Eva Duarte, Zarra y una copa en Bilbao

Las cosas han cambiado mucho, pienso mientras me siento en el murete desde el que se observa el culebreo de la ría, que se mueve a lo largo de la ribera de San Ignacio y hasta que la vista se pierde más allá de la punta del monte Serantes. Este campo no es el viejo San Mamés y, por fortuna, esta ciudad ya no es aquella, industrial y obrera, de derechos negados, con «señoras de libro de misa en la mano y velito sobre la cabeza», expresión acuñada por Camilo José Cela en su viaje literario entre el Miño y el Bidasoa.

Y sin embargo, a pesar de los problemas del hoy, son muchas las cosas que permanecen inalteradas, como este campo, que ya no es el viejo San Mamés pero que sigue siendo la casa del Athletic; como esta lluvia, que el viento empuja desde Olabeaga. Un día tan bilbaíno como el Athletic. Un día tan incómodo como el nombre que aún decora una copa del conjunto rojiblanco expuesta en la vitrina de títulos que adorna su museo, situado en las entrañas de este estadio que sin ser sigue siendo el mismo. Desde que salí de sus salas y vine hasta el ángulo desde el que San Mamés mira hacia el mar, que se intuye más allá del camino de agua del Nervión, sigo pensando en ella. En la copa y en su nombre: Eva Duarte.

Es necesario volver a aquel Bilbao en blanco y negro, de posguerra, represión y fútbol en el barro para entender el contexto en el que fraguó la idea de disputar una competición bautizada con el nombre de un personaje tan complejo como Evita, mujer del general argentino Juan Domingo Perón. Es necesario volver al año 1946, atravesando la lluvia y el tiempo, a esa Europa destruida en la Segunda Guerra Mundial y a sus diabólicos equilibrios, dictados por la realpolitik de una falsa paz, que inauguraban tensiones entre regímenes totalitarios, populistas y democracias imperfectas. Era el tiempo en el que la derrota del Eje dejaba al dictador Franco en una posición incómoda, arrinconado en un tablero de ajedrez que veía a las potencias vencedoras del conflicto mundial imponer sus agendas políticas. La España franquista quedaba sin aliados de peso, perdido el maquillaje de su alianza con el fascismo italiano y el nacionalsocialismo alemán, el espejo en el que podía reflejarse mostraba solo la ruina y el hambre a la que un grupo de asesinos la había condenado tras la victoria en su «cruzada».

En aquellos días, Madrid apenas conocía la presencia de embajadores extranjeros y las tímidas medidas adoptadas, como el abandono del saludo fascista o una amnistía muy parcial de presos políticos (cómo muta el significado de ciertas palabras en nuestro infantil presente…), no iban a surtir el efecto esperado. Las relaciones del régimen con las demás potencias no existía. Las Naciones Unidas habían decretado en diciembre de 1946 excluir a España de los organismos internacionales.

Fue ese el año en el que la figura de Perón hizo acto de presencia en el horizonte del franquismo como una tabla de salvación: el general argentino había sido elegido presidente en febrero y su embajador en la ONU votaba en contra de esa misma resolución que, en diciembre, había eliminado a España, justamente, del concierto de las naciones. La Argentina lideraba así un grupito de seis países iberoamericanos entre los que se encontraban, además, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Perú y la República Dominicana. El ilegítimo gobierno español se agarró a esa tabla con la desesperación de los naúfragos. En la Argentina peronista (el primer país que se negó a secundar la conjura internacional contra nuestra patria en palabras del NO-DO) se podían obtener recursos y apoyos fundamentales para afrontar uno de los momentos más difíciles del régimen. La Argentina servía, además, para reforzar las retóricas de la raza, del descubrimiento y de la madre patria. Un bonus que no podía desperdiciarse. Este ambiente de nacionalismo alucinado con olor a sacristía y de grandeza imperial caducada con un horizonte de chabolas iba a encontrar en Eva Duarte a la mejor interlocutora. Para ello, la mujer de Perón emprendió un viaje a Europa (primera parada: España) durante las últimas semanas de la primavera de 1947.

