Maradona, dolor y leyenda

Lo inevitable no mitiga el dolor. Y duele. Se ha ido Diego Armando Maradona. Y en este punto, a cualquier obituario le faltan palabras. Para hablar del Diego, del futbolista, del símbolo de un país en ruinas que se asomó al mundo que su zurda dibujó en el verde, se necesita un manual de amor por el fútbol, el único manual que guiaba la vida del 10. Eso era Diego Armando Maradona. Amor por el fútbol. Cuatro palabras que orientaron a aquel joven entusiasta de Villa Fiorito que apuntaba a los sueños como hacen los genios: con la naturalidad y la determinación de saber que, antes o después, los alcanzarán.

Maradona era la unidad de medida de cómo el fútbol ha cambiado. Él es (para que seguir conjugando en pasado si su presencia está más que viva) el paradigma de lo divino y también de lo infernal. En lo divino, el fútbol como ascensor social de un hijo de familia pobre, liderada por  Don Chitoro y Doña Tota, sufridores padres del 10.

“Yo aprendí de mis padres que no hay que olvidarse de todo lo que uno pasó. Todo sirve de experiencia como para enfrentar la vida. Si no hubiese tenido una familia que hacía un esfuerzo enorme para pagarme el colectivo y el tren, no habría hecho la carrera que hice”.

De lo infernal ya se ha escrito mucho.

La fe y Maradona

Fe. No se puede hablar en otros términos cuando en la conversación aparece el Diego. Primero, la fe en él mismo hizo que el aspirante a mundialista superase todas las adversidades y se convirtiese en leyenda, en mito, símbolo, gurú, religión y todos los sinónimos que se le pase por la mente al oír su nombre. Un tipo que para mucha gente perdió la categoría de humano, pese a sus muchas debilidades, equivocaciones y malos modos. Él nunca quiso ser seguido, ni ejemplo ni modelo, pero lo fue porque toda sociedad deprimida necesita un héroe de barro que se parezca a sus integrantes; que sufra como ellos; que pierda como ellos; que se levante como ellos cuando todo el mundo dice que no lo hará. Y esa es la vida de un Maradona al que se le ha perdonado más que a nadie porque la deuda emocional contraída con el 10 supera a cualquiera de los desmanes cometidos en una vida turbulenta, propia de un incomprendido que nunca advirtió su papel social como una responsabilidad, sino como la consecuencia lógica del talento desplegado dentro de los límites de la cal.

Por tanto, hablar de Maradona solo desde la perspectiva futbolística no alcanza. No renuncio a ese debate; para mí, Diego Armando Maradona es el mejor de la historia. Sin embargo, su dimensión ha empujado la pelota fuera del campo. El carisma, el carácter, el miedo a sí mismo, el miedo al olvido, la fragilidad con la que el Diego miraba a la vida y la fortaleza con la que la retomaba cuando el fútbol mandaba, cuando la pelota no se manchaba. Mil vidas reflejadas en una vida de un futbolista.

La eternidad del 10

En una de las últimas entrevistas que concedió el 10 a Clarín se preguntaba si la gente le seguía queriendo. En una frase tan corta, como la gambeta instintiva que hacía sin querer en cualquier parte de la cancha, se condensa todo su mundo. El Pelusa necesitaba público, retorno, saber que lo que hacía en el campo llegaba al público. Ese reconocimiento del artista que, con su correspondiente porción de ego, está dispuesto a sufrir lo indecible solo porque su obra encuentre destino. Y la obra de Maradona nos llegó, nos emocionó y nos enfrentó al mundo y todas sus contradicciones. Todo, menos indiferencia. No le obsesionaban los títulos, ni los reconocimientos, solo perseguía, en una carrera fatigosa e interminable, la inmortalidad. Ser eterno. Ocupar un puesto imperecedero en la memoria y corazón de personas que nunca pisaron el Azteca ni oyeron a Víctor Hugo Morales entonar aquel “barrilete cósmico” con el que le designó Menotti y que voló tras humillar a todo inglés que osó ponerse al lado de la historia. La historia, como nos han enseñado los últimos tiempos, suele arrasarnos cuando queremos acercarnos demasiado a ella. Maradona es una de esas historias arrebatadoramente bellas y profundamente dolorosas.

Barrilete como cometa, como persona capaz de cambiar muchas veces de dirección. Maradona era esa cometa que no sabías por dónde iba a salir. Imprevisible, fantasioso, ligero cuando tenía que crear fútbol con la bola y lleno de requiebros que tocaban tierra, muchas veces, de la peor manera.

Maradona ha muerto y con él esa parte del fútbol que concedía sueños puros.  “Mi primer sueño es jugar en el Mundial.  Y el Segundo es salir campeón”, afirmaba sin dudas.  Con él muere también lo que no quería, el prototipo de futbolista devorado por su éxito. La cometa que pierde el rumbo,  golpeada por un viento que pocas veces en la vida de leyenda retirada fue de cara. Pese a todo, hoy todo eso ya es otra historia.

Hoy, 25 de noviembre de 2020, el 10 se instala definitivamente en la memoria, admiración y cariño de todos a los que un día les regaló algo. Todo el mundo tiene algo con el Maradona. Hoy el mundo es Maradona. Descanse en paz, la leyenda permanece: Diego Armando Maradona.

También te podría gustar...