Un santero para La Romareda

Foto vía La Avispa Mecánica

Foto vía La Avispa Mecánica

«Mira, mira. Ahí cayó una bomba en 1936 y no explotó. Ah. Ese del cuadro es el Cojo de Calanda, ¿conoces la historia? Un señor al que le faltaba una pierna vino desde Calanda, de donde son los melocotones que te gustan, y rezó a la virgen para que le saliera otra vez el miembro que le había sido amputado. Esa misma noche tenía las dos piernas.»

Así discurrió mi primera visita a la Basílica del Pilar. Luego compramos una cinta con los colores de la bandera de Aragón, besamos una columna y nos hicimos con una vela del tamaño de la lanza de Longino para posteriormente encenderla y pedir por nuestras tribulaciones.

Hace dos meses, tras muchos años sin hacerlo, volví a entrar en la basílica. En la excursión, me percaté de que las velas (y su pegajoso olor a cera consumida) habían desaparecido y sido sustituidas por otras eléctricas. El funcionamiento de éstas es el siguiente: introduces una moneda en una ranura y una pequeña bombilla se enciende de forma aleatoria durante un tiempo indeterminado. La iglesia también se moderniza.

«En mayo de 1995 celebré un gol saltando sobre una silla. El impacto de mis pies contra ella hizo que las patas cedieran a mi peso y esta se quebrara. Alberto, es el gol más espectacular de la historia de las finales. Nunca se ha visto ni se volverá a vivir algo así.»

Uno de mis primeros recuerdos como zaragocista versan de 2004. Mi padre, mi hermano mayor y servidor nos arrellanábamos en el sofá de nuestra casa esperando que se produjera la épica. El Zaragoza jugaba contra el Madrid de los galácticos la primera final que tengo constancia haber vivido. No es mi intención la de hacer una crónica del partido, así que seré breve. El club maño llegaba a la prórroga con un jugador menos y un empate a dos. En un momento dado, al hueso Galletti le llegó un balón de Movilla: en ese instante, desde la frontal del área, el argentino decidió armar la pierna y disparar para dar al Zaragoza su sexta copa del rey. Cosas que ya no pasan.

Nassim Taleb, reputado ensayista libanés, reconoce en uno de sus libros que el azar existe. Creo que, partiendo de esa base, al Zaragoza se le ha acabado por completo. La vela se ha consumido. Igual que ya no hay lugar para los cirios en la Basílica del Pilar, ya no hay lugar para la fortuna en La Romareda. Si la suerte fueran dos balas que un santero le ofreció al Zaragoza en 1995 y en 2004, el equipo maño se ha quedado sin proyectiles en la recámara.

Tiqué, el equivalente a la diosa de la fortuna en la mitología griega, está siendo cruel con el Zaragoza. Crueldad que se ve ratificada por una circunstancia: desde hace diez años, el sentimiento que precede a la desilusión en el seno de la afición zaragocista es cualquier atisbo de esperanza. Cuando algo parece funcionar en Zaragoza, el zaragocista no tardará mucho en decepcionarse. Este hecho ni siquiera lo contempla la ley de Murphy, la basta biblia de los pesimistas. Lo juro. Todo lo que ocurre en el Zaragoza de un tiempo a esta parte se escapa de toda lógica empírica y hace dudar hasta al más ateo de la existencia de alguien ahí arriba que se dedica a putear al Zaragoza.

La primera evidencia de este hecho fue la campaña 2006/2007, a una brillante temporada con clasificación para competición europea menor incluida, le siguió una circunstancia totalmente anómala. ¿Quién podía prever un descenso de categoría en un equipo con futbolistas de la talla de Diego Milito, Pablo Aimar, Ayala o Zapater? Algunos zaragocistas todavía achacamos esa mala temporada a la lesión de Matuzalem  por parte de Toure Yayá. Cosas del karma, imagino, porque el Shakhtar Donetsk creo que sigue esperando el dinero de ese traspaso. Ilusión desmedida, promesas de Champions y batacazo monumental.

Foto vía: Heraldo de Aragón

Foto vía: Heraldo de Aragón

En la temporada 2007/2008, ya en Segunda División, irrumpió Raúl Goni como canterano estrella. Un central rápido, aseado en la salida del balón, con buen salto y que iba bien al corte. Tanto destacó en las filas mañas, que Iñaki Saéz descolgó el teléfono para contar con él durante un partido de la Selección de España sub-21 durante 21 minutos, el tiempo que tardó en romperse los ligamentos. Una lesión complicada, un tratamiento que le lleva a no recuperarse (esa es otra, en el Zaragoza uno de los mayores temores son las lesiones de rodilla: quien entra en el quirófano rara vez vuelve a ser el mismo con la blanquilla enfundada) y a tomar por culo la carrera de un futbolista prometedor.

Esa misma temporada también tomó la titularidad por asalto Ander Herrera, quien necesitó muy poco para convertirse en referente del zaragocismo. Unas destacadas actuaciones en Segunda División y un buen debut el año siguiente en Primera, atrajeron a la secretaría deportiva del Athletic Club, que puso alrededor de diez millones de euros sobre la mesa para vestirle de rojiblanco. Ese dinero nunca va para los aficionados, pero el aficionado, con mal tino, intuye que, como mínimo, la consecuencia más inmediata de esa operación será mejorar la plantilla. Nada más lejos de la realidad. Parte de ese dinero hizo más por mejorar el emporio empresarial de Agapito Iglesias que el equipo blanquillo.