El NO-DO inmortalizó en su noticiario las imágenes de la primera dama, que había llegado a Madrid el 8 de junio de 1947. En el retórico blanco y negro del noticiario puede verse a Evita mientras pasea acompañada por las jerarquías de la España nacionalcatólica. El contraste entre la menuda mujer, casi una estrella de Hollywood, y los militares y prelados de guiñol que la escoltan es la quintaesencia de una tragedia.

 

La Copa Eva Duarte

El viaje español de Evita iba a dejar también su huella en el mundo del balompié. Duarte donaba a la Federación Española de Fútbol el trofeo que iba a premiar al equipo que resultase vencedor de un choque entre el campeón de Liga y el campeón de Copa. Por motivos logísticos, la primera edición de la «Copa Duarte» no vio la luz hasta junio del 1948 (Real Madrid 3 Valencia 1). Pero la unión entre política y balón, entre la propaganda y la relación hispano-argentina, había tenido ya un precedente en la temporada 1945/46, antes de que a Eva Perón se le dedicasen honores de jefe de Estado, cuando el embajador del país americano y la federación catalana organizaron la Copa de oro Argentina, que iba a disputarse entre los campeones de Liga (Barcelona) y Copa (Athletic) de la temporada 1944/45. El 23 de diciembre de 1945, el club blaugrana alzaba esa copa dorada tras derrotar a los rojiblancos (5-4).

El Athletic no iba a volver a participar en esta especie de antepasado de la actual Supercopa hasta 1950, cuando consiguió acceder a la final de un título tan cargado de retórica política en calidad de campeón de Copa de la temporada 1949/50. Repasar la viejas páginas de los diarios de aquellos días es adentrarse en el vientre de un país dominado por la propaganda nacionalcatólica. La Gaceta del Norte daba noticia del encuentro en un periódico cargado de la retórica indigesta del 12 de octubre y, el día después, colocaba la crónica de una final de emoción extraordinaria junto a un artículo titulado Consejo del General Perón, que recogía el discurso del presidente argentino a los delegados de los juegos Panamericanos. Toda la página redundaba, por tanto, entre Perón y Evita, en el reconocimiento de la fundamental ayuda argentina que una España postrada recibía entonces.

12 de octubre de 1950: una reacción formidable

 

La elección del día en que la final fue disputada tampoco fue casual. El 12 de octubre, como se ha señalado, era el día de la raza. Una fiesta instituida en 1918 (el franquismo no inventó nada) subrayaba con mayor clamor entonces la voluntad propagandística existente (ayer como hoy) tras la organización de un evento futbolístico. Aquel día de otoño Athletic y Atlético se enfrentaron en Chamartín. El partido había iniciado mal para los bilbaínos. En el minuto 32 el Athletic perdía por 3-0 (dos goles de Pérez-Payá y uno de Mascaró). Con una segunda parte magnífica, el conjunto vasco consiguió igualar el marcador gracias a los goles de Venancio, Iriondo y Gárate, que con su tanto fijó el empate a solo cinco minutos del final del partido. La prórroga iba a deparar aún mayores emociones. Al gol de Zarra el Atlético respondió con el tercero en la cuenta personal de Pérez-Payá. A la doppietta de Venancio, que hacía subir el 5-4 al marcador, respondía Juncosa en el minuto 108 con el definitivo 5-5. El sexto del Atlético, obra de Carlsson, fue anulado por fuera de juego mientras caía la noche sobre Madrid, cuando ya casi era imposible ver nada en un campo sin iluminación artificial. Manuel Serdán, cronista de La Gaceta del Norte, no escatima adjetivos para describir el partido: colosal, de extraordinaria emoción y con soberbias jugadas. Además, su relato se extiende en elogios a la reacción del conjunto bilbaíno: esas reacciones sólo un equipo es capaz de realizarlas, y ese es el Atlético de Bilbao. También la edición madrileña de ABC destacó la belleza del partido. El cronista, Juan Deportista, elogió el juego de Nando y Gárate.

