas imágenes vergonzosas al día siguiente del partido. Mucho más vergonzosas que el hecho de fallar un gol o que plantearse cambiar de equipo. Por cierto, el Betis iba perdiendo. Bonita manera tienen algunos de ayudar a que remonte.

Miguel Piñeiro

Adicto al fútbol en sus tres estados: verlo, jugarlo y contarlo. Deporte y periodismo, mezclados pero no agitados.

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