Un año de km, torretas y césped natural

Foto vía Rocío Candal

Foto vía Rocío Candal

Escuché a mi ‘hermano’ hablando en el mismo programa de radio que llevo siguiendo toda mi vida. Me froté los ojos y vi a Mallorca y Elche dejándose la vida en campos de hierba artificial. Al Cata Díaz haciendo un marcaje al hombre en Segunda B. Al Huesca liderando en Segunda… Me volví a frotar los ojos. Podía haber sido un cuento para antes de dormir, pero era 2017.

En enero volé a Barna. Después de finiquitar los exámenes semestrales de la uni, me tomé un descanso en tierras catalanas. Llevaba muchos planes. Y entre ellos apenas me había imaginado un par de ratos de fútbol. Craso error, simple autoengaño. A los hechos me remito. Casi ni había bajado del avión y ya me estaba fijando en el estadio del Espanyol. Ubicado en Cornellà-El Prat y a escasos minutos del aeropuerto, el RCDE Stadium es la primera toma de contacto futbolística con la ciudad condal. De forma circular, con un radio no muy amplio, es atractivo a la vista. Eso sí: para los amantes de lo vintage, muchísimo menos atractivo que el Olímpico Lluís Companys. Encuadrado en un marco entrañable, el viejo estadio espanyolista es una auténtica delicia para los sentidos. Te teletransporta a épocas pasadas y mejores. A hat-tricks de Raúl Tamudo, a derbis de color blanc i blau. Uno pilla un funicular desde Paral•el hasta lo alto de Montjuïc y se deja sumergir por el espíritu olímpico. Lo difícil es no caer rendido a esos encantos.

Aprovechando mi estadía en la ciudad condal, y que había Copa, pisé el Camp Nou. Era buena excusa. Tuve tiempo de coquetear con el eterno rival perico y, con Txarango resonando de fondo, vi a Messi en su escenario favorito, acariciando la pelota como quien amansa a una fiera. Su víctima aquella noche fue la Real de Eusebio Sacristán. Con Illarra y Zurutuza en la medular (emoticono de corazones en los ojos). No había ni concluido el partido y yo ya estaba sintiendo lástima. Por lo abultado del resultado. Por lo bien que sonaban y pintaban los tenores de Donosti antes de que empezara aquel concierto. Porque yo había ido al estadio por verlos a ellos.

En una subida a los Búnkers del Carmel, cambié de vista, me pasé al 360º. Entre transbordos de metros a autobuses urbanos, y caminatas, me juré que la foto final valdría la pena. Que después de tanto esfuerzo por alcanzar la cumbre, la instantánea sería bonita. Y lo fue. Pero para desgracia suya, poco le duró el protagonismo. Con la vista de la Sagrada Familia, la W y demás, ya analizada, me giré. Y vi la otra cara del mirador. La parte de atrás. La silenciada. La que nadie recuerda. Como los partidos de Diego Costa en el Albacete. Y visualicé unos focos. Y un terreno de juego. Y claro, por curiosidad, tuve que investigar. ¿Cómo iba a volver a mi casa sin saber de quién era aquel campo? Y entre mapas de barrios lo descubrí: era el Municipal Feliu i Codina, de la Unió Atlètica de Horta.

Meses más tarde, el 14 de abril, estuve en un partido en San Mamés y comprobé en mis carnes lo que significa el Athletic. Un viaje relámpago de Biarritz a Zarautz y de Zarautz a Bilbao me permitió pisar La Catedral, la nueva. Y fue pura magia. Tenía las expectativas altas, muy, muy altas. Y todo lo que vi hizo que la realidad las superara. Dos días más tarde, el destino me llevó a Ipurúa. No había fútbol, pero me lo imaginé. Vi a Mendilibar corriendo la banda y al señor del séptimo asomándose entre las ventanas de los edificios que rodean aquel estadio indescriptible, siempre custodiado por las montañas. No fueron las dos únicas hazañas memorables de aquella semana, hubo más; sin ser invierno, me empapé de Euskadi. En un paseo por la playa de La Concha me prometí que vería a Xabi Prieto y le haría quinientas preguntas. Casi tantas como partidos lleva con la Erreala. Era onírico. Antes de acabar el día bajé de la galaxia, me tropecé con la realidad y descendí de categoría. Al fútbol puro, al de bronce, al embarrado. Contemplé los secretos de Lasesarre, aquejado aún por los restos del frío invierno del norte. Observé cada uno de sus escondites: la hierba entre la grada, las tropecientas puertas de acceso, la ubicación de las torretas enrevesadas. No había visto nada igual.

