Hijos de Montilivi

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Foto vía laverdad.es

Escuchando a la gente de campo, a esa que despectivamente se le llama garrulos o destripaterrones, se aprende mucho, más de lo que la gente cree. Porque la gente de campo (ojo, ni siquiera de pueblo, de campo digo, de los que viven en una aldea de 30 habitantes rodeados de montañas) tienen más mundo que la mayoría de los que les miran por encima del hombro.

Una vez oí a uno decir: “A una persona se la quiere como es, no como quieras que sea tú”.

La frase quedó oculta en mi subconsciente hasta aquella tarde de junio de 2010, la tarde de Montilivi en Gerona. Una jornada inolvidable esa: pasarán 20 años y cada vez me sentiré más orgulloso de haberla vivido. El lector se preguntará qué es lo que pasó en Gerona hace ya casi cuatro años. ¿Un ascenso del Real Murcia? ¿Una goleada? ¿Un título? No.

Aquel día descendimos a Segunda B justo cuando el club necesitaba subir a Primera para enjuagar la deuda que todavía hoy atenaza al Murcia. Hay que remontarse a cuatro jornadas atrás cuando perdíamos contra el Cádiz 1 – 0 en el minuto 90 y algo. En ese momento estábamos virtualmente descendidos, la temporada 2009-10 ponía fin ante un rival directo para la permanencia.

Necesitábamos un milagro; ganar los cuatro partidos que quedaban (Elche, Celta, UD Las Palmas y Gerona) cuando las victorias en todo lo que iba de competición fueron ocho hasta ese momento, y conseguir todos y cada uno de esos puntos, con el impedimento de jugar ante un rival directo (Las Palmas) y otro (el catalán) rondando el peligro, en su casa y en la última jornada.

El “¡sí, se puede!” empieza a oírse tras el increíble 4 – 1 ante el Celta, se sigue oyendo en el derbi interprovincial contra el vecino Elche donde se vence por 1 – 2. Llega la Unión Deportiva Las Palmas con una Nueva Condomina repleta. 25.000 espectadores sobre un aforo de 30.000 damos calor al equipo grana.

Los canarios se juegan la permanencia y es de los que luchan por abajo el que mejor plantilla trae. Tercera victoria, un 1 – 0 que sirve para que todo se decida en Montilivi. El milagro se está consiguiendo; se ha hecho lo más difícil. Lo normal es que en Gerona se hubiese ganado, pero no, el destino nos tenía guardado un final de temporada digno de esas películas de sábado a las tres de la tarde.

Veinte horas de autobús entre ida y vuelta separan las dos ciudades, no es un viaje corto ni grato más aún cuando el partido es televisado y se pasa del clima casi tropical de Murcia a finales de de junio a la llovizna suave con viento de Gerona; tampoco es un viaje de turismo, para relajarse estirando las piernas ya que prácticamente se baja del autobús en el mismo estadio, pegado al campus de Montilivi.

Con el partido en marcha volvemos a lo mejor de los 80 y los 90, con el horario unificado de la última jornada todos juegan a la misma hora, regresan las tarde de domingo de aquellos años en que el partido de la tele era el sábado a las diez de la noche, el resto de Primera, Segunda y Segunda B a las cinco y entre semana sólo existía la Copa de Europa y la Selección.

Las tardes de transistores, el peligro en Las Gaunas, el salto de El Helmántico a Atocha, de La Romareda al Tartiere y de nuevo conexión con La Balastera, El Molinón, Rico Pérez y el Luis Sitjar.

Hay una pequeña posibilidad de que el Murcia baje y una remota, remotísima de que lo haga el Gerona y más cuando llega el 0 – 1, un tiro cruzado de Capdevilla en el minuto 28 justo en nuestra portería.

El principio del fin

El equipo ampurdanés comienza a ver de cerca el descenso y no habrá relajación. Sigue lloviendo mientras comienza a caer otra lluvia que moja más; son los goles de los rivales por el descenso, todos empiezan a ganar de una manera sospechosa, sobre todo el Albacete que juega en casa del Cartagena, nuestro eterno rival.

