El Betis ya no quiere a Lopera

El Betis es un equipo de extremos. Su entorno, su afición y su ánimo suben al cielo y bajan al infierno de un día para otro. Optimismo exacerbado o pesimismo dramático. Sin término medio.  Esa manera de ser tan apasionada hace que el hincha del Betis se ilusione a la mínima que tiene un motivo, sólo con el mero hecho de que su equipo saque un córner, recupere una pelota o fiche a alguien que parece buen futbolista. El bético es soñador y dual.

Todas estas características se convierten en positivas las muchas veces que se traducen en fidelidad. El que es del Betis es del Betis. Punto. Nada de animar a dos equipos para salvaguardarse en caso de derrota. Así se explica que en determinadas ocasiones, en Heliópolis se haya endiosado a quien realmente no lo merecía. Cualquier personalidad tiene defectos.

Hubo un tiempo, no hace tanto, que el Betis se regía por una frase: «lo que diga Don Manuel«. Manuel Ruiz de Lopera personalizó el club. Él mandaba y el resto obedecían. Y le funcionó durante una época. Entró con mucha fuerza en el fútbol español. El polémico empresario sevillano resultaba gracioso a los medios por su forma tan peculiar de expresarse y sus frases para la posteridad e hizo que el Betis acabase protagonizando más noticias por las excentricidades de su presidente que por sus logros deportivos.

La figura de Lopera sufrió un desgaste tremendo y él jamás lo asumió. A la más ligera crítica se agarraba a 1992, cuando supuestamente salvó al club verdiblanco de la desaparición. Se creyó por encima del Betis y ahora se enfrenta a una petición por parte de la Fiscalía de Sevilla de tres años de cárcel y una indemnización de 3,6 millones de euros por apropiación indebida y administración desleal. El héroe convertido en villano.

Lopera, en un juicio reciente Foto vía abc.es

Lopera, en un juicio reciente
Foto vía abc.es

Pese a sus problemas con la Justicia y a que su imagen entre los béticos está por los suelos (el 15 de junio de 2009 vio una manifestación de más de sesenta mil personas en su contra por las calles de la capital andaluza), Lopera intenta a la desesperada volver a mandar. En la Junta del pasado miércoles, Manolo Castaño (consejero desde 1999 a 2010) aspiraba a la presidencia apoyado por Farusa, la sociedad vinculada a Lopera y antigua propietaria del Betis. Castaño, un hombre que criticó los teóricos amiguismos de la actual directiva al tiempo que propuso un consejo del que formaban parte su hija y un sobrino de Lopera. Su derrota fue dura.

La mayoría de los accionistas de la entidad sevillana apostaron por otro tipo de gestión y la afición coreó el nombre de la candidatura ganadora -Ahora ¡Betis! Ahora, liderada por Ángel Haro y José Miguel López Catalán- durante el partido contra el Deportivo. Lopera y Castaño deben asumir que han perdido.

El Betis se ha cansado de los bustos en el palco, de los perros con bufandas, de los discursos más propios de caudillos que de presidentes de un equipo de fútbol o de las malas formas con jugadores y entrenadores. Se busca un club menos personalista, más moderno y con garantías de futuro. A la altura de su magnífica masa social. Lopera parece formar parte de la historia. Pasó de ser el hombre que trajo a Finidi, Alfonso, Jarni o Denilson a ser el que dejó una deuda de 90 millones de euros y una división interna tan mala como los resultados de sus últimos años. La decadencia de su personaje casi se lleva por delante a un club centenario.

Ahora corren otros tiempos. Haro y Catalán tienen su oportunidad avalados por plataformas y accionistas minoritarios. Eso sí, Lopera deja tras de sí una importante lección: no todo lo que reluce es oro. Confianza y optimismo, pero también exigencia y crítica constructiva. Me gustó una frase de Ángel Haro tras la victoria en la Junta de Accionistas: «la responsabilidad ahora es brutal». Buen comienzo.

Miguel Piñeiro

Adicto al fútbol en sus tres estados: verlo, jugarlo y contarlo. Deporte y periodismo, mezclados pero no agitados.

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