De qué hablo cuando hablo de ser portero

Foto vía: Fútbol Balear

Cuando tenía cuatro años, el primero de mis dos hermanos empezó a coquetear con el fútbol base: el campo (de tierra, evidentemente) de Retoretes sería el albero que vería sus primeros capotazos como expeditivo central. Primeros y últimos, porque Javier no encontró en el fútbol su deporte fetiche.

Cuando tenía seis años, el segundo de mis dos hermanos empezó a coquetear con el fútbol base: el campo (de tierra, evidentemente) de la Avenida Europa y los tres palos que resguardarían su posición darían fé de sus pinitos como legendario arquero local. Pablo, que no se apellida Aimar, llegó a jugar en Mestalla (con la selección valenciana sub-algo).

Cuando cumplí ocho años, la ecuación se cumplió y las filas de fútbol base del equipo local se abrieron para todos los aspirantes a futbolistas de mi generación (en esta fase de prueba también tenían cabida los hijos de los padres que aspiraban a que su hijo fuera futbolista). En aquellos tiempos todos venerábamos a futbolistas del pelaje de Del Piero, Van Nistelrooy, Shevchenko, Goran Drulic o Raúl González. Todos delanteros. Goles son amores, ya lo decía Manolo Escobar.

El entrenador de turno debía ejercer de psicólogo, modelar las ambiciones de cada uno y dar una posición nueva a cada uno de los imberbes aspirantes a delanteros porque ni la Holanda de Cruyff se podía permitir un juego tan ofensivo. Así que en un momento determinado del primer entrenamiento tomé una decisión de la que me sigo arrepintiendo a día de hoy. Habiendo hecho calentamientos varios, algún que otro ejercicio con balón y tras haber entendido que no todos podíamos ser Kiko Narváez, el entrenador lanzó al aire la siguiente pregunta:

-Nos hace falta un portero, ¿quién se apunta?

La pregunta fue recibida como un «¿Quién ha sido?» en una clase de la ESO: un silencio sepulcral (sólo interrumpido por el sonido que emiten los tacos al limar la superficie terrosa que constituye el campo de fútbol) se alargó durante algunos segundos, hasta que mi voz, como si de un cuchillo que rasgase el mutismo se tratara, dio el do de pecho:

-Yo- dije sin tener del todo claro que sería una decisión que comprometería el resto de mi entonces incipiente carrera futbolística.

Como en Juego de Tronos, en un ejercicio por establecer el lema de una casa, el Arsenal o, más bien, sus aficionados tienen en la siguiente frase una de sus máximas: «Once a gooner, always a gooner.» Lo mismo ocurre con los cancerberos. La decisión tomada era irreversible. En cualquier otra posición del campo, no necesariamente. En la portería sí.

A diferencia de mi hermano, yo no era buen arquero. Sin embargo, para mi suerte, el equipo para el que jugaba era el mejor de la comarca y, habitualmente, nos volvíamos a casa con resultados de más de dos cifras a nuestro favor. De hecho, rara vez tenía que a cruzar la línea blanca de tiza para recoger el balón. Es más, cuando esto ocurría, a modo de ritual, caía a plomo contra el suelo boca abajo y enterraba mi cara en mis brazos dando así a entender lo afectado que estaba por las circunstancias. De este modo, siempre era algún compañero de equipo el que recogía el esférico y otro el que me levantaba a mí.

Parapetado por rodilleras, coderas, espinilleras y guantes, sentía ya con ocho años que la portería era el oficio más desagradecido que existía sobre la faz de la tierra. Con la única ventaja de tener que correr bastantes menos kilómetros durante los entrenamientos, mi posición dentro del campo era, hablando en plata, una putada. Quería algo más que una palmada en la espalda cuando una parada imposible servía para conceder un córner al equipo rival; quería la misma indulgencia para conmigo que para con el delantero de turno cuando éste  fallaba un mano a mano clamoroso; quería intervenir en el juego de ataque; quería respeto cuando, jugando fuera de casa, potenciales vándalos se acordaban cobardemente de varios miembros de mi familia detrás de la portería.

Los vándalos no sólo eran potenciales: muchos padres, impulsados por la vehemencia y la locura futbolística que supone ver en tu hijo al próximo Marco Asensio, creían (y según tengo entendido siguen creyendo) que estaban en la tribuna del Bernabéu y que cualquier insulto, provocación o diatriba lanzada contra árbitro o jugador del equipo rival era completamente lícita. Es más, parecían dar a entender a través de la forma de insultar que estaban en su derecho de hacerlo.

En una ocasión, durante un partido contra el Xixona, una chica que jugaba para el equipo rival (el fútbol femenino en categorías inferiores de pueblos pequeños tiene el mismo impacto que La 2 en la casa de un concursante de Hombres, Mujeres y Viceversa y las mujeres a veces deben jugar en los equipos masculinos) metió un gol. Evidentemente, no hay nada indigno en este hecho, pero sí en la reacción de algunos padres que poblaban la grada: agravios en tono jocoso lanzados como dagas contra servidor de manera cobarde en forma de: «Portero, que te ha metido gol una chica.» Al margen de la muy reprobable actitud machista de los adultos del lugar, sería interesante que alguien les hubiera hecho saber que el gol nos lo habían metido a todos.

De todas formas, supongo que más de un árbitro se encanaría al leer mi plañir. El portero por lo menos pertenece a un equipo, el árbitro ni siquiera puede decir eso.

https://www.youtube.com/watch?v=UGyR4OXK550

A finales del año pasado, se viralizó el vídeo de un joven arquero argentino que lamentaba su posición dentro del verde. Y él sí. Él, desde un verdadero llanto, detallaba las razones por las que quería despojarse de los guantes, vistos como cadenas, para correr, regatear y meter goles (si se tiene la oportunidad).

No empatizaba tanto un personaje de no-ficción desde que este aficionado zaragocista dijera estas palabras. Él (el niño), a diferencia de mí, está a tiempo. Para mí es tarde. Yo nunca desarrollaré mis posibles virtudes como jugador de campo. Insisto, yo quería tirar las faltas como el Toro Acuña, regatear como Juanele, meter los goles de Juan Eduardo Esnáider y poseer la calidad de Jamelli, pero ya es tarde.

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