Carretera, manta e infrafútbol

La magia de los viajes recorriendo media península. El vacile de la radio saltando de emisora en cada provincia. Los espacios reducidos de las berlinas. El sol petando en la ventana. Los mapas de antaño y el joven GPS perdiendo la señal. La ilusión por llegar y el ansia por volver y contar cómo ha ido todo. Las fotos de testigo y el álbum en iCloud como soporte.

Cada año, cuando llegan las vacaciones, juro y perjuro que desconectaré del mundanal ruido de la rutina. Y lo hago. Pero a medias. A medias porque hay una melodia que me acompaña los 365 días del año. Y no lo puedo evitar. Me supera.

Siempre que salgo de casa y pretendo tardar unos días en volver, le pido a mis acompañantes de viaje que no me hablen de fútbol, ni de estudios. Y por si acaso queda algún despistado, le quito los datos al móvil, también. Es como recargar las pilas viejas, pero sin riesgo de que exploten. Sin embargo, siempre hay un factor que no controlo. Me vacila de tal manera que donde cualquier humano ve una señal de tráfico, yo visualizo un escudo, un jugador o un partido. Tan extraño como curioso. Lo comprobé en la IC19 de Lisboa, en el desierto de Almería e incluso en un simple viaje a Sanxenxo. Y hace unas semanas, cómo no, me volvió a pasar.

Pretendía ir a un pueblo turístico del sur de Catalunya, en coche, desde Galicia, sin mayor preocupación que la de tomar el sol y disfrutar del buen tiempo. Pobre ilusa, el subconsciente, ya de camino al paraíso, me recordó de dónde venía.

Acostumbrada a viajar (casi) cada quince días por Asturias, una parte de Castilla y León o Cantabria, los paisajes en esa zona me resultan familiares. Hasta que llegó Burgos. Llevaba varios años sin pasar por esas carreteras, y la curiosidad, como al gato, me mató. Tenía tanto interés en observar los paisajes que quedaban por delante, que no conseguía dormirme. Me prometí descansar en la vuelta y petrificarme en la ida. Porque Burgos sí, pero, ¿Miranda? ¿Dónde queda Carlos Terrazas?

Fuimos avanzando y llegó Náxara, el debut del Boiro en un playoff. Haro y su Deportivo, y la agónica última eliminatoria contra un asturiano: el Caudal. Llanuras, casi despobladas, sin hierba… ¿Pero aquí no hay campos de fútbol? ¿Cómo sobreviven los poquitos habitantes que quedan?

Otra chaira (llanura) y se asomaba Logroño. Y al fondo, Las Gaunas, la Unión de Segunda B y la SD -el fútbol popular- de Tercera. Julen Lopetegui, el único seleccionado por España vistiendo la elástica del CDL. Oleg Salenko. Las charlas vespertinas con el abuelo. Y un poco de rioja.

Y el mapa anuncia Fuenmayor. «¿Pero de ahí no es Dani Aranzubía?» Y se hace el silencio. «Pues sí que tiene una tirada hasta Amorebieta». «Y de peque para ir a Lezama, ¿qué?» susurra otra voz.

Calahorra… ¿Y ese equipo dónde milita ahora? Le he perdido la pista. Y tiras de hemeroteca virtual: del Google y las redes sociales. Tercera División, grupo XVI. Campeón, la pasada campaña, con 99 puntos. Y te excusas. «Uf, es que imposible controlarlos a todos». Y pisas, por un segundo, territorio navarro y rememoras la última fase de ascenso, con el Mutilvera y el Osasuna Promesas. Y el Boiro de Fredi y el Somozas de Stili, en autobús hasta aquí, piensas. Cuatro veces al año. Pero si anteayer venían a O Roxo…

Rincón de Soto. Las peras en las espinilleras de Rubén Pardo. Cuánto prometía aquel chico, el ’14’ de la Erreala. Y Fernando Llorente. ¿Cómo un pueblo tan pequeño puede albergar tanto talento? Río Cidacos. Los champiñones… Y casi sin tiempo, te asalta Tudela… Y tampoco olvidas el temporadón de los blancos. Las cesiones desde Pamplona y Logroño. Los Álex Sánchez e Íñigo Ros.

