El Betis no debe cruzarse de brazos

El fútbol es algo positivo, al menos yo así lo entiendo. Uno va a un estadio de fiesta, a disfrutar, alegrarse como un niño la mañana del Día de Reyes si tu equipo gana o enfurruñarse si pierde. Cervezas, cánticos y piques sanos antes del partido. Buen ambiente y cordialidad. Eso debería ser el deporte. Se hace muy difícil conseguirlo cuando alguien se sitúa en una grada y canta lo siguiente:

Rubén Castro, alé. Rubén Castro, alé. No fue tu culpa, era una puta, lo hiciste bien.

Esto fue escuchado en el Benito Villamarín, en la zona conocida como Gol Sur. No hace falta especificar a qué se están refiriendo las personas que pronuncian estas desgraciadas palabras.

En primer lugar. Si lo que pretenden es animar a Rubén Castro, recordándole un episodio tan desagradable como el que protagonizó con su expareja, a la que presuntamente agredió, y que le mantiene en un proceso judicial que puede terminar con el delantero canario entre rejas (la Fiscalía pide para él dos años de cárcel), dudo mucho que lo consigan. Si yo fuera Rubén Castro y mencionaran mi «problemón» cuando compito en el Benito Villamarín, lo último que haría sería motivarme.

En segundo lugar. Que en un país como España, donde la violencia de género es una lacra, donde hay tantas mujeres y hombres afectados por esta peste cada año, se banalice un caso con el único objetivo de que un futbolista meta más goles, es sencillamente asqueroso e impresentable. No hace sino manchar la imagen de un club y una afición entera.

Es bien sabido el gusto que existe por generalizar y meter a todo el mundo en el mismo saco. Todos los políticos roban, todos los ricos defraudan, todos los independentistas son terroristas… Aquí también se generaliza. Si algunos hacen el burro en un campo de fútbol (con todo el respeto del mundo hacia esos dignos, hermosos y, según dicen, inteligentes animales), las miles de personas civilizadas que también hay, de hecho son mayoría pero hacen menos ruido mediático, en ese campo de fútbol serán salpicadas por la «burrería». Aquí es donde debe intervenir el club.

El Betis no puede consentir estas infamias entre los muros del Benito Villamarín. Igual que actuó el Sabadell expulsando a dos socios que realizaban gestos e iban ataviados con símbolos nazis en la Nova Creu Alta, la entidad heliopolitana debe localizar a los energúmenos que han sacado de su boca estas barbaridades en forma de cántico y supuesto ánimo a un jugador y echarles.

Ya no vale con quedarse de brazos cruzados. Depende de las directivas acabar con todo tipo de violencia verbal y física dentro de los terrenos de juego. Si les permiten seguir ahí, les están amparando, y eso afecta a la reputación de todo un equipo y toda una afición. La hinchada del Betis no merece que se escriba de ella que justifica la violencia de género, por eso hay que ir contra los culpables de que algunos lo estén diciendo. Ser consejero de un club de fútbol no es apoltronarse en el palco durante los partidos. Es una responsabilidad que implica tomar decisiones, aunque sean drásticas.

Miguel Piñeiro

Adicto al fútbol en sus tres estados: verlo, jugarlo y contarlo. Deporte y periodismo, mezclados pero no agitados.

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