Fútbol y trincheras: el inicio de la Guerra Civil española

1941.06.30.-Estadio-Chamartín.-Final-de-la-Copa-de-España-de-futbol-disputada-entre-el-Valencia-y-el-Español.-FOTO-EFE.1-1920x1242

EFE

Tal día como hoy, hace ya ochenta años, las botas regulares y legionarias comenzaron a marcar el paso en el norte de África. Era el preludio de un golpe militar realizado por una pequeña parte del ejército, por miedo a una revolución social sin muchos visos de triunfo. Incluso se le atribuye al presidente Casares Quiroga la famosa frase «si ellos se han levantado, yo me voy a acostar», horas después de que las primeras informaciones, a cuentagotas, llegaran a la capital.

Pese a que la sublevación militar triunfó en amplias zonas del norte y sur de la Península, las grandes ciudades como Madrid, Barcelona o Valencia se mantuvieron leales a la República. Golpe militar por un lado, revolución social por el otro, la Guerra Civil era inevitable. La lucha que había hasta entonces sobre los rudimentarios estadios de fútbol pasó, a toda velocidad, a los campos de batalla. De la grada a la trinchera. Un serial que analizaremos tanto hoy como en las próximas semanas en losotros18.com.

Muertos por un ideal

El fracaso del golpe de estado trajo consigo una larga y cruenta Guerra Civil que no dejó indiferente a nadie. Con esta no solo se rompe la unidad territorial del campeonato de liga, sino que la batalla llegaría al interior de los propios clubes, con cientos de futbolistas, entrenadores o directivos no ajenos a la realidad. En un ambiente tan politizado como la España del 36, miles de deportistas estaban expuestos a la ideología del poder de su territorio.

Los más politizados marcharon al frente de batalla, como Santiago Bernabéu, que se alistó en el ejército franquista en lo que eran los últimos años de la guerra, tras dos años en Francia. Otros deportistas pasaron grandes dificultades, como Ricardo Zamora. El portero fue encarcelado por su simpatía con la derecha al poco de empezar la contienda, pero pronto consiguió la libertad, yendo a Francia. Otro que tuvo que exiliarse por sus simpatías republicanas fue el presidente del Madrid CF –que no Real– Rafael Sánchez Guerra, recluyéndose tras la guerra en un convento navarro.

Exiliados hubo. Muertos, también. Josep Suñol, diputado de ERC y presidente del FC Barcelona, no corrió tanta suerte. En los primeros días de guerra, con las posiciones no tan bien definidas, conducía por la sierra de Guadarrama y, tras pasar a líneas nacionales sin darse cuenta, desapareció su cuerpo para siempre tras ser fusilado. Monchín, ídolo del fútbol madrileño, también falleció en la batalla de Paracuellos. Y cientos y cientos de deportistas más, algunos conocidos, otros anónimos.

Estadios de la guerra

No eran suntuosos ni gigantes como ahora, pero los estadios cumplían bien su cometido en los partidos de fútbol. Miles de personas, ya entonces, atiborraban las gradas de pie pagando módicos precios de entrada, sin lujos como ahora. Sin embargo, la guerra modificó el cometido de los estadios. El caso más destacado y del que se tiene menos información es el de Mestalla, el cual se utilizó en ciertos momentos como campo de concentración. Otros, como el Heliópolis, sería elegido como cuartel general de las tropas italianas que vinieron a luchar con la España nacional. La pared de Gol Norte fue derribada y, tras eliminar el poco césped que quedaba, se levantó un paredón en el centro del terreno de juego que sería utilizado como picadero.

Estos no fueron los únicos que sufrieron desperfectos. El viejo Buenavista, terreno en el que se sitúa el actual Estadio Carlos Tartiere, fue totalmente destruido y su equipo, el Real Oviedo, no pudo participar una vez se reanudó la liga en la temporada 1939/40. En Madrid, el estadio Chamartín quedó desmantelado al utilizarse la madera como combustible, mientras que el Estadio Metropolitano, del Athletic de Madrid, también sufrío graves desperfectos.

La Olimpiada del pueblo

En una España desconcertada tras el golpe de estado, estaba programado el inicio de la Olimpiada Popular de Barcelona, entre el 19 y el 26 de julio de 1936. Según los periódicos de la época, esta era la «experiencia más relevante de internacionalización del deporte popular y obrero durante la Segunda República». Si bien todo quedó suspendido por el alzamiento militar y el consiguiente inicio de la guerra, este evento se veía como un rechazo a los Juegos Olímpicos de Berlín y una unión de los movimientos deportivos antifascistas. En si, era la concreción del deporte popular donde tendrían lugar 18 disciplinas, entre ellas el fútbol, en la que participarían naciones con reconocimiento –URSS, Francia o Estados Unidos– o por exiliados de las mismas –Alemania e Italia– y de combinados regionales, como Galicia, Catalunya, Euskadi, Palestina o incluso un equipo de judíos emigrados.

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