Cinco minutos sin señales ni pueblos, y ya te entra el gusanillo. ¿Conocerás algo del siguiente? Y llega la primera. Huesca, 181. Exquisito el doblete de Luis Fernández con los oscenses. En El Sadar, dando la permanencia, en la penúltima jornada… Ni tan mal.

Seguimos… Quinta frontera invisible. «A mil metros, tome la salida 18», parece indicar otra señal. Comunidad de Aragón, provincia de Zaragoza, Tarazona y su Pedro Mayo.

Nueve de la mañana. Uno de tus compañeros se queda dormido, pero tú reniegas, ¿te vas a perder todo esto? Ya cerrarás los ojos en otro momento. Y se enciende la luz del depósito. Hay que repostar. En la próxima área de servicio paramos. Y lees Avia. Anda, el patrocinador del Eibar. Que no es tam entrañable como Hierros Servando, pero oye, que este tampoco está mal. Y sin tiempo para más, retomas la aventura.

«A 10 km hay un peaje. A ver qué sablada nos meten», susurra una voz adormilada. 20’10€. Y el «te lo dije» protocolario. Pues sí que era cara la AP-68. Tanto, que hasta parece barata nuestra AP-9. Quién lo diría…

Y llegas a Zaragoza. A la izquierda, unos focos delatan a unas instalaciones deportivas. «Me la juego, es la ciudad deportiva fijo». Compruebas la veracidad, y sonríes tímidamente, como un niño pequeño con una pelota. Es tu hábitat, tu zona de confort y tu quebradero de cabeza. Pero el trayecto no se detiene y sigues leyendo letreros. A-129, Sariñena, vía de servicio. Qué añito pasaron en Segunda B.

Polígono de Malpica, y sonrisa morriñenta aunque, qué carajo, estás de vacaciones. De morriña poco. Y en medio de la inesperada (o no) lección matutina, la salida 1B te manda a Castellón. Y te acuerdas de los albinegros. Pobres orelluts. Otra vez a un paso. Qué duro seguir en el pozo. Y ahora, sin Kiko Ramírez en el banco, pendientes de la grada, de Cruz y de Moyà. El fútbol no era eso, el fútbol que a mí me enseñaron estaba en el campo.

Pero sigues. No queda otra. Lleida, 101. El Esportiu. Otros que se quedaron a un suspiro. Una tanda de penaltis (perdida) evitó aquel ascenso. Y Adrià Gallego. Y el gallego Toño Vázquez… Y tanto fútbol merece un descanso, una pausa. A desayunar. Cualquier área de servicio es válida para desconectar. «Esos son alemanes fijo», señala mi amigo (disimuladamente) a un matrimonio rubio y a sus dos hijos. «Y se dejan la puerta abierta». Fiabilidad germana, que decía el otro. Como para prestarles el coche.

Y prosigues tu aventura. Solo un trocito más. Pero el fútbol no termina ahí. Llegas al hotel y, en medio de la multitud, asoma un polo con cuatro letras: FCDM. Bajas a desayunar al día siguiente y te encuentras cuarenta rusos catando champán. Te ríes y, en un gesto tímido, pillas tu Colacao. Porque la vida no es cuestión de ser débiles o fuertes, va más allá.

Y ya de camino a la playa, en una zona comercial, con la Botiga del Barça como testigo, te cruzas con una camiseta del Barakaldo. Y sonríes. Sientes una sensación de alivio en tu interior. Porque la vida es un equipo de fútbol. Y a ti y a mí siempre nos quedará Lasesarre. Y el bendito (infra)fútbol.

Rocío Candal

Juntando letras sin que suenen mal. Gallega, coruñesa y amante (sin remedio) del fútbol. ¿Para qué más?

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