Sueños charros, sueños rotos

“El olor a césped, ver el partido de cerca, la animación… Terminó 1-2, fue bastante aburrido, pero para mí fue el principio de algo muy bonito. Nunca lo voy a olvidar”. Podría tratarse de una historia más, podría referirse a cualquier equipo del panorama futbolístico. Pero detrás de estas palabras hay un toque especial. Los sentimientos arriba expresados son los primeros recuerdos de alguien que sintió de cerca a la Unión Deportiva Salamanca, y luego, sin anestesia, la vio desaparecer. Como en esos cuentos de nudo mágico y final desolador.

Corría la temporada 83-84, la UDS se enfrentaba al Athletic. Al Athletic de Clemente. De Clemente y Zubizarreta, Goikoetxea, Sarabia… Con Atún Calvo dejando patente su sello en la entrada al estadio. Con “Florida Show, el cabaret de Salamanca” resonando por megafonía. Con la ciudad charra volcada con su equipo. Aunque luego ni eso fuera suficiente para librarse del infierno de Segunda. Cinco victorias en toda la liga no podían ser suficientes. Pero de eso hablaremos otro día. Aquel partido, el del Athletic, significó el debut en Fondo Sur de Guille, quien pone voz y alma a este relato. Después de ese, lógicamente, vinieron muchos más. Y los mejores años del Salamanca. Pero ningún día rememora con tanta ilusión como aquel.

Por su edad, los recuerdos del protagonista ya hablan de previas en el bar Guirnaldo, el Pedro y Mari o el J.M., de partidos que se alargaban hasta las tantas en la plaza de San Juan Bautista, zona de litros y patatas bravas. Con protagonismo para el Segundo, la Tuca, las Nuevas Generaciones… El otro fútbol. Dos horas y media antes de cada partido, salía de la calle Pablo Casals hacia El Helmántico, lo que viene siendo prácticamente una línea recta, si lo trazas desde el mapa. Recalco lo del mapa porque para Guille y sus amigos aquel recorrido estaba lleno de curvas y desvíos. De cervezas y de vinos. De tardes de invierno en locales alquilados por la peña “Fondo Joven”.

Durante toda la semana, Guille soñaba con aquellos momentos. Con aquellos y con otros irreales: se imaginaba acompañando, al menos durante un día, a Joanet en el banquillo. Para así poder charlar con sus ídolos. Con los Jorge Alonso y Roberto Martínez. Uno de León y otro de Navarra. Uno por el centro del campo y otro en punta de ataque. Dos hijos del Norte, dos ídolos de carne y hueso. Vivir la UDS en directo era su rutina favorita. Y el mejor rato de la semana. Por suerte, y por insistencia de mamá, nunca descuidó los estudios por el fútbol. Incluso llegó a sacarse una carrera. Pero ni las clases de los lunes a primera hora de la mañana eran excusa suficiente para que no viajara con el equipo a los desplazamientos de fuera. Cuando se le pregunta por aquellos viajes, menciona con especial cariño Mendizorroza. El viaje en autobús por la autovía del norte. Las primas del Mallorca al Deportivo Alavés. El 0-2 de Giovanella que le despertó de su (casi) coma etílico. Durante cuarenta y pico años disfrutó de aquellas siglas, incluso llegó a sentirse partícipe de ellas. Mientras duraron, claro. Porque una tarde de verano, una indeseada tarde de verano, el sueño se esfumó.

Guille siempre se refiere a aquellos últimos meses de la UDS como los del enfermo crítico que lucha contra todos los elementos. Ese paciente malito, sin demasiada esperanza de vida, que lucha y lucha por no dejar este mundo, aún a sabiendas de que las posibilidades de sobrevivir son prácticamente nulas. Como sucedió con el Salamanca, donde pese a la esperanza de su hinchada, primaron los intereses económicos. Esos que van siempre por delante de la pasión del aficionado de a pie. Un golpe doloroso de realidad. De ilusiones rotas. Los meses siguientes fueron duros, muy duros… Hasta que de la nada, un grupo de locos a los que miraban de reojo al principio, se propuso llenar aquel vacío. No fue fácil.

Dar el paso, asumir que tu viejo amor ya no está y que empieza una nueva vida, nunca es fácil. Tampoco en el fútbol. Por aquel entonces, Guille no tenía ilusión por animar a ningún otro equipo, lo había perdido absolutamente todo. El escudo con el que él se identificaba, se había ido. Nadie podía reemplazar el vacío que había generado la UDS en su interior. Ni siquiera aquellos ilusos que habían llegado para homenajearla, los Unionistas de Salamanca, acababan de convencerle. Pasaron bastantes meses hasta que se hizo socio del nuevo equipo. Y aún por esas, acudía a los partidos con cierta incertidumbre ante lo que se podía encontrar. Reticente. Como quien busca el cartón detrás del truco. Como quien idealiza con volver a ilusionarse aún a sabiendas de que el golpe, a posteriori, puede ser mayor.

Unionistas no fue su primer amor, pero sí su mejor homenaje a todo lo que significó el anterior. La UDS fueron las siglas de un sueño, de un sueño que hace ya 4 años pasó a mejor vida. Pero ni Guille ni ningún salmantino olvidará jamás lo que significó aquel pedazo de la ciudad. Ser de la UDS era entender que ni campeonando en invierno y sacándole una amplia renta al segundo ibas a llegar en mayo a Primera. Nunca fue un club que destacase por tener buena suerte. Su fortuna era otra: intocable e inmaterial. La UDS conservó su masa social sin ganar siquiera títulos. No los necesitaba, la gente veía en el club la ciudad. Era como la rana de la universidad: símbolo innegociable e intransferible de Salamanca. Sin medias tintas. Y con eso les bastaba.

*Agradecimiento especial a Manu y a Miguel por su inestable ayuda. Vosotros sois la UDS.

Rocío Candal

Juntando letras sin que suenen mal. Gallega, coruñesa y amante (sin remedio) del fútbol. ¿Para qué más?

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