Hala Unión #InMemoriamUDS

Foto vía tribunasalamanca.com

España debería llevar dos estrellas sobre el escudo en la camiseta; una por el Mundial que ganamos en Sudáfrica en 2010 y otra por el que organizamos aquí en 1982. Ese Mundial fue tan nuestro como de Italia. Lo vivimos antes, durante y (quizás dolidos por el fracaso en el campo) un tiempo, no mucho, después.

Naranjito, los cromos, Maradona, Zico, el cartel de Miró, el Adidas Tango, las promociones de cualquier artículo imaginable en las estanterías en la que las palabras “España”, “Mundial” y “82” abarrotaban los comercios de barrio en una época en que apenas existían los grandes centros comerciales, un gran póster con el calendario en cada bar… fútbol por todas partes y por todos lados durante los años en los que esperamos a que rodara el balón y luego una vorágine de partidos en aquel verano del 82 en que España regresaba a su madriguera lamiéndose las heridas.

Un país que había fracasado así no podía ser europeo, aseveraban los que entendían de política ante nuestro ingreso en la entonces Comunidad Económica Europea. Una generación que vivió el fútbol sin importar el desastre, que disfrutó de un sueño y que cuando vio que la realidad se imponía jamás dejó a su equipo solo. La generación de Naranjito. Y del Adidas Tango, repito.

Después de ver cómo empatábamos con Honduras, le robábamos a Yugoslavia con un penalti regalado y un gol en fuera de juego y perdíamos con Irlanda del Norte, después de que Alemania nos pasara por encima e Inglaterra terminara por eliminarnos con el empate a cero más triste de nuestras vidas, después de ver el grandioso espectáculo del Italia 3 – 2 Brasil, con Zico, Sócrates, Dino Zoff y Paolo Rossi, de la magia de Maradona y la fortaleza de una desconocida Polonia que llegaba a semifinales con Lato, el goleador calvo (bendita época de jugadores calvos, con bigote y pelo en el pecho) asumimos que si no habíamos ganado un mundial era por algo y que nunca lo ganaríamos.

Brasil, Alemania, Italia, Argentina eran unos extraterrestres, hasta Francia o Uruguay eran inaccesibles para nuestra selección.

Aún así nadie renegó de su selección ni se subió al carro de alguna selección grande, no había fanáticos de Brasil frente a fanáticos de Alemania, no existía duopolio y toda esa generación pudimos disfrutar de otra España, no la que levanta mundiales y eurocopas (a la que queremos la generación de Naranjito y que cuando pierda será odiada y vilipendiada en vez de aplaudida por regalarnos estos años) sino la que se vivía partido a partido, la de la furia y la excusa, la del gol tonto contra Malta y la del partidazo ante el grande, la imperfecta y chapucera pero a la vez luchadora y leal.

Esa España era como nuestros clubs, la queríamos hiciese lo que hiciese y como he dicho antes, cuando esta selección deje de triunfar, nuestra generación de barrio de principios de los 80, de fútbol en los estadios y carruseles deportivos en la radio volviendo de la playa o del campo, aplaudiremos y daremos gracias por habernos regalado el sueño de ver de cerca esa copa, que el Dios del fútbol sólo dejaba sostener entre sus manos a semidioses como Rummenigge, Pelé y Maradona bajo pena de ser convertidos en cenizas de un rayo luminoso.

En esa época post-mundial en que los niños jugábamos al fútbol en medio de la calle, no en la acera, en el medio, y si venía un coche nos apartábamos como si nada, se paraba el juego y una vez el vehículo pasaba de largo se seguía con el partido, en una de esas tardes que parecían meses de lo largas que eran, recuerdo oír a un compañero de juegos decir que había un equipo que vestía como Alemania.

Así conocí a la Unión Deportiva Salamanca.

No sólo vestía como Alemania, además sus porterías tenían dos barras curvadas sujetando la red, iguales que (casualidades de la vida) las de la otra Unión Deportiva, la de Las Palmas, lo que le hacía reconocible. El Helmántico no fue el único sitio con ese tipo de porterías, también las hubo en Atocha y en otros, pero fue en el coliseo salmantino donde más tiempo perduraron.

La Unión formó parte de nuestras vidas deportivas hasta junio de 2013. Noventa años exactos desde su fundación en 1923. Tuvo momentos épicos y años de Segunda B, como todos, el que la quería no lo hacía pensando en que ganaría ligas y copas, lo hacía porque sí.

La Unión murió no por el terrible Ébola que ahora preocupa a todo el mundo, fue un virus peor, inoculado por el Estado; el virus SAD que entregó a capitalistas sin escrúpulos todos y cada uno de los clubs españoles (menos los dos que todos sabemos) y los infectó hasta convertirlos en los enfermos que son hoy, que vagan sin fuerzas apenas para vivir.

Fue el 16 de junio de 2013, el Banco Popular no apareció en la junta de acreedores y cuatro días después el juzgado subastaba 90 años de historia para intentar enjugar 23 millones de euros de deuda. Dos días más tarde un grupo de aficionados marcharon hasta el Helmántico.

Eran de la generación de Naranjito, la que apoya por encima de títulos, decepciones, victorias o derrotas. Eran las cinco de la tarde, la hora en que se jugaba cuando la Liga era la Liga y no un desfile de metrosexuales adorado por una masa de periodistas a sueldo del duopolio, la Liga del gol en Las Gaunas, de La Romareda y La Condomina, del Soberano y los anuncios de puros.

La Liga de jugadores calvos con bigote, de banderas de tela con flequillo sujetadas con un palo que daba miedo, de cuando en un estadio no te trataban peor que en la aduana de cualquier aeropuerto norteamericano, era, pues la Liga, con mayúscula. Y ahí estaban los últimos de Salamanca, frente al estadio cerrado. No más de dos centenares, pero los que allí estaban para dar el último adiós a la Unión representaban a millones de hinchas de toda España.

Foto vía abc.es

Foto vía abc.es

Una patada a la puerta para romper la cerradura de la infamia, una cerradura que les pusieron en 1992, para ocupar por última vez el césped y las gradas de la Unión Deportiva Salamanca. Bufandas al cielo, algunas fotos, lágrimas, algún trozo de césped de recuerdo…

Aparece el falso profeta, el actual presidente Juan José Hidalgo prometiendo que el fútbol no moriría, que él crearía un “no sé qué Salamanca”. Honor y más honor para los que recibieron al falso profeta con la frase de: “No queremos ningún engendro”. No quieren un club aunque en cuatro años juegue la Europa League, quieren a su UD.

Y comenzaron a cantar; fue un bufandeo entre los que ocupaban el césped y los que disfrutaban del último momento de pie sobre un fondo. “Hasta la muerte, Unión, hasta la muerte…”

Y así el Helmántico tuvo su último momento de gloria; es muy fácil acudir al estadio cuando estás a punto de ascender, o de ganar un título, pero ir al campo cerrado de un club disuelto es un gesto al alcance de muy pocos.

La UDS puede descansar en paz.

Antonio Martínez Miguélez

Antonio Martínez Miguélez es autor de "Ultras y Hooligans, una tormenta sobre Europa", "25 años de murcianismo", "Anuaario Ultra/Hooligan temporada 2017-2018" y "La Batalla de Marsella: Crónica y análisis de los incidentes en el partido Inglaterra-Rusia jugado en la Eurocopa de Francia 2016". Después de 30 años siguiendo a su equipo admira a cualquier hincha de cualquier club -aunque sea rival- que hoy en día viaja al lado de su equipo. Cree que es mejor vivir de pie en una grada que morir tumbado en un sofá

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