La caprichosa tiranía del punto fatídico

Gameiro marcó el penalti decisivo en las tandas ante Benfica y Athletic Club de la Europa League | Foto vía: sevillafc.es

Gameiro marcó el penalti decisivo en las tandas ante Benfica y Athletic Club de la Europa League | Foto vía: sevillafc.es

Rodeado por un aura de épica y por el toque de suerte con el que cuenta aquel que cae bien allá por donde va, el Sevilla viaja por Europa de forma regular desde hace más de una década, paseando los estandartes de una entidad que se ampara en el lema de “nunca se rinde” en cada enfrentamiento. La leyenda, proyectada por la voz de El Arrebato en los prolegómenos de cada encuentro en el Sánchez-Pizjuán, resume en pocas palabras toda una historia de pundonor, casta y coraje. Un carácter ganador que se impregna en la piel del jugador desde el primer momento en que entra en contacto con la casaca rojiblanca y empieza a notar el peso del escudo. Pero no nos engañemos, el eslogan que invita a no desfallecer hasta el pitido final no habla sólo de la vehemencia por ganar, sino de una especie de gracia o don que asiste al equipo en el césped cuando las cosas no carburan. Un predestino que se viste de Palop cabeceando ante el Shakhtar, de Puerta inmortalizando su nombre contra el Schalke o de M’Bia rescatando al Sevilla en Mestalla. Tantos decisivos que bien pudieron ser obra de un Dios veleidoso que concede el poder de estar en el sitio justo en el momento adecuado.

Con todo, hay una zona 0 donde el hechizo no funciona, donde la magia y la épica no tienen efecto y parece que no hay nada que hacer contra un futuro ya escrito. La Champions League es al mismo tiempo anhelo y verdugo del cuadro hispalense. Desde que el equipo comenzara a competir regularmente a nivel internacional en el nuevo siglo, existe una dualidad intransigente y severa que se repite sin alterarse en un orden cósmico inmutable por el cual el Sevilla es rey en la Europa League y plebeyo en la Liga de Campeones. Este patrón se refleja a la perfección en el punto de penalti, que constituye una ambigüedad de emociones para los seguidores sevillistas cuando ven a uno de sus jugadores encaminarse a los once metros según la competición. La hermana pequeña se conquista por decreto, casi sin buscarlo, con la facilidad de quién sabe que está destinado a hacerlo por antonomasia.  La mayor se pretende y se colma de esfuerzos, pero aun así se muestra reacia e inmisericorde. Una rebaja la autoestima y crea dudas, la otra ha supuesto un chute de adrenalina y de fe hasta en cinco ocasiones. Y en todo momento el punto fatídico ha sido la perfecta metáfora de esta fluctuación del estado de ánimo.

Si hay que ubicar un inicio a este complicado idilio con las penas máximas, podríamos emplazarlo en la final de la UEFA 2007 que disputaron Sevilla y Espanyol en Glasgow. Después de 120 minutos en los que los goles de Adriano y Kanouté no fueron suficientes para superar a los blanquiazules, que empataron mediante Riera y Jônatas, el partido se fue a penaltis. Palop se encumbró en el gran héroe de la noche al detenerle el lanzamiento decisivo a Torrejón. Se escribía aquí el primer capítulo de una saga basada en la irregularidad y el contraste en el azar de la lotería de los penaltis. La réplica de la ventura no tardaría en llegar: una temporada más tarde, el Sevilla disputaría los octavos de final de la Champions contra el Fenerbaçhe turco. El equipo andaluz había caído en tierras otomanas 3-2 y consiguió empatar la eliminatoria en su estadio con un resultado idéntico. En la tanda, Volkan Demirel, portero visitante que había cantado de forma espectacular en los goles de Alves y Keita, se puso el mono de trabajo y atajó tres de los penaltis que le lanzaron. Lo comido por lo servido. La Champions cerraba sus puertas en octavos al Sevilla.