Años más tarde, ya con Agapito fuera del Zaragoza, se popularizó en La Romareda el siguiente cántico: «Once Vallejos, queremos once Vallejos.» El nivel de identificación con Jesús fue máximo. De nuevo, un central del Zaragoza irrumpe en Segunda División como joven promesa del fútbol español y llama la atención de Albert Celades, seleccionador de España sub-21. Vallejo hace una temporada espectacular, los zaragocistas nos deshacemos en elogios, creemos tener un deja vu por el parecido con Gaby Milito y el equipo se queda a ocho minutos de ascender. Vallejo atrae las miradas de muchos de los mastodontes el fútbol europeo, entre ellos, el que se hizo con sus servicios: el Real Madrid. De esta manera, Florentino ingresó cerca de cinco millones en las maltrechas cuentas del Zaragoza. Como en el caso de Ander, el dinero no se empleó para mejorar la plantilla: gran parte del entrante fue destinado a paliar la gran deuda que se generó durante la gestión de Agapito. De esta manera, los zaragocistas nos quedamos sin Vallejo y sin dinero.

Cuando acabó la temporada regular en la que deslumbró Vallejo, mi padre y servidor nos propusimos ir a todos los partidos del playoff de ascenso. El valor de nuestra palabra en ese caso fue el equivalente al de una acción de Rumasa a día de hoy. El Zaragoza perdió 0 a 3 contra el Girona y ante la quimérica posibilidad de remontar, decidimos renunciar al gasto de gasolina hasta la ciudad catalana, así como al precio de la entrada a Montilivi. Hombres de poca fe nosotros. Un Zaragoza tocado por la mano de Canario, Santos, Marcelino, Villa y Lapetra, llevó a cabo una machada histórica: 1-4 y a la final del playoff. Ese fue el momento en el que nosotros, los hombres de poca fe, retomamos la promesa ya incumplida y fuimos a la ida de dicha final. 3-1 a Las Palmas. Como se dice en argot futbolístico, con un pie en Primera División. A 90 minutos de volver al lugar que por historia nos pertenece. Bañadores y camisetas blanquillas en la maleta, billete desde Barcelona a Gran Canaria en el Passbook del iPhone, entradas para el partido en el bolsillo y el ascenso en la cabeza. El resto es historia. Historia negra del zaragocismo. Los malditos “a ocho minutos de ascender” que se han asentado en el imaginario zaragocista como frase habitual. Una de cal para llevarte cuatro de arena, como siempre.

Y la pesadilla de junio del año pasado (que Aitor Lagunas describe mejor que nadie). Mientras estaba en un viaje de prensa en Salamanca, se jugaba lo que parecía iba a ser un trámite y acabó por convertirse en la mayor vergüenza de la historia del Real Zaragoza que, por fortuna, no vi. Me iban llegando las notificaciones de los goles del Llagostera, mientras con una extraña mezcla de incredulidad, indiferencia y tristeza “disfrutaba” de un snack con Bebe, Carlos Jean y otros periodistas.

Foto vía: Mundo Deportio

Foto vía: Mundo Deportio

Como respuesta a ese resultado, el futuro exdirector deportivo del Real Zaragoza, Narcís Juliá, prometió que la temporada siguiente se aragonesizaría la plantilla con el fin de evitar una debacle de tales proporciones. Cuatro mil aficionados presenciaron el regreso de Zapater, otros tantos el de Cani, el turolense Milla llegaba para cumplir la empresa de regresar a Primera, Edu García había hecho un Erasmus en Aragón que le permitía volver a casa. La ilusión se instaló durante los meses de julio y agosto como hacía tiempo que no ocurría. El club con más abonados de Segunda División la primera vez que en la historia que el Zaragoza está más de tres temporadas en dicha categoría. Y otra vez. Otra vez la maldita rueda de la fortuna. Otra vez la burbuja de la ilusión pinchada y los fantasmas de Segunda B acechando los pensamientos de los zaragocistas. Otro entrenador más, u otro menos. Otra pitada al palco. Otra manifestación a las puertas de la Romareda. Otro jugador que falla. Otro penalti no pitado. Otra rotura de ligamentos, u otro desprendimiento de un testículo.

El ciclo del eterno retorno del que hablaba Nietzsche. El bucle en el que llevamos diez años sin poder salir. La podredumbre que se extiende por La Romareda y el comentario cada vez que llega un entrenador nuevo: «empezará haciendo cosas lógicas, luego tomará decisiones que nadie entiende y le echarán.» Si no es una cosa, es otra. La lesión de José Enrique, el gol en el último minuto, la falta de oportunidades a jugadores del filial (justo la situación en la que hay que tentar a la suerte y probar a los canteranos, el Zaragoza no lo hace).

Y al final uno termina por buscar explicaciones donde no las hay. Hace tiempo que creo que el Zaragoza está gafado. Y ya ni sé si utilizo este argumento medio en serio o medio en broma, pero es la única explicación plausible a semejante concatenación de catastróficas desdichas. Así que desde aquí hago un llamamiento: si queremos ascender, será más productivo contratar a un santero que a un delantero. Descartemos el fichaje de Samaras para fichar a alguien que regule el Feng Shui de La Romareda, compremos romero, enterremos patas de conejo a lo largo y ancho del campo de fútbol.

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