Los leones de Clemente a bordo de la gabarra

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Foto vía miathletic.com

“¡Adelante campeones!, el equipo del Athletic vencedor tiene que ser, nadie podrá detener nuestro avance arrollador”. Así entonaba en el vestuario el gran Natxo Biritxinaga, masajista de aquel grupo, el cántico que los futbolistas secundaban antes de los partidos.

Una costumbre simpática para quitar el nerviosismo y motivar a los aguerridos jugadores liderados magistralmente por Javier Clemente, que se convertía en realidad en cada partido durante un trienio mágico para toda la afición bilbaína y para toda Bizkaia.

En el contexto social del Bilbao gris e industrial de las fábricas y las minas, con los cargaderos de hierro en los márgenes de la ría, castigado por el paro, por la fractura política y por las lacras del terrorismo y la droga, se erigió en el inicio de los 80 la esperanza del rojo y el blanco. Un pueblo volcado, orgulloso e identificado profundamente con las señas de identidad que el rubio de Barakaldo, entrenador prematuro de su Athletic como consecuencia de la gravísima lesión que cortó su incontestable don para jugar al fútbol, supo transmitir en la caseta: entrega máxima, equipo con mayúsculas más allá de la calidad que atesoraban también algunos de los futbolistas a sus órdenes, cabeza, corazón y garra.

La andadura de Clemente en el banquillo del primer equipo del Athletic Club comenzó en la temporada 81/82 cuando la directiva presidida por Duñabeitia confió en su arrolladora personalidad y en su buena campaña al frente del filial para sustituir a Iñaki Saez. El club había seguido de cerca poco tiempo antes la evolución del técnico inglés Bobby Robson en el modesto Ispwich Town. Desestimado su fichaje por su elevada cláusula, había enviado al joven Clemente unos cuantos días a empaparse y a analizar el sistema de juego utilizado con éxito por el inglés.

Pocos meses después de aquella prospección en el fútbol británico, afín a la historia del club, el Athletic apostaba por él. El técnico más joven de la Liga. Una apuesta arriesgada con la idea de que se trataba de la persona idónea para sacar fruto de la combinación de hombres experimentados, antiguos compañeros suyos, con las promesas formadas en Lezama que llamaban con fuerza a la puerta de la Catedral.

Los resultados no se hicieron esperar. El equipo fue 4º en la tabla clasificándose para la UEFA y Clemente fue formando una familia cuyo nivel de compromiso como grupo, cuya autoestima y convicción crecían a pasos agigantados. Las características de su Athletic comenzaban a identificarse fácilmente en cada encuentro: fortaleza defensiva brutal, solidaridad y consistencia en el centro del campo y contragolpe rápido y vertical con la genialidad de Sarabia y con Dani, futbolista inteligente como pocos, asegurando un buen puñado de goles.

En la temporada 82/83 el Athletic consiguió llegar a mitad de temporada enganchado en la parte alta de la tabla junto a los gallos del corral: el R.Madrid de Stielike, Santillana y Juanito, entrenado por Di Stefano y el F.C. Barcelona de Maradona y Schuster, dirigido por el profesor Menotti.

Los bilbaínos daban el 100% contagiados por la ambición de su técnico y de la mano de su afición hicieron de San Mamés un fortín que únicamente registró en toda la campaña una derrota frente al R. Madrid y un empate ante el Valladolid.

A pesar de la aparente irregularidad en el tramo final del campeonato cediendo varios puntos lejos de Bilbao y de la derrota en el Bernabeú ante el rival directo por el título a 4 jornadas del final, la igualdad era máxima. Como tercero en discordia asomaba el Atlético de Madrid de Hugo Sánchez.

Añadiendo más emoción al desenlace de ese curso, el bombo de los cuartos de final de la Copa del Rey deparó también un enfrentamiento Athletic Club – F.C. Barcelona días antes de la cita liguera. El Athletic venció por 1-0, obteniendo así ventaja para viajar al Camp Nou.

Tras la victoria, el Athletic y su afición llegaron con fe a la cita crucial frente al Barça espoleados por la ocasión histórica de vivir un nuevo título de Liga tras 27 largos años de sequía. Los bilbaínos trataban de sentenciar siempre cuanto antes y no había lugar a la especulación en sus intenciones. Como muestra Dani marcó en el primer minuto de partido. Manolo Sarabia y, de nuevo, Dani  ampliaron la ventaja y, pese a que el Barça redujo la renta en el tramo final, los rojiblancos se impusieron por 3 goles a 2.