Cuando uno es hincha y sobre todo cuando uno está en el campo todas las faltas, penaltis, manos, etc que le hacen a tu equipo son clarísimas y las que comete tu club son favores del árbitro. Es irracional, lo sé. No es hipocresía tampoco, es fútbol, simplemente. Por eso cuando el Albacete marca el 0 – 4 antes de finalizar el primer tiempo y los otros equipos puntúan surgen los pensamientos de amaño, conspiración y paranoia.

Entre comentarios referentes a ese complot antimurcianista, todos y cada uno de los doscientos granas que ocupamos el sector visitante de Montilivi constatamos dos aspectos bastante claros: “El que baja ahora mismo es nuestro rival, nos espera una segunda parte terrible”. Y también: “Un solo gol, uno solo y nos vamos al hoyo”.

La segunda parte es la recreación de Numancia en la portería murcianista con un par de salidas de los iberogranas en las que se falla inexplicablemente el 0 – 2, salidas que no empañan el asedio de los romanogerundenses.

Llega el minuto 90 y con él una mezcla de alivio y miedo, alivio porque un equipo que ha ganado tres partidos consecutivos y que ha aguantado éste entero no puede fallar en la prolongación. Miedo porque sí, porque en fútbol un gol puede meterlo cualquiera en cualquier momento; una falta, una jugada tonta, una jugada magistral, un córner mal sacado…

Y en la prolongación de la prolongación llega el penalti.

No sirve de nada soltar los más blasfemos improperios, ni las protestas de los jugadores ni que días después al verlo uno constate o no que el penalti ha sido justo o no, con los resultados hay otra verdad incontestable ; no hay victorias morales ni se consiguen puntos una vez que el partido ha finalizado. Lo que pone en el marcador es lo que cuenta al final por mucho que uno (con razón o sin ella) se sienta atracado, robado y ninguneado.

¿Hay algo más novelesco que un penalti en el minuto 94 que puede mandarte a otra categoría? Sí. Que el portero lo pare y se le escurra el balón, entrando éste con suspense, mientras el guardameta se revuelve intentando alcanzarlo.

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En ese momento sentimos la lluvia, el cansancio, la falta de sueño y todos los achaques posibles que las endorfinas de cuatro semanas de lucha y 90 minutos de partido habían ocultado, la indignación por ver cómo el árbitro pita justo cuando sacan de centro los jugadores granas ( justo ahora ¿eh?, ¿¡EH!?) se mezcla con el shock.

Es entonces cuando recuerdo las palabras del hombre de campo, a alguien se le quiere como es, no como te gustaría que fuera. No necesitaba títulos, ni grandes titulares en prensa y reportajes en televisión porque el club al que quería me había regalado cuatro semanas de fe y una tarde épica.

Ni siquiera me importaba que en el Cartagonova el público se hubiera quedado en las gradas oyendo el final de nuestro partido para saltar al unísono con el gol gerundense. Bueno, en ese momento sí, pero la verdad es que con toda la rivalidad e incluso odio que se puede sentir hacia el eterno rival (sea el Cartagena, Hércules, Elche o Ciudad) para mí sus aficionados tienen más honor que cualquiera de los que se sube al carro de los dos “grandes” del fútbol español.

Como diría Mel Gibson haciendo de Willian Wallace, dirigiéndose a su legión de temerosos soldados a punto de huir, una legión de “apunta carros” de los grandes, si no cambiarían en su lecho de muerte todos esos años de ver a su equipo en un bar o en la soledad de su casa por volver atrás a ese momento y vivir un día, ¡un solo día!, el poder caminar junto a sus amigos hacía el estadio, el contar los minutos hasta que abren las puertas, el olor a césped , el sonido de la masa y vivir un partido entero minuto a minuto con toda su pasión… Quizás podrían quitarles un título o un baño en La Redonda, pero lo que jamás les quitarían es la dignidad.

Antonio Martínez Miguélez

Antonio Martínez Miguélez es autor de "Ultras y Hooligans, una tormenta sobre Europa" y "25 años de murcianismo". Después de 28 años siguiendo a su equipo admira a cualquier hincha de cualquier club -aunque sea rival- que hoy en día viaja al lado de su equipo. Cree que es mejor vivir de pie en una grada que morir tumbado en un sofá

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