La final de Europa League ante el Liverpool consagró al Sevilla como mejor equipo de la historia de la competición con hasta cinco trofeos. | Foto vía: sevillafc.es

La final de Europa League ante el Liverpool consagró al Sevilla como mejor equipo de la historia de la competición con hasta cinco trofeos. | Foto vía: sevillafc.es

A partir de ese momento, los de Nervión estuvieron dando palos de ciego por Europa, transitando entre ambas competiciones sin pena ni gloria. Fue en 2014 cuando el éxito volvió a tocar a la puerta de los del Sánchez-Pizjuán y engrosó sus vitrinas de trofeos. El Sevilla ganaría su tercera UEFA, ahora en formato Europa League, en el Juventus Stadium. El camino no fue ni mucho menos plácido; para conseguirlo tuvo que dejar a rivales correosos en la cuneta y volver a enfrentarse al fantasma de las tandas hasta en dos ocasiones. La primera de ellas contra el eterno rival, el Betis, en octavos de la competición, con un resultado global de 2-2 que buscó sentencia en la lotería dispar de los once metros. Aunque al combinado de Emery se le puso cuesta arriba la clasificación después de que Vitolo fallara el primer lanzamiento; los errores de N’Diaye y de Nono, unidos al acierto en los tiros posteriores, certificaron el pase a cuartos del Sevilla. Más difícil todavía fue la segunda tanda, necesaria para definir una final ante el Benfica en la que ambos equipos habían sido conservadores hasta el punto de no perforar la red en 120 minutos. Al contrario del partido contra el Betis, gran parte del mérito en la victoria lo tuvo Beto, que detuvo los golpeos de Cardozo y Rodrigo Moreno. En la portería rival, por cierto, se encontraba un tal Oblak, que no olió ni uno de los que le lanzaron. Años después sufriría el mismo síndrome de inmovilismo en la final de una Champions.

Fiel a su cita y a su tradición, el Sevilla repetiría título ante el Dnipro ucraniano tan sólo un año después, en una ruta al trofeo un tanto menos angosta que la anterior. Sería en la siguiente campaña, en la que volvería a ganar la segunda competición continental más importante ante el Liverpool, donde debería volver a someterse a examen desde el punto de penalti. El rival era un compatriota, el Athletic de Bilbao, y el escenario unos cuartos de final en el Sánchez-Pizjuán. Los nervios eran evidentes dado el ímpetu de los leones, que querían volver a optar al título después de que el Atlético de Madrid les diera un rapapolvo en la final de 2010. Como en la final ante el Benfica, Gameiro dio la victoria a los suyos en el quinto penalti con un lanzamiento imparable a la escuadra. No se impuso la lógica, sino una especie de oráculo o destino prescrito que siempre sonríe a los andaluces. La Europa League es territorio comanche para cualquiera que se mida en este lance del juego al Sevilla, eterno enamorado del torneo.

Pero como se ha dicho anteriormente, la fortuna es caprichosa y ambigua, y la moneda siempre tiene dos caras. Si el devenir siempre le tiende la mano al conjunto hispalense a la hora de lanzar penas máximas en la competición naranja, es el mismo protagonista el que le sentencia a vivir gafado en la Champions League. El año pasado, ante el Leicester, la eliminatoria estuvo en un pañuelo y pudo decantarse del lado español si no fuera porque Kasper Smeichel le detuvo un penalti a N’Zonzi cuando el encuentro estaba abierto. Los ingleses acabaron ganando ese partido 2-0, resultado suficiente para volver a dejar al Sevilla en la estacada, a punto de conocer las mieles de los cuartos de finales.

N'Zonzi fue el elegido para asumir la pena máxima en el partido de vuelta deoctavos de final de la Champions. Schmeichel acertó la dirección del disparo y el Sevilla cayó eliminado. | Foto vía: sevillafc.es

N’Zonzi fue el elegido para asumir la pena máxima en el partido de vuelta de octavos de final de la Champions. Schmeichel acertó la dirección del disparo y el Sevilla cayó eliminado. | Foto vía: sevillafc.es

Es difícil definir este afer entre club y suerte, si se trata de brujería o de simple coincidencia, o de algún factor psicológico que hace temblar las piernas en un contexto y ganar seguridad en otro. Lo que sí está claro es que parece existir una especie de equilibrio cósmico que le da al Sevilla lo que siempre le quita, en una cascada inalterable de divergencias entre Champions y Europa League. Quizás debamos ver algún día a los de Nervión caer en penaltis en la competición naranja para verlos triunfar más allá de octavos en la Liga de Campeones. Esta temporada supone una nueva oportunidad de conseguirlo, quizás la definitiva. Y quién sabe si, de hacerlo, Berizzo podría equipararse a técnicos anteriores que dejaron un gran recuerdo, como Juande Ramos o Unai Emery, y acabar de una vez por todas con el runrún de la grada. Siendo reiterativos, la suerte deberá estar de su parte.

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