Beticaria

Hace poco he leído un artículo, de desafortunado título, llamado palingenesia. Nombre este que según su objetivo (permítaseme la chanza) autor describe el problema que afecta a los béticos. Por no entrar en terrenos que no me atañen y de los que carezco de conocimientos, voy a obviar el hablar aquí de las enfermedades, o mejor dicho los vicios, que enfermedades es una palabra muy fea, que sufre el periodismo deportivo. Cada uno sabrá a qué ascua arrima su sardina.

De lo que sí voy a hablar es de fútbol que para eso no necesito ningún título (específico, que títulos si tengo alguno que otro), sino solamente tener una opinión argumentada sobre el mismo. A fin de cuenta, la mayoría de los periodistas se dedican a dar su opinión y la experiencia me dice que la suya no debe ser por ninguna razón divina o intelectual más válida que la de otra persona que presente argumentos razonables en su exposición.

El término palingenesia viene definido como “regeneración, renacimiento de los seres” según la RAE. No me dirán que no es bonito, el mito del ave fénix que vuelve de entre las llamas. Pues ahora resulta que esto es malo. Y lo es por la sencilla razón de que el Betis, o mejor dicho, la ilusión de los aficionados, muere y renace cada temporada. ¿No es magnífico?

Por eso, y porque llámenme mal pensado, me cuesta creer que el título palingenesia no carezca de cierto doble sentido al ser usado por el autor dentro de esa típica guasa sevillana, he decidido llamar a este artículo “beticaria”, que lo mismo nos sirve para definir ese país mítico (cándido hasta cierto punto) en que según algunos viven los béticos, como también para nombrar a ese extraño picor sintomático que afecta a determinados sectores de esta ciudad que se identifican con el equipo de Nervión.

Voy a hacer una confesión que quizás he tardado demasiado en exponer. No creo que los títulos del Sevilla FC (con todas sus letras, que no se diga que le falto al respeto al nombrarlo) hayan sido fruto del azar o una potra cósmica que solo ha afectado a ellos. En el deporte, en la vida, los éxitos se trabajan; aunque parte de ello dependa también de la fortuna, faltaría más, pero sin trabajo y esfuerzo, no se consigue nada. Tampoco me voy a pasar de halagos, pero dejémoslo en que los logros europeos del equipo han estado a la altura de grandes hazañas deportivas como las archiconocidas Champions ganadas por el Real Madrid en épocas recientes (y las famosas cinco anteriores); momentos que sus aficionados siempre podrán recordar y de las que presumirán, precisamente por ser tan poco habituales y tan difícilmente repetibles.

Precisamente es esa peculiaridad las que las hace tan queridas y especiales, y no el que sean logros asequibles temporada tras temporada. Menos, si cabe, en un equipo con un presupuesto modesto en lo que a cifras se mueven actualmente en el fútbol. Porque no nos engañemos, ninguno de los dos equipos con los que cuenta esta ciudad está entre los grandes del fútbol mundial, por mucho que se pueda esgrimir un sexto puesto en la clasificación del ranking UEFA.

Aquí es donde viene el punto caliente, el nudo o tesis que plantea este artículo en comparación con el anteriormente citado. En el susodicho se expone que el Sevilla FC está diseñado para competir, para ganar, como si los otros equipos que participan en el campeonato nacional se dedicaran a ser peñas socioculturales. En el Betis (obvio el nombre oficial, porque me permito tutearlo como se hace con aquellos conocidos a los que se les tiene aprecio), por su parte, no se impone ese grado de competitividad, esa exigencia, que últimamente se ha puesto tan de moda. Perdonen mi perplejidad pero ¿de qué exigencia estamos hablando? ¿de ganar títulos? Esperen, que lo mismo a los béticos no les gusta ganar títulos, ni a los pericos, los chés o la afición de San Mamés. Es que puede ser que ganar títulos solo le guste a quienes lo hacen, y el resto de aficionados del fútbol solo sean palmeros. Vivan entonces los seguidores de Barcelona y Real Madrid, la afición más exigente de España y la que con su actitud hace ganar títulos a sus equipos.

Pero bueno, que lo mismo esto de la exigencia no se debe tomar como una responsabilidad de los aficionados, que a fin de cuentas no influyen en el devenir de sus clubes, sino de los dirigentes. Y claro nos encontraríamos entonces con que los que manejan los clubs más laureados han logrado sus éxitos porque son más exigentes, mientras que el resto no obtienen títulos deportivos por falta de la misma.

Es entonces la dirección deportiva análoga a la de una empresa, si se obtienen resultados en forma de títulos (y de dinero, no lo olvidemos) el trabajo está bien hecho; si no, ha sido un fracaso. Parece lógico, porque lo es. Pero si el objetivo es ganar títulos, ¿cuántos de estos equipos han tenido éxito y cuántos fracasado? Vale, argumentarán algunos, es que el título de una competición solo lo puede ganar uno, pero es el intentarlo, la clasificación que se obtiene a final de la temporada. Perdón, pero no creo que ningún equipo no intente ganar (que venga alguien y me lo demuestre con pruebas) y que no se esfuerce por llegar lo más arriba posible. Distinto es que lo consiga o no.

Porque los títulos, esos que se consiguen con la colaboración de muchos y diversos factores que se escapan al control humano, tapan todo y permiten a los entendidos decir que el balance ha sido un éxito, cuando lo mismo no ha sido tan color de rosa. Porque quizás algunos equipos devalúan su patrimonio económico y social, pero si ganan un título ya queda silenciado el asunto. Porque lo mismo otros dan pasos (no siempre acertados, porque entonces algunos en 10 años deberían haberse convertido en campeones absoluto de todas las competiciones habidas y por haber), aunque estos no estén refrendados por títulos.

¡Ay qué difíciles de conseguir son!

Y lo más importante, no olvidemos que en el fútbol se habla de aficionados, y de pasión, así que vayan y díganle a un seguidor de un equipo que si su club no gana títulos se enfade, se mosquee, pida responsabilidades e incluso en último término deje de sacarse el carnet, acudir al estadio o seguir los partidos por radio y televisión. Vayan, díganselo. Lo mismo la respuesta les sorprende a algunos que analizan con lógica empresarial matemática el fútbol.

Como aficionado del Betis (seguro que no esperaban que lo fuera, ¿verdad?) quiero que mi club gane, faltaría más. Pero no por ello tengo envidia de los títulos del otro equipo de la ciudad, porque entonces no podría vivir sabiendo los que ha ganado el Milán, el Liverpool o el Real Madrid. Disfruto de mi equipo cuando gana, y me enfado cuando pierde, en eso consiste en ser aficionado al fútbol. No necesito mirarme en ningún espejo para determinar mi grado de satisfacción, así que no me digan que tengo que compararme ni con quien. Máxime cuando otros que aseguran ser tan importantes y grandes recurren constantemente en los momentos menos amables a señalar a los de enfrente y decirles que nunca conseguirán lo que ellos consiguieron en su día.

Quizás sí, haya un espejo en el que algunos se miran, pero están equivocándose al determinar de qué lado del cristal se encuentran.

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