En el desenlace de los cuartos de final de la Copa, el Barcelona, ávido de revancha tras su doble derrota, venció con claridad por 3-0 y apeó al rey de copas de su competición favorita. La intensidad y los roces en esta serie consecutiva de enfrentamientos fue engordando sin duda el caldo de cultivo de una rivalidad entre blaugranas y rojiblancos que iba a saltar por los aires la temporada siguiente.

Esperaba un nuevo envite en casa en el derbi ante el doble-campeón vigente, la vecina Real Sociedad, que había perdido sus opciones de disputar plaza europea. Los rojiblancos se impusieron por 2-0. A pesar de no fallar, el R. Madrid tampoco lo hizo y, en la última jornada, dependía de sí mismo y de su partido frente al Valencia en el Luis Casanova para proclamarse campeón. Le valía el empate para hacer buena su ventaja en los enfrentamientos directos. El Athletic por su parte visitaba el Estadio Insular e hizo sus deberes goleando 1-5 a Las Palmas. La afición se desplazó en masa. Impresiona ver la celebración de los goles en un estadio teñido de rojiblanco a cientos de kilómetros de Bilbao.

Contra todo pronóstico se produjo el fallo blanco. El Valencia, que se jugaba la permanencia, salvó la categoría con un agónico gol de Tendillo en el minuto 84. El león, tirando de garra y de coraje, volvía a rugir en la Liga de la mano de Clemente. Estallaba el éxtasis en Bilbao y en toda Bizkaia. La gabarra, elegida por la directiva del nuevo presidente Pedro Aurtenetxe emulando  la celebración del Acero Club de Olabeaga que daba origen a una canción popular, soltó amarras para convertirse en el símbolo de aquel triunfo.

Por el río Nervión bajaba una gabarra, rumba la rumba la rum…por el río Nervión bajaba una gabarra, rumba la rumba la rum…, con once jugadores del club atxuritarra rumba la rumba, la rumba del cañón

Cerca de un millón de personas salieron a su encuentro en los márgenes de la ría el 3 de mayo de 1983. Jamás se había visto nada igual. El bote emprendió la marcha desde Las Arenas hacia el puente de San Antón acompañado por las traineras de los clubes vizcaínos y por centenares de embarcaciones. Los trabajadores de Altos Hornos y de los astilleros saludaban a los campeones agitando sus cascos desde lo alto de las grúas, se dio fiesta a los niños en los colegios y los universitarios declararon la huelga del alirón.  El trayecto forma parte de la historia rojiblanca y perdurará en la memoria de aficionados y jugadores para siempre, transmitiéndose como un tesoro de generación en generación.

Tras el éxito, el conjunto de Clemente parecía no tener límite en la temporada siguiente: la 83/84. Los jugadores habían constatado que el modelo que el míster les había transmitido era un modelo de éxito y que ganar un título con la zamarra rojiblanca suponía mucho más que ganarlo en otro equipo. El entrenador había dado la vuelta a la mentalidad de su plantilla y estaba seguro de haber recuperado el estilo y la identidad del Athletic campeón. Un fútbol de garra, de fuerza y de intensidad, en comunión absoluta con su fiel afición.

Era un Athletic que estaba en la pomada con el Barça y el Madrid, con un equipo estándar que se recitaba de memoria y al que los rivales esperaban con respeto, incluso con cierto temor. Zubizarreta, todo un seguro bajo palos. La solidez defensiva coral y, en particular, la fortaleza, la potencia en el juego aéreo  y el poder de intimidación de “Rocky” Liceranzu y Goiko en el centro de la zaga que hacía que el equipo encajara pocos goles. El lateral internacional Santi Urkiaga y Luis de la Fuente, incansables por las bandas tanto en tareas defensivas como incorporándose al ataque. Txetxu Gallego como pulmón del equipo junto a otras dos piezas clave que también llegaron a debutar con la selección de la mano de Miguel Muñoz: De Andrés, que barría todo balón disputado en el centro del campo y “Jabalí” Urtubi, dotado de un tremendo golpeo con la zurda.

En el ataque disponían de la genialidad de Sarabia, técnicamente el mejor, con regate, llegada e imaginación. Pegado a la banda izquierda, poniendo centros por doquier al corazón de área, una de las zurdas más prodigiosas que ha se ha visto vistiendo la camiseta rojiblanca: Estanis Argote.  Desde la banda derecha y con el 7 a la espalda, uno de los veteranos, el gran capitán de aquella cuadrilla de ganadores: Daniel Ruiz Bazán. Pequeño de estatura, astuto, inteligente y certero rematador de cabeza. Se dejaba caer mucho por el centro del área. Tanto que es hoy en día el tercer goleador histórico del club.

Como recambios de mayores garantías Clemente contaba con Sola y Noriega, Txato Nuñez, los hermanos Patxi y Julio Salinas y Endika.

