Algún día iremos a Ávila

Con el descenso arbitrario, injusto y mezquino creían haber terminado con nosotros.

Sin jugadores, sin escudo en La Condomina, gente en la sede de la LFP riéndose tras las ventanas mientras se manifestaban centenares de murcianistas, un grupo donde el estadio
más cercano estaba a setecientos kilómetros, una ciudad que adoraba a un falso ídolo (artificial, sin alma, sin historia, sin dignidad pero con más dinero), una portada de Marca en la
que se nos pedía un cadalso aún más grande…todo eso junto y a la vez sólo hacía presagiar un final para un club con más de un siglo de historia.

Pero no fue así.

Poca gente lo sabe, pero cuando Nietzsche pensaba su famosa frase Was mich nicht umbringt, macht mich stärker (lo que no le mata le hace más fuerte), en su habitación de Leipzig colgaba una bandera del Real Murcia en la pared.

Una bandera con el borde inferior deshilachado y algunas manchas y quemaduras de bengalas producidas por toda la escuela de la vida que dicha enseña había tenido en las gradas.

El grupo I no nos mató.

Al contrario, hizo al Murcia más grande. Nos llevó por varias localidades nuevas haciendo posible que el equipo grana hubiera jugado en todas las provincias españolas excepto en tres: Ávila, Cuenca y Segovia.

Esta temporada 2014-(…) se nos está haciendo larga… da igual lo que dure, como si se extiende por diez años, pase lo que pase será la más hermosa de nuestra historia.

En julio de 2015 nos dejaba Pardo Cano, presidente en los 80 muy querido y recordado.

Fue pocos días después de hacerse socio, puede que la última vez que saliera a la calle fuera para abonarse, algo heroico en Murcia cuando en las taquillas de esa grada lateral de Nueva Condomina los páramos de Churra rivalizan con Arizona en Celsius, Fahrenheit o lo que haga falta.

En diciembre era otro presidente el que fallecía, era el Presidente.

Jesús Samper se iba con sus claros y oscuros dejando un nuevo estadio, una deuda y la incertidumbre de saber qué pasaría sin el máximo inversor.

Más tarde marchaba Orive, el último hombre libre de esta ciudad y el murcianismo lloraba por tercera vez.

Algún día el Real Murcia jugará en Segovia, será un empate a cero contra la Gimnástica Segoviana, nuestro autobús aparcará frente a la Plaza de la Artillería y los bares de los soportales se llenarán de banderas granas, más tarde en Cuenca – allí ganaremos 1-3- y al final
lo hará en Ávila.

Será un miércoles de invierno, un día como el de la foto en el que la luz del sol se haya ido a las dos de la tarde bajo las nubes.

Recorreremos las calles de Ávila bajo la una llovizna débil pero constante, “lluvia de la que moja” como dicen en los pueblos, en busca de un bar mientras esperamos a que comience el encuentro en el Adolfo Suárez, coliseo del Real Ávila.

Seremos cien venidos en dos autobuses y un par de coche de alguien que se acerca desde Madrid, cien apiñados en una esquina y veremos caer al Murcia por 2-0, el mejor resultado posible, ese en el que encajamos el 1-0 en el minuto 20 de la primera parte, nos pasamos el resto del partido esperando el empate, empujando por él y cuando menos lo esperamos, ya cerca del final, viene el 2 a 0.

Algún día veremos alejarse las murallas de Ávila por la ventana trasera del autobús.

Antonio Martínez Miguélez

Antonio Martínez Miguélez es autor de "Ultras y Hooligans, una tormenta sobre Europa", "25 años de murcianismo", "Anuaario Ultra/Hooligan temporada 2017-2018" y "La Batalla de Marsella: Crónica y análisis de los incidentes en el partido Inglaterra-Rusia jugado en la Eurocopa de Francia 2016". Después de 30 años siguiendo a su equipo admira a cualquier hincha de cualquier club -aunque sea rival- que hoy en día viaja al lado de su equipo. Cree que es mejor vivir de pie en una grada que morir tumbado en un sofá

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