Athletic 4 – 0 Celta: el Celta prefiere la república

Entre Celta y Athletic siempre hubo cierto hermanamiento. Al margen de ser uno de los campos de Primera que más a mano quedan a los vigueses, las dos aficiones mostraron siempre simpatías y odios comunes, además de una mentalidad muy parecida, vinculada a su país y a su tradición.

Así, la primera eliminatoria de Copa de este año fue entendida en ambas ciudades como un anticipo de fiesta. En la ida, que coincidió con el puente del 6 de diciembre, los vascos cumplieron con su parte y se llevaron a Vigo un lisérgico grupo de vividores. Vigo seguía celeste, pero el rojiblanco se dejó notar por la ciudad durante el viernes y el sábado. Una previa de dos días que los visitantes no pudieron culminar con ni un solo tanto.

Pero la vuelta fue diferente. Día laborable. Día de lluvia y frío. No parecía factible que Bilbao viera más celeste que el del cielo. Luis Enrique, impactado por el buen ambiente del primer partido, lo entendió. Empatizó. Se sintió responsable de no poder devolver la efusividad de los vascos en la ida y, así, decidió cambiar una afición amiga en la grada por un par de colegas en el campo. El planteamiento era equitativo. De inicio eligió una banda de alegres bromistas un poco despistados e inexpertos (Rubén, Madinda, Vila…) encabezados por Krohn-Dehli y Toni, dos jugadores de un carácter muy afable que suelen caer bien a sus rivales. El primero, desde que se acabó la temporada pasada y decidió que en Vigo se vive mejor de paseo que de currante; el segundo, básicamente desde que se dedica a defender, lo que repercutió muy favorablemente en su vida social. Por si acaso, Luis Enrique le avisó: “La Copa no es nuestra prioridad”.

Y el Athletic, por su parte, también estaba dispuesto a hacer muchos amigos. Valverde fue con todo y Muniain mostraba el ánimo de un actor premiado en un festival de cine.

Fueron primero los vascos quienes se mostraron receptivos a la amistad: Iraola da señales y no la mete en propia tras un gran centro de Mina porque no es capaz. A los 20 minutos, tras un inicio en el que Krohn y Toni se tomaban las primeras copas de desinhibición, la pelota le cayó al danés. Este decidió que era hora de echar las primeras sonrisas de cortesía y con toda su buena intención le dio el balón a alguien del Athletic que pasaba por allí y se sentó en el suelo. “Por ser tú, pirata”, le dijo. Muniain no se lo pensó y tiró desde fuera del área  con calma, de interior, donde Rubén no podía hacer nada. Solo Madinda, que por fin saltaba al campo, parecía no estar muy de acuerdo con esta política socializadora. Vila, lejos de intentar aprovechar su oportunidad, también había hecho un amago de colegueo, del que pronto se arrepintió.

Así transcurrió el resto de la primera parte. Los locales se lo pasaron bien durante un rato y cuando el Celta reaccionaba, dispuesto a montar bronca en la fiesta, a Toni le pareció que ya había hablado demasiado con Susaeta; no quería agobiarlo y lo dejó irse a fumar un pitillo él solo al área, el tiempo suficiente como para que rematara con gusto un centro fácil para cualquier otra defensa del mundo. 2 – 0.

Descanso. En los vestuarios, el Celta pareció trazar un plan perfecto para ir más allá de la amistad y ligarse a alguna víctima de la euforia de la noche. Para eso estaba el arma secreta de Orellana. Fue como fingir ser un estirado, un tipo duro, a base de presión y kilómetros sobre el campo, pero su belleza y simpatía acabaron por encandilar a los locales: perdió un balón crucial y Mallo lo solucionó con una falta y tarjeta. Justo igual que en la primera parte tras la pérdida de la “dancing queen” Krohn-Dehli. El gallego se iba al vestuario antes de tiempo y el Athletic ya preparaba los condones. Era la noche perfecta para el incesto entre dos hermanos históricos.

Aún así, el Celta se hacía el remolón. Daba algunos pases. Sabía que con un golito le bastaba para escapar ileso y por poco lo consigue en un dos contra dos que Krohn-Dehli se vio obligado a regalar a la defensa. Los vascos lo rondaban con paciencia, pero la situación no acababa de aclararse. Hacía falta una canción lenta, de bailar pegados. Y entonces llegó Jonny. Corrió todo lo que pudo, pero allí, apoyado en la barra, no desaprovechó su oportunidad en cuanto la vio. Con un movimiento de cintura arrebatador, rompió el fuera de juego y habilitó a Muniain para que hiciera su segundo gol de la noche y sentenciara la eliminatoria.

El Celta estaba más que sexy bajo la lluvia.  No importaba el buen trabajo de Madinda ni de Cabral y Vila, ya que la camiseta apretadita le sentaba bárbara. Hasta Rubén estuvo a punto de sucumbir a los encantos vascos con un despeje al aire que acabó en córner. ¡Y Muniaín, ay Muniaín! Cómo lo miraban los vigueses, con ese toque macarra de las dos rayas afeitadas en la cabeza. Tal era la fascinación, que decidieron dejarle hacer. Eran suyos. Asistencia y gol de Aduriz. Palmadita en el culo y venga, para Vigo.

Total, «la Copa es de el Rey y no nos cae bien en Vigo«, pensaría Luis Enrique, «y a nuestros amigos, sí».

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3 Respuestas

  1. acatarrao dice:

    Buenísima crónica meu!

    Habría que enseñársela a la plantilla (la crónica digo)

  2. XPC dice:

    O árbitro non deixou pasar a ocasión de se sumar á festa cunha expulsión máis que discutible.

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