El empate, en un mundo sin penalties, forzó la repetición de la final que se disputó de nuevo en Madrid el primer día de noviembre. El día después, La Gaceta del Norte abrió su edición dedicando las siete columnas de su primera página al dogma de la asunción de la Virgen, proclamado el día anterior por papa Pío XII. En la parte inferior de la misma, un cuadradito con el escudo del Athletic y el no menos dogmático ¡Alirón! ¡Alirón! advertía al lector bilbaíno del desenlace de la final repetida.

Athletic 2 – 0 Atlético. Repetición y triunfo

De nuevo Madrid, de nuevo Chamartín como teatro de la final. Lezama, Canito, Berasaluce, Nando, Manolín, Garay, Iriondo, Venancio, Zarra, Gaínza y Artetxe (en sustitución de Gárate que había jugado la final de octubre) formaron en el once elegido por Iraragorri en el segundo capítulo de una final infinita. Para los amantes del fútbol en general, y del Athletic en particular, se trata de la alineación que más veces ha sido recordada, susurrada, añorada, suspirada y recitada de la historia del Botxo, sobre todo a partir de ese Iriondo-Venancio-Zarra-Gaínza. En el partido de Chamartín faltaba sólo Panizo (lesionado) para que la oración se convirtiese en el sortilegio de la segunda delantera histórica del Athletic, capaz de regalar 847 goles a la parroquia zurigorri.

El partido, menos espectacular que el anterior, fue resuelto con dos tantos de Zarra y una actuación sensacional del portero Lezama, capaz de parar un penalty al Atlético en la segunda parte, cuando el marcador señalaba ya el 2-0 definitivo. El cronista de ABC dedicó una líneas al equipo entrenado por Iraragorri que bien podrían servir para describir un partido actual del equipo de los Muniain, Williams o Raul García: los muchachos del equipo vasco no son invencibles; pero hace falta para ganarles empeño en la tarea suficiente para superar sus entusiasmos. De igual manera, la crónica recuerda que el Atlético, para evitar confusiones con la camiseta del Athletic, vestía aquel día con una zamarra de color encarnado. El rojo era todavía un tabú en un país que necesitaba aún del trigo y del maíz argentino para no sucumbir al hambre.

Finalizado el partido, el capitán del Athletic subió al palco presidencial para recibir el trofeo que fue entregado, ante la ausencia del embajador argentino, por el Ministro de Argentina. Una vez más, en esa copa se daban cita todos los intereses políticos y simbólicos de la España de Franco.

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A pesar de que la Copa Eva Duarte ganada en el otoño de 1950 por el Athletic está hoy expuesta en la vitrina de trofeos de su museo y de que el mismo equipo bilbaíno recoge de manera oficial en su palmarés este título (como lo hace también la Federación Española), la historia de esta copa ocupa un lugar muy menor en la memoria colectiva del pueblo rojiblanco. Sin embargo, es interesante recordar su presencia y, sobre todo, el contexto político en el que se fraguó y disputó aquel campeonato (antepasado de la Supercopa actual) para acercarse a un tiempo triste de nuestra historia. La Copa Eva Duarte se disputó hasta 1952, año de la muerte de su ‘madrina’. Solo tres años más tarde, ya en 1955, España era admitida en el club de una ONU cada vez más desligada de sus ideales fundacionales. La guerra fría iba a ofrecer, además, otro assist al régimen franquista: el presidente de Estados Unidos visitaba en 1959 Madrid y señalaba a España como aliada fundamental en sentido anticomunista. Una copa y el recuerdo de una mujer no servían ya a los intereses del régimen…

Sin embargo esa misma copa muestra que no siempre había sido así. Nos enseña que hubo un tiempo en el que el régimen de Franco estuvo aislado. En Barcelona, Madrid, Bilbao y Valencia el reflejo de ese trofeo restituye, a quien quiera mirar, la imagen de una España asfixiada, en la que los goles de Zarra fueron, para los aficionados y aficionadas del Athletic, oxígeno que el viento llevó por encima de esa ría que aún discurre, como entonces, a los pies de un campo que, como hoy, sigue recordando a Mamés, santo entre leones.

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