En mayo volví a la élite: conduje los 132 kilómetros que separan mi casa de Balaídos para ver un Celta-Real Madrid desde Río Alto. No fue un partido más. Fue el aplazado, el del temporal, el del “alcaldeeeeeee”. Semanas antes, el Estadio do Couto me había permitido disfrutar de la nueva faceta de Guti y Dely Valdés: los banquillos. Era la final de la Copa de Campeones juvenil, y el ‘14’ le ganó la partida al ‘9’ con un golazo de falta de Óscar Rodríguez Arnaiz. Un nombre propio, este último, con mucho que contarle aún a la pelota.

Al otro lado del charco, en julio, estuve a punto de ver a Cristian Portilla jugar un Miami FC-San Francisco Deltas, con el liderato y el título de la NASL en juego. La larga duración de las BBQ americanas impidió mi comparecencia. Fui una baja de última hora. Espina clavada. El mismo día, por la noche, de vuelta a casa, visualicé a lo lejos los focos del Hard Rock Stadium. Faltaba una semana para que aquel recinto acogiese el Real Madrid-Barcelona y aquello ya parecía una pista de aterrizaje. Como espectáculo estaba muy bien, pero me juré que nunca me pasaría a ese fútbol made in USA: el de las luces a mansalva y focos incesantes.

En mi empeño por el otro fútbol, disfruté comentando para la radio extremeña un Fabril-Cacereño en Riazor. Con el ascenso a Segunda B en juego. Con lo que supone entrevistar a pie de campo a los protagonistas de la cruz en la derrota. Con lo que cuesta arrancarle unas palabras a un tío de 36 años que acaba de perder un ascenso: su penúltima bala.

Por el camino largo, en última ronda, vi la ida de un Rápido de Bouzas-Peralada. En el Baltasar Pujales, con el campo a un lado y la ría al otro. Con Patxi Salinas haciendo de director de orquesta y ascendiendo a la postre en Girona a un equipo cuyo presidente actúa de speaker, de recogepelotas y de lo que haga falta.

Fue el mismo verano en el que me perdí, para alegría mía y desgracia de mi madre, una comida familiar y una comunión. Digo alegría porque estaba justificado: comentar el Teresa Herrera y un ‘all star’ femenino en versión gallega, que mola más, siempre es mejor plan.

En octubre, y después de un 0-3 en contra, escuché el rugido de A Malata al ver a su Racing de Ferrol en el pozo de la clasificación. Vi a tres señores vocifear pidiendo cabezas de turco, maldiciendo contra todo lo maldecible. Otro hombre, más calmado, más afable, más cuerdo, me solicitó clemencia, me pidió ayuda, “ayudadnos vosotros que podéis”, me susurró en voz baja al abandonar el estadio. Como si quienes charlamos y opinamos de fútbol tuviésemos peso arbitrario en la tabla o potestad en los resultados.

En un miércoles festivo por Madrid, a lomos de las Cuatro Torres, comprobé que el Vicente del Bosque es atípicamente bonito. Odioso si juegas en contra, por la falta de adaptación a sus reducidas dimensiones, pero adorable por el balbuceo que generan quienes entran gratis a sus gradas, siempre llenas. La del Unión Adarve me pareció una de las hazañas infrafutboleras del 2017. A ver cómo le explicas a un tío de Singapur que a los pies del rascacielos donde está negociando contratos millonarios hay un equipo que juega en la tercera categoría del fútbol español. Entre caucho y contaminación capitolina.

Concluyó mi año en plata, en el Anxo Carro. Con atasco en los últimos km del recorrido en coche, con túneles subterráneos por el camino, con el Lugo codeándose con la zona noble, con Fydriszewski haciendo algo más difícil que pronunciar su nombre: mandar un penalti ‘a lo panenka’ a la grada de Fondo Norte. Poesía. Sucedió todo en un viernes frío, con el río Miño como testigo. Y contra un rival especial: el Rayito de Míchel I de Vallecas.

Fue un año completo. Me faltó el doble cambio de ritmo de Ryan Babel en Riazor, el ascenso del Real Murcia, ver un partido de Diego Cervero en Anduva, escuchar el YNWA en Anfield… Si no me lee el bueno de David Vidal, diría que quedaron algunos “detalles” en el tintero. Por lo demás, 2017 tuvo focos de torretas, nieve en El Sadar, minutos de Quim Araújo como profesional y hasta un gol decisivo de Manu Barreiro en Tarragona. Y con ese atrezzo, señores, nada puede salir mal.

Rocío Candal

Juntando letras sin que suenen mal. Gallega, coruñesa y amante (sin remedio) del fútbol. ¿Para qué más?

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