Iker Muniain y los niños de Zarautz

Foto vía 100x100fan.com

Foto vía 100x100fan.com

Era un viernes por la tarde. El reloj marcaba las cuatro en punto. Y, entre tanto turismo, se nos había hecho tardísimo. Así que decidimos parar en Zarautz a comer algo, y seguir luego el camino hacia Bilbao, nuestro siguiente destino. No era un viernes cualquiera, era el viernes santo, así que los locales de hostelería estaban repletos en todas partes. Ninguno se salvaba. Al igual que San Mamés, que por la noche recibía a la Unión Deportiva Las Palmas con el cartel “No hay entradas”. Un evento de lo más apetecible para el espectador neutral. Pocos escenarios mejores se me ocurrían para ver un partido de ese calibre, con el añadido que supone ya de por sí pisar el templo de los athleticzales. Por momentos, me sentía hasta afortunada de que coincidiese el fútbol con mi estancia por Euskadi. Pero bueno, eso es lo de menos, de eso hablaremos después.

Como decía, me encontraba en Zarautz con mi familia, tratando de encontrar un restaurante con mesa para tres que nos ofreciese cualquier plato caliente para paliar el hambre. Después de una mañana recorriendo el sur de Francia, parecía buen momento para satisfacer el apetito. Y tras varios intentos fallidos en locales completos, así fue. “Tenéis aquí una mesilla en la terraza, pero vamos a tardar bastante”, susurró una camarera exhausta por tanto trabajo. Accedimos y tomamos asiento al lado de los demás comensales. Superada la espera de rigor, el almuerzo transcurría con normalidad, hasta que llegó el segundo plato. Ahí cambió todo. No es que el entrecot de por sí tuviera nada especial, ni siquiera la escasa cantidad de patatas, lo que varió fue el ambiente, el atrezzo, el sonido de fondo.

Del murmullo típico que acompaña siempre las comilonas en lugares públicos, pasamos a unos chillidos acompañados de golpes de claxon. Y cuando digo golpes de claxon, me refiero no a uno, ni a dos ni a tres, sino a veinte o treinta pitazos que llamaban la atención de propios y extraños. Aquella escena era de lo más cómica y surrealista que recuerdo en mucho tiempo. Supongo que los protagonistas tampoco la olvidarán nunca o, al menos, durante un tiempo.

Siete niños de entre 9 y 10 años habían irrumpido enérgicos en la marquesina de autobús de en frente al local, y la habían liado. Equipados con el chandal de su equipo, y aprovechando la ausencia de adultos que los custodiasen, habían montado una juerga en plena Balea Kalea (kalea significa calle en euskera). Cada vez que pasaba un coche, le hacían el gesto de la bocina. Ya solo por probabilidad, eran tantos los vehículos que transitaban a aquella hora, que alguno siempre caía y cumplía el deseo de los pequeños. “¡Ehhhhhhhhh!”, victoreaban al paso de cada conductor majo. Pero no era el único número de su repertorio. Había más. Cada vez que se aproximaba un transeúnte por la acera o algún copiloto llevaba la ventanilla abierta, los críos gritaban: “¿Eres del Real o del Athletic?” Era tal su tono de voz e insistencia, que desde el local se escuchaba todo con una claridad exquisita. Tanta, que hasta algún adulto se planteó levantarse de su asiento para llamarles la atención. Por si acaso, media hora más tarde, un autobús pasó a recogerlos, evitando, inconscientemente, que el espectáculo siguiese su curso.

Ya sin aquel barullo que, a decir verdad, había merecido la pena, terminamos de comer y nos fuimos a Bilbao para ir haciendo la previa del partido, que arrancaba a eso de las 20:45h. Tenía muchísimas ganas. Y una vez dentro, no me defraudó. 3-0 en diecisiete minutos. Cómo para quejarse. Pero más allá de eso, en medio de la oda al fútbol ofensivo y la blandura de las defensas, me fijé en un hombre: Iker Muniain. Menudo de altura, hábil con el balón en los pies y sonriente hasta decir basta, parecía el más travieso de todos. Se hartaba a pedir balones, levantaba al público de las butacas, y seguía. Sin más, regocijándose, como dando señales de que se lo estaba pasando realmente bien. Igual que los niños de Zarautz, pero con más sangre fría, delante de 36.293 espectadores. Cada vez que Iker tocaba la bola, yo los veía a ellos; con esa pillería. Se sentía tan libre sin nadie que le riñera, que con cada concesión que le hacía la zaga amarilla, se venía arriba, como los chavales con el sonido del claxon.

Sin saberlo, a 90 km. de su Txantrea natal, y a 83 de Bilbao, le habían emulado. Sus imitadores, igual que él, sin pretenderlo, eran la viva imagen de esa picardía infantil. Ellos no tenían un balón en los pies, ni siquiera pretendían levantar a los comensales de sus asientos, pero tenían algo en común: el disfrute como fin y medio.

Rocío Candal

Juntando letras sin que suenen mal. Gallega, coruñesa y amante (sin remedio) del fútbol. ¿Para qué más?

También te podría gustar...