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Foto vía lacontradejaen.com

El joven técnico, siguió gestionando con mucho acierto la psicología de sus futbolistas a lo largo de una campaña en la que se añadía el premio y también la exigencia de disputar la Copa de Europa.

La andadura del equipo vasco en esta competición se redujo a la remontada ante el Lech Poznan polaco (con Andoni Goikoetxea abandonando el campo a hombros de sus compañeros después de conocerse su sanción de 18 partidos, reducida finalmente a 10,  por lesionar al “pelusa” Maradona tras una terrible entrada en el primer enfrentamiento Athletic – Barça disputado en la cuarta jornada de Liga) y la eliminatoria de octavos ante el Liverpool en la que un solitario tanto de Ian Rush en San Mamés dio el pase a los “Reds”.

En el campeonato de Liga se mantenía el emocionante pulso y la igualdad con los mismos protagonistas que el año anterior. Los bilbaínos se mostraban de nuevo inexpugnables en su feudo donde solo el conjunto blaugrana obtuvo la victoria visitante y Español y Atlético de Madrid rascaron un empate.

La campaña estuvo marcada por los durísimos enfrentamientos en Liga frente al F.C. Barcelona. Los culés juntaban en sus filas un auténtico equipazo plagado de jugadores de la selección y cuyo técnico enarbolaba la batuta de la estética y del buen juego. Maradona y Schuster, tendrían a partir de aquella temporada algo más en común que ser dos de los mejores futbolistas del momento. Ambos sufrieron dos duras entradas de Goiko que les apartaron varios meses de escena (3 y 6 meses de baja respectivamente). El alemán un par de años atrás aunque ni mucho menos lo olvidaba.

El conjunto catalán, a pesar del derroche físico y de la batalla cuerpo a cuerpo de los leones que tantas dificultades les creaba, había conseguido los dos triunfos en aquella Liga (4-0 y 1-2) . Este doble enfrentamiento, unido a la presión por parte de la prensa y al cruce de declaraciones, dejaba una mecha encendida difícil de controlar.

Los tres equipos favoritos llegaban al mes de abril con todos los frentes abiertos. La semifinal copera emparejó a los bilbaínos con el R. Madrid. La ventaja obtenida en el Santiago Bernabeu, merced a un penalti transformado por Urtubi, fue contrarrestada en la Catedral por el conjunto blanco que se sobrepuso al ambiente infernal de la grada y a la expulsión del central San José para obtener la victoria por la mínima y llevar el pase a la final hasta la tanda de penaltis. Los errores de Camacho y Stielike clasificaban a los leones para una nueva final de Copa.

Solo cuatro días después, en un estadio Luis Casanova de Valencia plagado de seguidores vascos, un cabezazo de Noriega a 5 minutos del final rompía el empate y daba medio título al Athletic a falta de la disputa del derbi en casa en la última jornada.

El 29 de abril del 84, con San Mamés convertido en un auténtico hervidero, el Athletic de Clemente vencía al equipo txuriurdin 2-1 con doblete de Liceranzu y hacía historia proclamándose de nuevo campeón. ¡Txapeldunak! Otra vez se desbordaba la alegría en Bilbao pese a que los festejos oficiales se aplazaban una semana por la disputa de la final de Copa del Rey frente al Barça en Madrid.

Un equipo joven, contagiado por la convicción de su entrenador, se presentaba ante la ocasión de cerrar la temporada con el broche de oro del doblete y escribir uno de los renglones más preciosos y quizá más inesperados de su historia. En frente el Barça, necesitado de aquel título y favorito para casi todos.

Lo que ocurrió durante los 90 minutos de aquella final del 5 de mayo de 1984 que se decidió con el gol de Endika a los 13 minutos de contienda y al término de la misma, se parecía más a un espectáculo en presencia de las autoridades propio del circo romano que a un partido de fútbol. Unos y otros, tras un encuentro tenso y duro, plagado de incidentes, ofrecieron una monumental pelea de artes marciales cuando Franco Martínez decretó el final. Se asistió a uno de los más penosos capítulos de nuestro fútbol. Imágenes de las que sus protagonistas se siguen avergonzando.

La inolvidable fotografía de Dani levantando el trofeo fue el preludio del nuevo ejercicio de euforia colectiva que generó un equipo con mayúsculas liderado por un motivador nato. Ellos fueron los artífices de que la gabarra soltara por última vez sus amarras y navegara de nuevo entre la multitud rojiblanca.

dani

Foto vía vavel.com

Antonio Sala

Fútbol desde la cuna. Procedente del mismo centro de Bilbao y, por tanto, del Universo. Aburrido y crítico con la anticompetición establecida.

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