Simplificando lo insimplificable

El ser humano tiene un defecto, como mínimo, y es que canaliza y cataloga cada suceso de su vida. Y a veces, hasta se olvida de disfrutarlo. Diferencia entre bueno y malo, grande y pequeño. Incluso se atreve a hablar de demasiados o muchos. Por defecto, obvia los detalles. Desde bien pequeño convive con un colador: se queda con lo grande y lo pequeño lo obvia, se olvida hasta de que existe. Tiende a generalizar, a hablar de blanco y negro, a dejar pasar los grises. Habla de personas exitosas y fracasadas. Olvida a quienes se quedaron por el camino o dejaron la vida en intentarlo. El ser humano es egoísta, consigo mismo y con el prójimo. En ocasiones incluso ve nombres o números donde hay humanos de carne y hueso. Se olvida de que dentro de cada cabeza hay dudas, sentimientos y, en muchos casos, sufrimientos escondidos. Es tan sumamente grande el colador, que hasta se atreve a valorar a personas que ni siquiera conoce, a mendigos que ve por la calle, a estudiantes que repiten dos cursos, a futbolistas que fallan un penalti. No ve lo que se esconde por detrás. Pero no es el único. Algo así le pasa al aficionado, y al periodista, y al crítico del bar de la esquina. Como seres humanos, ponen el colador, ven camisetas y olvidan lo que supone. Prefieren quedarse con el gol o el fallo. Y el fútbol es mucho más que eso. Porque el fútbol no es el resultado, ni siquiera la táctica. El fútbol son detalles.

Sin remedio, nos criamos en una sociedad que solo piensa en ganar y olvida el cómo. Que sueña con levantar muchos trofeos, con vivir carreras exitosas, con nacer aprendido y no equivocarse nunca, con recorrer caminos de rosas… Y cuando algo de eso no se cumple, parece que se acaba todo, que la derrota solo esconde negatividad, que las lesiones solo son roturas, contusiones o sobrecargas. Y ese es el verdadero error: no ver el trasfondo. No ver que el triunfo reside en el progreso que se experimenta a través del esfuerzo.

Cuando un crío decide anotarse en las escuelas municipales de fútbol, a simple vista, su decisión (o petición) provoca dos cómos: el de los progenitores (cómo perciben que afectarán los cambios en la vida de su hijo) y el del propio niño (cómo piensa que va a ser su nueva rutina). En el primer caso es posible que los padres lo vean como un pérdida de tiempo de estudio y personal, y una nueva forma de coger catarros en invierno. Más positiva e inocente será la visión del niño: jugar, divertirse, comprar unas botas chulas de tacos… Puede que las dos visiones sean certeras, pero como el colador, siempre obvian algo.

En el momento que un chaval (o el padre en su defecto) estampa la firma, no sabe que su vida ya no volverá a ser igual. Calzarse las botas por primera vez es iniciar una segunda escuela donde lo importante no son la táctica o la estrategia, sino las vivencias.

Independientemente de la edad que tenga un debutante, este es más o menos consciente de que jugar en un equipo implica ganar, empatar, perder, jugar arriba o abajo, meter goles o pararlos, conocer nuevos amigos, ir a entrenar, madrugar los sábados o domingos, defender un escudo y medirte cada fin de semana a un rival diferente… Lo básico, lo que cualquiera puede decir de un deporte sin ni siquiera haberlo practicado nunca.

Pero todo eso es mentira, es simplificar. Cuando estás dentro, el fútbol y las derrotas remueven el colador y te enseñan otras cosas. Como un profesor que da por sabida la lección inicial, el binomio ejerce y pasa al tema siguiente: al de sensaciones y sentimientos. Epígrafe a epígrafe, y siempre de manera práctica, cuenta los secretos de una receta que vicia y se cocina a fuego lento. Que engancha a ricos y pobres, sin distinción de género, clase social o raza. En una sola asignatura imparte cultura, geografía, hábitos saludables, compañerismo, sacrificio…

La cultura del esfuerzo: superar roturas de ligamento cruzado, luchar por la permanencia, remar contracorriente, tener la cabeza siempre alta, hacer una flexión más… Porque cada gota de sacrificio, luego, obtiene recompensa. Y es extrapolable, puede repetirse y aplicarse la mecánica en cualquier ámbito de la vida cotidiana. Hasta que te acabas contagiando y haces de esa filosofía, tu filosofía.

En geografía (y autobús) te enseña localidades desconocidas, ciudades fantasma, carreteras sin casas… Insiste con tantos partidos en Gijón y Oviedo, que acabas por conocer el trayecto y su duración (una siesta buena o dos películas del pen drive) y hasta la zona turística de cada ciudad. Te lleva a hoteles, concentraciones, stages de pretemporada, torneos en otras comunidades, campos intactos de hierba natural, patatales de tierra en Valladolid, tapetes desmontados (y artificiales) en Avilés… Te presenta compañeros y amigos que son tan pesados (y tienen tantas cosas en común contigo), que ya no te sueltan más.

Te hace salir de casa motivado un martes de invierno con -1ºC, lluvias y truenos (y tú con chubasquero, fiebre y catarro, claro). Te hace temblar por un folio con 4×4 cuadrados los viernes. Te quita el sueño los sábados por la noche si el domingo hay derbi. Te mete un cosquilleo al pisar el campo, y te lo sacude cuando pita el árbitro. Te mete prisa si el reloj corre en tu contra. Te enseña a darle la mano al rival: ganes, pierdas o empates. Te hace sacar tu carácter. Te ilusiona. Te educa, te une a una afición y a su identidad. Te hace ser profesional sin importar la categoría: el compromiso está por encima. Y cuando fallas un penalti en el 90′ y parece que el mundo se te cae encima, te aplaude tu valentía al coger el balón.

El fútbol que tanto maltratamos e intentamos deshumanizar con análisis de mentira y conclusiones desconcertantes que poco tienen que ver con la realidad, es lo más humano del mundo. Hace mejores a las personas, enseña lo que no se aprende en las escuelas, provoca sonrisas… Tiene un valor impagable que a nosotros nos sale gratis y provoca confusiones. Como un socio que paga el carnet de su equipo y luego se siente capacitado para poder criticar cada acción, nos sentimos en pleno derecho y convertimos lo extraordinario de la pelota en banal.

Por eso me niego yo a compartir las visiones interesadas, lucrativas, irreales, resultadistas e incluso desvirtuadas de un juego tan leal, educativo y honesto. El fútbol es una riqueza y nosotros unos afortunados. Disfrutemos.

Rocío Candal

Juntando letras sin que suenen mal. Gallega, coruñesa y amante (sin remedio) del fútbol. ¿Para qué más?

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