Atlético de Madrid 2 – 0 FC Barcelona: Siguen creyendo, siguen soñando

Es difícil expresar un sentimiento tan intenso. Reducir a un texto una forma tan pasional de entender el fútbol, se me hace imposible, y es que tanto las causas como las consecuencias de la victoria de ayer, de la clasificación y de volver a situarse en la élite del fútbol mundial traspasa todo límite deportivo.

Anoche, de forma agónica y sufrida como establecen los cánones, el Atlético de Madrid volvió a deleitar a todo el viejo continente con la mejor versión de si mismo. Rozando la perfección que su particular planteamiento permite, Diego Pablo Simeone demostró que, por muy adversos que se muestren los hechos, nunca nadie puede dejar de creer cerca de la ribera del Manzanares.

Valiente, aguerrido y ambicioso, alejado de su propia puerta y con un ánimo irreprochable a la hora de luchar de tú a tú con el conjunto blaugrana, el Atlético se despojó de todos sus complejos y demostró que, desde el autoconvencimiento y la lucha, Goliat no es tan invencible.

Ahondando en la crisis catalana, el conjunto rojiblanco explotó a la perfección todos sus útiles y, empujados por la inagotable fe de su parroquia, apretaron lentamente la soga de todos y cada uno de los hombres de Luis Enrique. Fue épico, fue pasión y, en definitiva, fue Atleti en estado puro.

Empeñados en huir de la más pura épica y rechazando hacer las cosas por la fuerza, los locales decidieron abusar y hacerlo incluso bonito. El carácter colchonero fue antagónico a todo lo que en otras ocasiones ha sido reprochado, situándose mucho más cerca de lo osado que de lo cobarde y haciendo de hombres como Carrasco o Griezmann sus ejes centrales. Este segundo, asistido por el Saúl más sutil y delicado, fue el encargado de confirmar ese ascenso que llevaba días fraguándose en la capital, rematando a puerta el primero de los tantos físicos, que no psicológicos.

La grada reventó y, ya sin tifos ni estética, mostró el verdadero espíritu del buen seguidor rojiblanco. Bufanda al viento y garganta forzada, la estampa vivida consiguió emocionar a cualquier aficionado al fútbol incluso a través del plasma. El revanchismo provocado por las extrañas circunstancias que rodeaban el partido de ida se hizo material de la forma más bonita y deportiva a través de cánticos, fuerza y coraje tanto dentro como fuera del estadio.

El lirismo que siempre rodeó a los hombres del Calderón alargó la intriga, siendo incluso amenazado el marcador por un tridente blaugrana sin luz ni duende. Basándose en una defensa férrea y contundente que consiguió volver a provocar las más reprochables actitudes de personajes como Suárez o Neymar , el éxito parecía estar asegurado, y es que a partir de ahí, de la zaga, donde se fraguó el segundo y definitivo tanto local.

Disfrazado de extremo equilibrista, Filipe Luis ejecutó una contra de libro maquillada con movimientos elegantes para forzar una faceta desconocida de Andrés Iniesta dentro del área. Presionado por la llegada de competencia en la medular, Andrés -que debió ser expulsado- cortó la obra diseñada por Filipe mostrando su firme candidatura a la meta blaugrana sin guantes y con descaro, provocando, lejos de subsanar el peligro, el segundo tanto que parecía sentenciar el choque rozando el descuento.

Remarcando parecía e incidiendo en el lirismo, el segundo tanto de Griezmann no trajo la estabilidad al duelo. Caprichos de la vida y el destino, el fútbol quiso darle una última oportunidad al conjunto condal, recibiendo también una alta dosis de su propia medicina. Añadiendo ese punto de morbo y polémica que hacen de la victoria algo más sabrosa, un ente superior decidió que el pase colchonero se confirmase con un clamoroso error arbitral en su favor. Revirtiendo la situación y llevándola a lo cómico, las quejas colchoneras sobre el encuentro de ida se vieron silenciadas cuando -provocado, todo sea dicho, por un Iniesta que debió ser expulsado dos minutos antes- el balón golpeó en la mano del capitán Gabi, la cual estaba dentro del área.

El penalti fue obviado y convertido en falta. La falta fue lanzada y errada. La justicia poética fue ejecutada en favor de un Atlético merecedor y combatiente que, una vez más, consigue situarse entre los cuatro mejores clubes del continente contra todo pronóstico.

Fue pura pasión. Fue una muestra más de la belleza que recubre el sentimiento atlético, enormemente gratificante en momentos como este. Fue seguir soñando mientras otros dormían y fue, sobre todo, confirmar que nunca debemos dejar de creer en este equipo.

Obviemos Milán, aun queda lejos, pero las opciones que tiene este equipo de hacer historia son innegables.

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