Fútbol de mentira

Foto vía lachimbomba.wordpress.com

-No han pasado ni diez minutos desde que cambié las bombillas, ¿ya las has roto otra vez? Yo ya no sé qué hacer contigo.

-¿Me dejas salir a fuera?

-No. Está lloviendo. Quédate aquí, pero no lances tan alto.

Los gallegos más futboleros, desde muy pequeños, hemos convivido con un problema: la climatología adversa. Hemos tenido que escoger entre convencer a nuestros familiares para jugar y empaparnos, o por el contrario, mantenernos a cubierto y quedarnos sin partido. A menudo hemos soportado las amenazas familiares –“si enfermas, mañana vas al cole igual”-. Era lo de menos, por un oído entraban y por el otro salían.

Yo, como no, era de las que siempre me escapaba para poder jugar. Daba igual que lloviera o nevara, ninguna situación era lo suficientemente desagradable para que se suspendiera el juego. Así que, o venía el árbitro –mi madre- a aplazar el partido o aquello no tenía fin. Se sabía cuando empezaba, pero nunca cuando terminaba.

El verano, con su bien tiempo y sus quedadas a deshora, representaba el paraíso infantil: partidos nocturnos hasta que las piernas aguantasen, todos los futbolistas disponibles para la convocatoria… Total, al día siguiente no había que madrugar para ir a clase.

Hoy parece que eso ya no es así. Miro las canchas de los parques municipales, perfectamente equipadas, y solo escucho silencios, silencios que deprimen. Hoy los partidos de las nuevas generaciones son artificiales, como el césped. Partidas on-line contra el vecino del cuarto y sofá, mucho sofá.

Yo también he tenido maquinitas de esas. También me he viciado al FIFA, al Pro e incluso al Football Manager. Pero amigo, escuchaba el bote del balón y lo paralizaba todo. No había vídeo consola que me frenara.

En alevines tuve un entrenador que daba muchísimos toques con el exterior. No se le caía el balón ni de casualidad. Yo que, como mis colegas, no pasaba de los diez añitos, alucinaba. Así que, un día, hartos de envidia, le preguntamos. “¿Míster, qué tenemos que hacer para conseguir eso?”. El tío se echó a reír y nos dijo que para eso había que practicar todos los días. “Eso es imposible, ¿y los deberes?” le soltó el más atravesado del grupo. “Mira, yo iba andando al cole todos los días con una pelota y por el camino iba practicando. Si os parece un castigo, mejor, dejad el fútbol”, le replicó el míster.

Tenía razón. Si no sale de los niños como parte de la diversión, no los podemos forzar, pero lo que sí podemos es cambiar nuestros actos. Porque a los niños no hay que obligarlos a nada, ya los encontrara la felicidad a ellos. No todos van a poder jugar al fútbol o al baloncesto, también habrá bailarines o arquitectos. Pero si los adultos estamos todo el día con el móvil y las tablets, y por Navidades los llenamos de consolas, ¿qué van a hacer ellos? ¿Pedir la pelota?

Ojalá las nuevas generaciones te siguieran rompiendo las bombillas, abu.

Rocío Candal

Juntando letras sin que suenen mal. Gallega, coruñesa y amante (sin remedio) del fútbol. ¿Para qué más?

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