La Copa del Centenario se la ganamos al Madrid

El fútbol es ese deporte impredecible, en el que nada está escrito, en el que todo puede pasar y en el que por mucho que alguien se empeñe en festejar antes de tiempo, primero deben vencer sobre el campo. La historia que hoy nos atañe habla de una noche, de un 6 de marzo y de un partido en el que un equipo ya se veía ganador, en su casa ante su público. Quiso el destino que el Deportivo se cruzase en su camino y bautizase ese día como el del “Centenariazo”.

Corría el año 2002, el Deportivo salía a competir una campaña más de la mano de Jabo Irureta. El conjunto gallego acumulaba por aquel entonces en su palmarés un título de Liga, una Copa y 2 Supercopas. El bagaje de varias temporadas de ensueño iniciadas por el “SuperDepor” de Arsenio, que se quedó a las puertas de una Liga, pero que ganó un entorchado copero, abriendo el camino 5 años después para que el conjunto dirigido por Irureta, acrecentase más su leyenda.

Los coruñeses se plantaron esa campaña en la final copera. Una Copa, en la que por entonces, abundaban las sorpresas, con sorteo puro desde treintaidosavos de final y partido único hasta octavos. Los grandes nos enseñaron que podían caer en campos de 2ª B, que cualquiera podía  ganar a cualquiera. El Dépor dejó por el camino a Marino de Luanco, Cultural Leonesa, Hospitalet (no se disputó la eliminatoria), Real Valladolid y Figueres, antes de plantarse en la final.

Era año de Mundial y por tanto, el 31 de enero, quedaron resueltos los dos finalistas y empezó a gestarse la leyenda del Centenariazo. El Real Madrid, encabezado por Florentino Pérez, comenzó a jugar sus bazas. Quería que la final se disputase en su casa, ante los suyos y el día 6 de marzo, coincidiendo con el centenario del equipo. Se veían ganadores, en una temporada en la que hablaban de triplete y pusieron a funcionar su maquinaria de presión, esa que tan buenos resultados les da.

Como no podía ser de otra forma, la RFEF cedió a las exigencias del conjunto blanco y a la propuesta de que se disputase el 6 de marzo en el Bernabéu. Tenían todo listo, el autobús para la celebración, Cibeles preparada para recibirlos, el restaurante reservado para la fiesta y los futbolistas con la mentalidad en la celebración. Las palabras de Flavio a Djalminha y Fran, no dejaban lugar a dudas “No puedo quedar tras la final porque iré con mis compañeros a celebrarlo”. El Madrid se sentía grande, poderoso y galáctico. Tenían preparada la mayor de las fiestas y apareció el Deportivo para aguársela.

Los coruñeses llegaron a un Bernabéu en el que reinaría un ambiente hostil. No en vano, solo habría 25.000 aficionados blanquiazules, mientras que más de 50.000 serían del cuadro capitalino. Ese día no falló el número 12, el que siempre anima, el que se desplaza, el que se deja el alma, la voz y el dinero en animar a los suyos. 25.000 valientes se encargarían de apoyar a los suyos y sus gargantas no pararon de rugir. El autobús blanquiazul llegó al estadio por la zona en la que estaban los aficionados gallegos y ahí llegó el punto extra de motivación. No podían fallar a esa gente.

Irureta apostó por su XI de gala con: Molina, Scaloni, César, Naybet, Romero, Sergio, Mauro Silva, Víctor, Valerón, Fran y Diego Tristán. El Deportivo comenzó asediando y provocando errores de los blancos. Diego Tristán tuvo la primera al encontrarse un balón que un zaguero no acertó a despejar. Probaba suerte con un disparo seco a la escuadra, pero César evitaba el tanto. Fue el preámbulo del gol de Sergio, pase entrelíneas y el centrocampista que se marcha en velocidad de sus rivales y ante la salida del meta, lo bate por bajo. Nadie lo esperaba, pero el Deportivo se ponía por delante en el marcador.

Los minutos transcurrían y los coruñeses no solo se defendían bien, sino que también buscaban las suyas. Un pase mal despejado de Valerón cayó en las botas de Víctor, que volvió a buscar al canario, ya escorado a la banda. Recibió el “Flaco” y centró al corazón del área, donde apareció Diego Tristán para empujar al fondo de la red el balón. Corría el minuto 38, y los 25.000 coruñeses estallaban aún más en júbilo. Las caras de los duopolistas era un poema. Todo estaba preparado y todo estaba saltando por los aires.

En la segunda mitad, Raúl recortó diferencias, pero la noche, que estaba escrita para ser blanca, iba a ser blanquiazul. Valerón estrelló un balón en el palo y el resultado no se movió. Con el pitido final estalló la fiesta coruñesa, 25.000 en el estadio y otros muchos miles en las calles de A Coruña. El deportivismo era un clamor en la noche que quedó bautizada en nuestro fútbol como la noche del “Centenariazo”. Una noche de gesta, una noche antiduopolio, una noche de LosOtros 18.

Y ya saben como dice desde entonces el cántico: “La Copa del Centenario, se la ganamos al Madrid”.

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