El día en que el Atlético volvió a mandar en la capital

Me quedó grabada a fuego. Soy un afortunado. Tuve la enorme suerte de poder presenciar, en primera persona y riguroso directo, ya no solo el proceso de creación, evolución y consolidación de este nuevo Atlético, sino uno de los puntos más álgidos de su pasión, el momento en el que verdaderamente comenzó esa carrera que traspasaba los límites nacionales.

He sido testigo presencial de penas y glorias a lo largo de mis años de vida, pero este sentimiento, del que todo atlético presume, ha vivido pocos momentos de felicidad similares. Sin dudarlo, cambiaría veinte años más de sufrimiento por sentir lo que sentí en aquella noche.

Va más allá del título material. Lejos de engordar las vitrinas fue el cómo, el dónde y el contra quién. Fue pasión, emoción, lucha, garra. Fue espíritu y alma. Sentimiento. Somos así de sencillos, nos basta con lo inmaterial, con el sentir, con el que nos contagien. Porque sabemos que eso, el coraje y el corazón, son éxito asegurado en la ribera del Manzanares.

Estaba en las escrituras, la oportunidad era perfecta. El guión parecía hecho a medida, cual traje, para los de Simeone. Los catorce años de frustración y derrotas frente al eterno rival, los inigualables registros de Cristiano Ronaldo a lo largo de la temporada y el desarrollo del encuentro en tierra hostil, datos a priori favorables para los blancos, se convirtieron, lejos de apoyar al conjunto madridista, en múltiples razones por las que luchar un poco más, si cabía, a la hora de revertir una situación de la que todos los atléticos estaban hartos.

Diego Costa, celebrando el primer gol atlético. Foto vía clubatléticodemadrid.com

Diego Costa, celebrando el primer gol atlético. Foto vía clubatléticodemadrid.com

Ni siquiera el tempranero gol de Cristiano, quien de forma sorprendente remató completamente solo un córner a la malla, modificó dicho guión, sino que llegó incluso a reforzarlo, dotándolo de ese carácter heroico y épico con el que siempre cuenta toda remontada. Si bien el pesimismo se apoderó de algunos aficionados cercanos a mi posición, yo, personalmente, y lo digo como lo sentí desde la grada, no vi más claro el triunfo en ningún momento que en este. El empezar por debajo en el marcador, el tener que remar a contracorriente y el demostrar cuando nadie cree en ti son señas indudables de la esencia atlética. Son la verdadera magia del sentimiento colchonero. Era el aliciente que faltaba hasta el momento. Ya estábamos todos, tocaba reaccionar.

La grada no dudó. Apoyó de forma todavía más incondicional a los suyos en la -momentánea- derrota, al igual que hizo en la final de 2011 en Barcelona. Se demostró, lejos de forofismos y generalizaciones que corrompen a una grada pura, porqué muchos hablan del aficionado atlético como el más entregado a la causa, y esta entrega tuvo pronta recompensa.

Las dudas existentes entre los pocos parroquianos rojiblancos dubitativos se disiparon pasada la media hora de juego cuando Diego Costa, tras una jugada magistral de un Falcao que por aquel entonces parecía jurar amor eterno, estrenó el contador rojiblanco con un disparo cruzado imposible para el meta rival. Tablas en el marcador y explosión en el graderío. Todo en orden, menos el madridismo.

Gabi levanta la Copa del Rey en el palco del Santiago Bernabeu. Foto vía atléticomedia.com

Gabi levanta la Copa del Rey en el palco del Santiago Bernabeu. Foto vía atléticomedia.com

La igualada provocó con el paso de los minutos la lenta desesperación blanca. La falta de eficacia de cara a puerta, la numantina resistencia de los de Simeone y las constantes salidas de tono del banquillo local enrarecieron el ambiente y crearon un clima del que sacaron pocas conclusiones positivas. Con el paso de los minutos, de forma proporcionalmente inversa al caso colchonero, la preocupación merengue superó los límites legales, teniendo como principal acusado a un José Mourinho, cada vez más caduco, que tuvo que abandonar expulsado el área técnica en la recta final del tiempo reglamentario.

En noventa minutos no se podía culminar tal obra. Hacía falta más dramatismo, más intriga, más sufrimiento. Germán Burgos, haciendo en el descanso las veces de detective, se encargó de poner un punto cómico a tan tensa velada mientras los veintidós guerreros saltaban de nuevo al verde para ejecutar lo que decían los escritos.

Caprichosos, nos regalaron media hora de Cholismo. Comenzó el tiempo extraordinario y escasos ocho minutos después del pitido inicial, cuando seguro muchos habrían firmado llegar a los penaltis, cuando el cuerpo técnico, con Mourinho ya en la grada, decidió meter más madera, llegó. Llegó uno de los goles más celebrados por la hinchada atlética en sus ciento doce años de historia. Remató Miranda, exprimiendo al máximo la tan mencionada pizarra del Cholo y aprovechando un error de bulto en la marca, pero empujaron todos. No solo los once del campo, ni los veintitantos en plantilla; lo empujaron cientos de miles corazones rojiblancos, y fue gol.

Gabi, a hombros, ondea la bandera frente al fondo ocupado por la afición atlética. Foto vía vozpópuli.com

Gabi, a hombros, ondea la bandera frente al fondo ocupado por la afición atlética. Foto vía vozpópuli.com

Ahora sí. Bufandas al viento y cánticos incesantes. Se veían campeones, todos, en familia. Corría el tiempo, más de veinte minutos. Crecía la presión en un rival absolutamente noqueado que, impotente, llegó a perder los papeles, traspasando de nuevo la linea de la legalidad. La grada apoyaba, todavía más que en la derrota, y el trencilla señaló, en medio de lo que podía haber sido el tercer tanto en botas de Falcao, el final de un duelo que marcaría de forma definitiva la actitud, la mentalidad y el futuro atléticos.

Mientras otros se marchaban por la puerta de atrás, se disfrutó de la fiesta en casa ajena. La alegría, a la vez que el champagne, corría imparable. Mientras Gabi ondeaba a hombros, frente a una afición más que entregada y agradecida, una gran bandera rojiblanca que terminaría descansando en el centro del terreno más hostil imaginable, Simeone, aunque con traje y desde dentro, enloquecía como un aficionado con los suyos, dejando florecer su pasión argentina de la mano de un Arda con apariencia fiel y devota. La simbiosis entre el equipo y el aficionado es difícilmente descriptible, ni siquiera comparable. Se dejó llevar por el impulso y el momento. Se compartió el logro, porque el logro era de todos, y se enterró un fantasma con el que se lastró durante demasiados años.

Tras la ya destacable victoria ante el Chelsea el verano anterior, se consagraba una etapa esperada por todo seguidor colchonero y capitaneada por el hombre más importante del club en su historia reciente: Diego Pablo Simeone. Pesara a quien le pesase, el Atlético volvía a ser un rival a tener en cuentaen todos los niveles. Empezaba a temer España, se miró incluso hacia Europa; este nuevo Atlético de Simeone parecía no tener techo.

El resto de la historia es conocida por todos.

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