Domenica

Domenica

Foto vía Alberto del Castillo

Mis padres eran, son y, presumiblemente, serán autónomos en el mundo de la restauración. Cualquiera que conozca el funcionamiento de este gremio, sabrá de la ausencia de tiempo libre que trabajar en él conlleva.

Mis segundos días preferidos de la semana eran los sábados porque solían constituir toda una oda a la previa futbolística en la que mi hermano colchonero y servidor éramos los protagonistas: a las siete de la mañana Pablo (mi hermano) se posicionaba a favor de Julian Ross y servidor, de Tom Backer; cuando acababa Oliver y Benji, orquestábamos toda una liga ficticia que protagonizaban más de 100 peluches y en la que siempre se proclamaba vencedor el Bahabón de Esgueva C.F; Dualshock en mano nos creíamos futbolistas gracias a Castolo, Ximélez y compañía; éramos entrenadores por obra y gracia del Championship Manager: Pablo procuraba ascender a un equipo de tercera o cuarta línea y servidor trataba de campeonar con el Zaragoza; a medida que avanzaba la tarde cogíamos el Fevernova que me regalaron por mi primera comunión y, con porterías sin larguero que tomaban forma gracias a la referencia que constituían las ruedas de los coches, entrenábamos para ser el MVP del partido del lunes durante el recreo.

Dualshock en mano, nos creíamos futbolistas gracias a Castolo, Ximélez y compañía

Mis días preferidos eran los domingos porque solía significar que jugaba el Zaragoza y que mis progenitores delegarían en sus empleados la tarea de gestionar el restaurante. Mis padres asumían el séptimo día de la semana como Yahveh y nuestro vetusto Audi 80 surcaba las carreteras regionales de Alicante en busca del restaurante que satisficiera nuestros gustos gastronómicos. Habitualmente, esto significaba que no llegaríamos a tiempo de pagar los doce euros que costaba ver el partido en los canales de tres cifras de Canal + y que, probablemente, escucharíamos el partido por la radio.

En la parte de atrás del coche nos apelotonábamos Pablo, Javier (mi hermano mayor – zaragocista también-) y el autor de estas líneas. Procurábamos llegar a los postres antes de las 16:45 para arribar al coche holgadamente, sintonizar la COPE, escuchar qué futbolistas formarían parte del once inicial y debatir si Chaínho debía ser titular por delante de Álvaro Rubio porque, aunque no lo he dicho, mi padre también es zaragocista.

Entonces, a partir de las cinco de la tarde, empezaba un festival casi esquizofrénico de alarmas y señales a través de pitidos que sabe Dios qué significan en morse y que evidenciaban (y evidencian, aunque ya no existe tal simultaneidad en las jornadas ligueras) que la pelota había entrado en la red. Desde la central emitían tal pitido (momento en el que mi hermano Javier me estrechaba con nerviosismo alguna de las manos); se producía la desconexión hacia algún campo y el locutor alargaba interminablemente la letra ‘o’ o repetía incansablemente el monosílabo por excelencia en el deporte rey (el ritmo de mis pulsaciones era directamente proporcional al puñetero pitidito que sonaba por debajo de la voz del locutor); a veces, el pérfido periodista se permitía el lujo de recrearse y decir en qué campo había sido el gol y aún tardar unos segundos en revelar el secreto de la autoría del tanto. Y entonces, en el caso de que las previsiones más optimistas se cumplieran, se escuchaba un alarido emitido por tenor, barítono y bajo que se resolvía con un abrazo sentido hacia mi hermano, un abrazo, por cierto, dificultado por la reducida movilidad que nos imponía el cinturón de seguridad.

A veces, el pérfido periodista se permitía el lujo de recrearse y decir en qué campo había sido el gol y aún tardar unos segundos en revelar el secreto de la autoría del tanto

El nerviosismo se asentaba en nuestros estómagos hasta las siete de la tarde, los pitidos seguían sucediéndose y nuestras plegarias se centraban en que cada sonido significase otro tanto del Zaragoza. Si finalmente nuestro equipo se hacía con los tres puntos, los lunes se convertían en el tercer mejor día de la semana: la mejor crónica posible de la victoria del Zaragoza era la sonrisa de quien sabe que ganar no es lo habitual.

Algunos años más tarde apareció La Sexta con su partido en abierto, los derechos televisivos como fuente de ingresos y un jurista costarricense (a quien de forma honorable el Osasuna ha declarado recientemente persona ‘non grata’) consideró más importante al público oriental que al patrio. Al Zaragoza llegó Agapito Iglesias, el empresario soriano culpable de que el club maño haya protagonizado el concurso de acreedores más abultado en la historia del fútbol español. Yo me fui de casa para estudiar, dejando así de sacralizar los domingos de coche con mi familia.

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